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sobre Taramundi
Pioneros del turismo rural
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Los martes no hay pan en Taramundi. El horno de una de las aldeas cercanas descansa ese día y, si llegas tarde cualquier otra mañana, es posible que tampoco quede. Son detalles que ayudan a entender el ritmo de este concejo del occidente asturiano, donde muchos oficios siguen ligados a lo que se hace con las manos: forjar un cuchillo, mover una muela de molino, subir al monte a por el ganado. A unos 270 metros de altitud y lejos de las capitales asturianas, Taramundi creció más mirando al valle del Eo y a Galicia que a la costa.
El oficio que hizo pueblo
La cuchillería de Taramundi no nació como reclamo turístico. Durante generaciones fue una actividad doméstica y dispersa por las aldeas del concejo. Desde al menos el siglo XVIII, los herreros aprovecharon la fuerza de los arroyos para mover martinetes y afilar hojas. Aquella pequeña industria artesanal explica en parte por qué este municipio mantiene población cuando otros lugares cercanos han ido perdiéndola.
Hoy todavía quedan talleres donde se sigue trabajando el acero de forma tradicional. Si te acercas por la mañana es fácil oír primero el golpe del martillo o del martinete antes de ver el taller. No es una demostración preparada: es alguien trabajando. Las navajas y cuchillos de la zona tienen fama de flexibles y resistentes, resultado de un proceso lento de forja y templado que apenas ha cambiado.
A pocos minutos del núcleo principal hay un conjunto de molinos hidráulicos restaurados junto al río. La ruta que los conecta baja entre prados y bosque. Algunos de ellos siguen moliendo grano de forma ocasional para mostrar cómo funcionaban estas instalaciones. Más que un museo al uso, el lugar conserva el ambiente de un pequeño taller rural: maquinaria pesada, madera gastada y explicaciones que suelen venir de quien ha pasado media vida entre esas piedras.
Una iglesia que no era la que parece
La iglesia de San Martín aparenta mayor antigüedad de la que realmente tiene. El edificio actual se levantó en el siglo XVIII tras la demolición del anterior, aunque se conservaron elementos del templo precedente, entre ellos el retablo mayor. Son piezas de yeso dorado que, según la tradición local, llegaron desde talleres castellanos cuando las comunicaciones con el interior eran todavía difíciles.
Más allá de su valor artístico, la iglesia sigue teniendo un papel central en la vida del pueblo. La pequeña plaza que la rodea funciona como punto de encuentro y lugar de reunión. Frente a ella se levanta la antigua casa rectoral, uno de los edificios históricos del conjunto. A finales del siglo XX se rehabilitó para uso turístico en un momento en que el turismo rural apenas empezaba a organizarse en Asturias.
Cuatro parroquias, veinticuatro aldeas
El concejo ocupa algo más de ochenta kilómetros cuadrados repartidos en cuatro parroquias y numerosas aldeas. La dispersión del poblamiento forma parte del paisaje: casas separadas por prados, pequeños caminos y bosques que vuelven a ocupar terrenos antes cultivados.
En Bres se conserva una escuela promovida por emigrantes retornados a comienzos del siglo XX. El edificio, sobrio pero cuidado, recuerda una época en la que muchos vecinos que habían hecho fortuna en América invirtieron en educación y obras públicas en sus pueblos de origen.
En Ouria, la romería de la Virgen del Carmen sigue bajando hasta el río Eo cada verano. Los vecinos mayores cuentan que antiguamente el tramo final podía hacerse en barca, antes de que la regulación del río cambiara su caudal. Hoy se llega caminando, pero la imagen se acerca igualmente al agua: un gesto simbólico que forma parte de la fiesta.
El Eo, frontera natural
El río Eo marca la frontera con Galicia y también explica parte del carácter del territorio. No es un gran río, pero estructura el valle y las comunicaciones. Durante siglos fue vía de paso, de comercio y también de relación entre aldeas de ambas orillas.
Una senda sencilla sigue su curso entre algunas de las aldeas del concejo. El camino es prácticamente llano y atraviesa zonas de bosque y prados abiertos. En primavera el aire suele oler a hierba recién cortada y a flores de los setos. Es un paseo tranquilo donde todavía es habitual que quien pasa salude diciendo de qué aldea viene.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
La carretera que entra al concejo desciende desde el puerto de San Tirso y acaba llegando al núcleo principal tras varias curvas entre monte bajo. El último tramo ya deja ver el valle del Eo.
Conviene dejar el coche en la entrada del pueblo y continuar a pie. El casco es pequeño y se recorre rápido. Si tienes pensado caminar por los senderos cercanos —por ejemplo hacia el castro conocido como Os Castros— es mejor llevar calzado cerrado: los caminos están señalizados, pero la piedra suelta es habitual en esta zona.