Artículo completo
sobre Somiedo
Santuario del oso pardo
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía tarda en entrar en el fondo del valle, Somiedo huele a hierba mojada y a madera húmeda. Algún cencerro suena lejos, amortiguado por la niebla que suele quedarse pegada a las laderas. Las montañas se levantan alrededor sin estridencias, con cumbres que rondan los 2.000 metros y valles profundos donde el bosque lo ocupa casi todo.
La presencia del oso pardo cantábrico forma parte de la conversación desde hace décadas. Se habla de huellas, de avistamientos lejanos al atardecer, de prismáticos apoyados en un borde de piedra. Ver uno no es lo habitual —requiere paciencia, suerte y muchas horas mirando monte—, pero saber que anda por aquí cambia la manera de caminar por el bosque.
El Parque Natural de Somiedo, reconocido como Reserva de la Biosfera por la UNESCO, se recorre despacio. Las carreteras se retuercen entre puertos y valles, y los pueblos aparecen de golpe tras una curva: casas de piedra, prados cercados y brañas donde todavía se levantan los teitos, esas cabañas con cubierta vegetal que nacieron para el trabajo ganadero.
Valles que se recorren sin prisa
El concejo se organiza en varios valles principales —Pigüeña, Valle del Lago, Saliencia, Puerto y el entorno de Pola de Somiedo—, cada uno con su propio ritmo. Pasar de uno a otro lleva más tiempo del que parece en el mapa. Las carreteras son estrechas y con curvas, y casi siempre hay un lugar donde parar el coche y quedarse mirando un rato.
Los lagos de Saliencia suelen concentrar buena parte de las caminatas. Allí están, entre otros, los lagos de la Mina, Cerveriz o Calabazosa, rodeados de pastos y laderas abiertas donde el viento corre sin obstáculos. El Lago del Valle, más al oeste, exige una caminata de varios kilómetros desde el pueblo del mismo nombre. El sendero avanza poco a poco entre prados y laderas hasta que el agua aparece de golpe, cerrada por montañas oscuras.
Si ha llovido —algo bastante habitual— el terreno puede estar embarrado en varios tramos. Las botas con buena suela se agradecen, sobre todo en los descensos.
Las brañas aparecen aquí y allá en las laderas. Algunas siguen utilizándose en temporada de pasto; otras permanecen vacías, con los teitos cubiertos de escoba y hierba. Conviene recordar que muchas siguen siendo espacios de trabajo: puertas cerradas, ganado cerca y perros que vigilan.
En Pola de Somiedo está el centro de interpretación del parque. Suele ser un buen lugar para orientarse antes de salir a caminar y para preguntar cómo están los caminos ese día. El pueblo, además, tiene ese ritmo tranquilo de los sitios de valle: coches aparcados sin prisa, vecinos que se conocen y montañas cerrando el horizonte por todos lados.
Caminar es la forma de entender Somiedo
El senderismo es la manera más directa de entrar en el paisaje. Los caminos suelen estar bien señalizados, aunque conviene llevar mapa o ruta descargada si se piensa caminar varias horas.
Las rutas hacia los lagos de Saliencia o hacia el Lago del Valle son de las más transitadas en verano. Madrugar cambia bastante la experiencia: a media mañana empiezan a llegar más coches y los primeros tramos de sendero se llenan rápido.
Quienes tienen experiencia en montaña a veces se animan con cumbres como el Cornón, que supera los 2.100 metros. Desde arriba, cuando el día está claro, el relieve se abre hacia Asturias y León en una sucesión de montes redondeados y valles largos. El tiempo, eso sí, cambia con rapidez: viento fuerte, niebla repentina o tormentas de tarde no son raras en verano.
La fauna aparece cuando uno se detiene. Rebecos en las laderas altas, corzos cruzando un claro del bosque o rapaces aprovechando las corrientes. Con el oso conviene tener expectativas realistas: lo más habitual es no verlo. Y si se quiere intentar observarlo, lo sensato es hacerlo con guías y desde puntos controlados, sin acercarse ni salirse de los caminos.
Cosas que conviene saber antes de venir
Somiedo no funciona bien con prisas. Las distancias son cortas en kilómetros, pero las curvas y las paradas inevitables hacen que el día se vaya rápido.
El calzado importa más de lo que parece. Piedra suelta, barro y hierba húmeda forman parte del terreno habitual. Unas zapatillas lisas pueden convertir una bajada sencilla en algo incómodo.
Cuando llueve —que ocurre a menudo— el paisaje cambia de color: los verdes se vuelven más profundos y los hayedos huelen a tierra mojada. También es cuando más resbalan las piedras de los senderos, así que conviene caminar con calma.
Si solo tienes un par de horas
Con poco tiempo, lo más sensato es quedarse por Pola de Somiedo y sus alrededores. Desde el propio pueblo salen paseos cortos que permiten ver prados, alguna braña cercana y las montañas cerrando el valle.
Incluso sin alejarse demasiado, se entiende bien cómo conviven aquí el ganado, el bosque y las casas dispersas. A última hora de la tarde, cuando baja la luz y el valle se enfría rápido, el silencio vuelve a ocuparlo todo.
Errores bastante comunes
Intentar recorrer varios valles en una sola mañana suele acabar en más tiempo dentro del coche que caminando. Somiedo funciona mejor eligiendo un solo valle y explorándolo con calma.
También pasa que alguien llega con calzado ligero pensando en un paseo fácil y se encuentra con barro, pendientes o piedras sueltas. No es alta montaña técnica, pero el terreno pide algo de atención.
Somiedo no se deja resumir rápido. Es un lugar de cambios lentos: nubes que entran por un collado, ganado moviéndose entre brañas, el sonido de un arroyo que aparece antes de verse. Si uno acepta ese ritmo, el concejo empieza a mostrarse poco a poco, sin necesidad de buscar nada especial. Solo caminar y mirar alrededor.