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sobre Llanes
Villa de cine y playas únicas
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Llegué a Llanes un sábado de esos en los que el GPS decide que eres cabra montesa y te manda por carreteras que parecen hechas para rebaños. Después de un rato serpenteando por la sierra, el mar aparece de golpe, como cuando alguien sube una persiana. Y ahí está Llanes: casas claras apretadas contra una muralla vieja, con el Cantábrico pegando fuerte en los acantilados. Me recordó a esa gente que se pone en primera fila en un concierto: saben que van a recibir empujones, pero quieren estar justo ahí.
El pueblo que juega a ser ciudad
El casco de Llanes tiene algo de armario antiguo: abres una puerta y sale otra capa de historia. El torreón medieval que te encuentras al entrar parece mirarte con cara de “aquí llevamos mucho antes de que llegaran las cámaras de fotos”. Es una de esas construcciones defensivas que llevan siglos viendo pasar gente y temporales.
Las murallas siguen marcando el contorno del casco antiguo, y dentro todo se mueve a base de callejones estrechos. Vas andando sin rumbo y acabas saliendo a una plaza pequeña, giras otra esquina y aparece la basílica de Santa María. Lo bueno es que no se siente como un decorado: hay vecinos barriendo la puerta, ropa tendida en los balcones y vida normal. Esa mezcla de piedra vieja y rutina diaria que hace que el sitio no parezca un museo.
El mar manda aquí
El puerto de Llanes todavía tiene olor a trabajo. Redes secándose, barcas entrando y saliendo, gente mirando el parte del tiempo como quien revisa la lotería. Al final del muelle están los Cubos de la Memoria, pintados por Ibarrola: bloques de hormigón llenos de color que dividen opiniones. Hay quien los adora y quien preferiría ver el espigón sin pintura. A mí me parecen curiosos, sobre todo cuando el mar está movido y las olas chocan contra ellos.
Luego están las playas. En el concejo dicen que rondan la treintena, y no es exageración. Algunas son pequeñas y se esconden entre prados; otras se abren de golpe con arena clara y acantilados alrededor. Gulpiyuri es la más rara: una playa tierra adentro donde el agua entra por cuevas subterráneas. Torimbia, más abierta, tiene esa forma de media luna que sale en muchas fotos del norte.
Entre varias de estas playas discurre la senda costera, un camino bastante agradecido para caminar sin prisa. No es una ruta épica de montaña: es más bien un paseo largo entre prados, acantilados y pueblos pequeños donde el mar aparece y desaparece todo el rato.
Aquí se come sin tonterías
En Llanes la comida va bastante al grano. Fabada de las que te dejan mirando el plato en silencio un momento, cabrito guisado cuando toca, pescado del Cantábrico sin demasiadas vueltas. El cachopo aparece en muchas cartas, aunque aquí suele ser menos espectáculo y más comida de verdad.
El Cabrales es otro asunto. Si no estás acostumbrado, la primera cucharada te pone los ojos como platos. Pero con un poco de pan y sidra se entiende rápido por qué la gente de la zona lo defiende tanto.
Y la sidra, claro. Escanciada como debe ser, sin prisa. Mi truco para elegir sitio siempre ha sido muy poco científico: mirar dónde se sienta la gente del pueblo. Si ves conversaciones largas, vasos de sidra alineados y nadie con prisa por levantarse, normalmente vas bien.
Fiestas que se toman muy en serio
A mediados de agosto, con la Virgen de la Guía, Llanes cambia de ritmo. Hay procesiones, música y mucha gente en la calle. No es una fiesta pensada para el visitante; más bien parece que todo el mundo del pueblo se reencuentra esos días y el que esté por allí simplemente se suma.
Algo parecido pasa con la celebración marinera de Santa Ana a finales de julio, cuando la imagen se lleva por la ría en barco. Ver la procesión desde el muelle, con las embarcaciones acompañando, tiene algo muy del norte: religioso, festivo y marinero todo mezclado.
Los carnavales también tienen fama en la zona. Disfraces bastante libres, charangas y ese punto de caos organizado que tienen las fiestas que llevan muchos años haciéndose.
El atajo para no perderse (ni el tiempo)
Llanes engancha porque no intenta impresionar a cada paso. Tiene mar fuerte, un casco antiguo que se recorre rápido y un montón de playas a pocos kilómetros. No hace falta montar un plan complicado.
Yo diría que lo mejor es pasear por el puerto y el casco con calma, acercarte a alguna playa cercana y dejar que el día vaya cayendo. Cuando los autobuses de excursiones se marchan y el pueblo vuelve a su ritmo normal, se entiende mejor.
Y si te apetece desviarte, basta con coger cualquier carretera que suba hacia la sierra o siga la costa. En pocos minutos aparecen aldeas pequeñas, prados con vacas y miradores improvisados donde paras el coche solo porque el paisaje te obliga.
Llanes es un poco eso: un lugar donde el mar se cuela por todas partes, el queso tiene carácter y la gente sigue saludando al pasar. A veces no hace falta mucho más para que un sitio funcione.