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sobre Proaza
Capital de la Senda del Oso
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A las siete de la mañana, el silencio en Proaza es un sonido concreto: el crujido de hojas bajo las botas, el rumor del río Trubia al fondo del valle. El aire baja fresco desde el monte. El pueblo se despierta así, con el valle aún en sombra y la sensación de que aquí los horarios los pone la luz, no el reloj.
El núcleo es pequeño. Hay casas con muros de mampostería, alguna galería de madera ya desgastada por la humedad, coches aparcados junto a las tapias. No hay plaza mayor ni edificios que llamen la atención. La vida se nota más en los caminos que salen del casco, en la gente que se ve subiendo hacia las fincas con las primeras horas.
La Casa del Oso y el territorio del oso pardo
En el centro está la Casa del Oso. Es un espacio funcional, sin pretensiones, que explica por qué este valle aparece en tantos informes sobre conservación. Habla del trabajo de décadas para que el oso pardo no sea un recuerdo en estas sierras.
Entender esto ayuda: ver un oso es extraordinario. Lo habitual son las señales indirectas. Huellas en el barro de algún camino alto, ramas partidas a cierta altura, excrementos viejos junto a una senda. Esas son las pruebas de que siguen aquí. Pasar por la casa antes de caminar te da contexto; lo demás depende del monte.
El Desfiladero de las Xanas
Desde Villanueva —unos minutos en coche— arranca la ruta del Desfiladero de las Xanas. El sendero se encaja en la roca caliza y durante un tramo largo avanza suspendido sobre el vacío. Cuando hay humedad, la piedra suda y el aire huele a tierra mojada y raíces. El río suena abajo, constante.
Son unos ocho kilómetros entre ida y vuelta. La distancia no es mucha, pero el camino tiene pasos estrechos y zonas donde hay que fijarse dónde se pisa. La roca se vuelve resbaladiza con la lluvia y hay tramos sin barandilla donde conviene no distraerse.
Si puedes ir pronto, mejor. A partir del mediodía se llena de grupos y el paso se hace más lento.
El tejo de Bermiego
En Bermiego, una aldea colgada en la ladera, crece uno de los tejos más viejos de Asturias. Está junto a la iglesia, dentro del pequeño cementerio, rodeado por un muro bajo. El tronco es ancho y retorcido, con la corteza oscura, agrietada.
Desde allí se domina todo el valle hacia el sur. El viento mueve las ramas con un sonido seco, como de papel viejo. La gente suele quedarse un rato apoyada en el muro, sin hablar mucho.
La carretera hasta Bermiego tiene curvas cerradas y apenas espacio para dos coches; hay que conducir atento.
Aldeas y caminos del concejo
Caranga, Proacina o Santianes mantienen la estructura de las aldeas de montaña: casas agrupadas, hórreos dispersos, caminos que se pierden entre prados. Muchos tejados son todavía de pizarra negra. En verano se ven manzanos cargados y lechugas creciendo detrás de las tapias.
No es un paisaje decorativo. Hay gente trabajando: arreglando una finca, llevando hierba al ganado, moviéndose entre aldeas con el tractor por carreteras estrechas.
Por el fondo del valle pasa la Senda del Oso, una vía verde sobre el antiguo trazado minero. Es llana, ancha, fácil para caminar o ir en bici junto al río sin esfuerzo. Mucha gente recorre solo un tramo, lo suficiente para sentir el frescor del agua entre las alisedas.
Algunas cosas que conviene saber antes de ir
El casco urbano de Proaza se ve rápido. Si vas con prisa, un paseo breve y la Casa del Oso dan una idea; lo demás está fuera.
La ruta de las Xanas depende completamente del tiempo. Tras lluvias aparece barro y la roca gana peligro; el paso se hace lento. Con niños o poca experiencia en senderismo irregular, mejor elegir días secos.
Para aparcar, lo sensato es usar las zonas habilitadas cerca del pueblo o en los accesos a las rutas. En las aldeas las calles son estrechas y suelen ser también el camino de los vecinos.
Primavera y otoño funcionan bien: los bosques tienen color y se camina sin sufrir calor ni frío. En verano, las horas centrales pueden ser pesadas; madrugar cambia la caminata.
Proaza funciona cuando lo tomas como es: un valle donde lo principal es caminar un rato, parar a escuchar el agua bajar y dejar que sea el monte el que lleve la voz cantante. No pide más.