Artículo completo
sobre Parres
Capital del piragüismo
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las nueve de la mañana en Arriondas el río Sella huele a agua fría y a pan recién hecho. Los canoístas cargan las piraguas en los coches, alguien arrastra un bidón por el asfalto húmedo y el sol entra bajo por el valle, rasante, como si quisiera templar el agua antes de que nadie se moje. Así empieza muchas mañanas el turismo en Parres: con el sonido hueco de las palas golpeando el río y el murmullo del puente despertando poco a poco.
El valle donde el río manda
Desde el mirador del Fitu —a unos 600 metros, subiendo por una carretera que se retuerce entre eucaliptos y prados inclinados— el Valle del Sella aparece abierto de lado a lado, como un mapa extendido sobre la mesa. Al sur, los Picos de Europa todavía guardan nieve en los huecos que no ven el sol. Al norte, el mar se adivina por un brillo metálico entre colinas suaves. Abajo, la carretera serpentea siguiendo el cauce y los pueblos se pegan a ella como pequeñas manchas blancas: San Juan de Parres, Escoto, Bode, Castiello. Cada uno con su iglesia, su cruce de caminos y alguna huerta donde todavía se ven maizales y manzanos. Aquí la huerta no es decorado: es comida.
En Arriondas —capital administrativa del concejo— el río marca el ritmo del día. Cuando baja alto, en otoño, más de uno mira el nivel del agua antes de hacer planes. Cuando está bajo y claro, como suele ocurrir en verano, el aparcamiento junto al puente se llena de furgonetas con remos atados al techo. El descenso del Sella forma parte del paisaje social del valle desde hace décadas: familias enteras que lo han bajado varias veces y críos que aprenden pronto a leer las corrientes.
Las iglesias que sobrevivieron
San Juan de Parres parece casi un barrio de Cangas de Onís, pero pertenece a otro concejo y se nota en cuanto te alejas unos metros de la carretera. La iglesia está a un paso del tráfico y, al entrar, el olor cambia: cera vieja, madera oscura, humedad de piedra. La fachada barroca —levantada entre los siglos XVII y XVIII— tiene grietas finas que el sol de la tarde subraya como líneas de tiza.
A pocos kilómetros, San Martín de Escoto guarda piezas vinculadas al antiguo monasterio benedictino de Soto de Dueñas. El interior es sobrio y fresco incluso en agosto; la piedra conserva una temperatura que parece de otra estación. No suele haber taquilla ni nada parecido. A veces la llave está en una casa cercana y alguien abre si la pides con calma.
Fuegos, castañas y bollo dulce
La Fiesta del Bollu nació a mediados del siglo XX en el barrio de La Peruyal y sigue celebrándose cuando el verano está en su punto, hacia finales de julio. Ese día el olor a levadura y manteca se mezcla con el de la hierba recién segada de las fincas cercanas. El bollo —grande, esponjoso, con azúcar por encima— se reparte a mediodía y la cola suele rodear la plaza. La mayoría de la gente se conoce; los que llegan de fuera se delatan rápido porque preguntan cuánto cuesta.
Cuando llega noviembre, el ambiente cambia por completo. El valle huele a humo húmedo y a hojas caídas. Durante el Certamen de la Castaña en Arriondas se encienden pequeños fuegos en las aceras y las castañas se abren con guantes gruesos antes de caer en cartuchos de papel. Comerlas calientes mientras llueve fino es una escena bastante habitual en esos días.
Cuándo ir y qué conviene saber
Septiembre suele ser un buen momento para acercarse: el río baja más tranquilo, las manzanas empiezan a oler en los pomares y todavía se ve vida en las terrazas, pero sin el ruido fuerte de agosto. En pleno verano, sobre todo a mediados de mes, el descenso del Sella llena Arriondas de remos, música y tráfico.
Si subes al Fitu, intenta hacerlo por la mañana. A partir del mediodía la niebla cantábrica aparece muchas veces sin avisar y borra el paisaje en cuestión de minutos. Y lleva calzado cerrado si piensas caminar por las sendas cercanas al Piloña o al Sella: la tierra roja, cuando está húmeda, se pega a la suela y resbala como jabón.
Parres no necesita adornos. Tiene el ruido constante del agua, el olor de la sidra recién escanciada y esa luz oblicua de la tarde que entra por las ventanas de las iglesias cuando suenan las campanas. Si te quedas un rato quieto, lo que se oye es un valle trabajando despacio alrededor del río.