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sobre Ponga
Parque Natural de Ponga
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A las ocho de la mañana, en el Desfiladero de los Beyos, la luz entra rasgada entre las paredes calizas. El río baja oscuro y frío, pegado a la roca. La carretera serpentea a su lado, estrecha, con curvas que obligan a sujetar bien el volante. En este tramo del turismo en Ponga el paisaje se impone rápido: agua, pared y bosque cerrándose sobre el asfalto.
El concejo de Ponga, en el Oriente asturiano, tiene algo abrupto. Los pueblos aparecen separados por laderas empinadas, prados inclinados y manchas densas de bosque. Aquí las distancias se miden más por el tiempo que cuesta recorrerlas que por los kilómetros. Parte del territorio está dentro de la Reserva de la Biosfera. Se nota en la cantidad de agua que baja por regatos y en la masa continua de hayedos y robledales que cubre las montañas.
Pueblos entre laderas
San Juan de Beleño sirve como referencia para orientarse en el concejo. La plaza es pequeña. Las casas tienen muros de piedra oscura y tejados que miran al valle. A media mañana suele oírse algún tractor subir despacio por la calle. Si te acercas al borde del pueblo, hay puntos desde donde se ve el relieve plegado de Ponga: prados claros abajo, monte cerrándose por encima.
En Casielles, Sobrefoz o Taranes el patrón se repite con pequeñas variaciones. Casas bajas, madera oscura en balcones, hórreos apoyados sobre patas de piedra. En los márgenes de los caminos se ven gallinas sueltas, pilas de leña y portillas que separan prados. No hay grandes edificios ni plazas amplias. Son pueblos hechos para la vida diaria, no para acumular visitas.
La ermita de Santa María de Viego queda rodeada de prados y monte. El lugar es abierto, con viento suave algunos días. Más adentro, el Bosque de Peloño cambia el ambiente por completo: hayedos altos, suelo cubierto de hojas y una luz verde que filtra entre las copas, sobre todo en otoño.
Rutas que obligan a medir bien las fuerzas
Senderos como la Ruta del Arcediano atraviesan estas montañas desde hace siglos. Hoy siguen siendo caminos largos, con tramos donde el terreno húmedo obliga a pisar con cuidado. Las cumbres de Tiatordos o el Pico Pierzu parecen cercanas desde el valle, pero la subida es constante y las pendientes se notan.
La fauna rara vez se deja ver de cerca. A veces aparecen rebecos muy arriba o se escucha algún ave de presa girando sobre las laderas. Lo habitual es encontrar huellas en el barro o escuchar movimiento entre los árboles.
Conviene llevar agua, algo de comida y mirar el tiempo antes de salir. En estas montañas la niebla puede entrar deprisa por los collados.
Lo que conviene tener en cuenta
Ponga no funciona bien con prisas. Las carreteras son estrechas y los trayectos se alargan. Entre un pueblo y otro hay curvas, ganado suelto en algunos tramos y zonas donde apenas pasan dos coches.
Fuera de verano muchos servicios reducen horarios o cierran algunos días. Es buena idea llegar con el depósito lleno y algo de margen si planeas caminar varias horas.
En dos horas
El recorrido más directo pasa por el Desfiladero de los Beyos. Conduciendo despacio se puede parar en algún ensanche para mirar el río desde arriba. Después, la subida a San Juan de Beleño permite recorrer el pueblo a pie y asomarse a los miradores naturales que hay en los bordes del valle.
Si queda tiempo, acercarse a Sobrefoz o Taranes ayuda a entender la escala del territorio: pueblos pequeños rodeados de montaña por todos lados.
Errores frecuentes
Detener el coche en cualquier punto del desfiladero suele acabar en maniobras incómodas. Hay pocos lugares seguros para parar y el tráfico, aunque escaso, aparece de repente en las curvas.
También es habitual calcular mal los tiempos de caminata. Las pendientes y el terreno húmedo ralentizan el paso. Y la niebla puede cerrar el paisaje en cuestión de minutos, sobre todo en zonas altas.
Incluso en verano conviene llevar una capa de abrigo. Al caer la tarde la temperatura baja rápido en los fondos de valle y en los hayedos.
Datos útiles
Desde Oviedo, la ruta habitual pasa por Cangas de Onís y continúa por la AS‑261 hacia Beyos. A partir de ahí la carretera se estrecha y se encaja entre roca y bosque durante bastantes kilómetros.
El terreno rara vez es llano. Unas botas con buena suela ayudan tanto en caminos de tierra como en senderos con piedra suelta. Y conviene respetar portillas, cierres y ganado: en muchos prados sigue habiendo actividad ganadera diaria.