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sobre Ribera de Arriba
Arte y tradición en el hórreo
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El olor a leña quemada llega antes de ver las primeras casas. Pasa cuando el coche desciende hacia el valle del Nalón y el río aparece de golpe, ancho y verdoso, moviéndose con esa calma pesada que tienen los ríos del centro de Asturias. A los lados de la carretera las viviendas se arriman como pueden: algunas con la fachada pintada de azul intenso o rojo oscuro, otras dejando el granito desnudo, manchado por años de lluvia.
Así empieza normalmente la entrada en Ribera de Arriba.
No es un concejo que haga ruido. Está muy cerca de Oviedo, pero la sensación es otra: prados abiertos, humo fino saliendo de las chimeneas y ese silencio intermitente que solo rompen los coches que pasan camino del valle.
El río que marca el ritmo
En Soto de Ribera, donde se concentra buena parte de la vida del concejo, el Nalón lo atraviesa todo. Las mañanas de invierno suelen arrancar con niebla baja sobre el agua. Desde el puente apenas se distinguen las orillas y el río parece más ancho de lo que realmente es.
A primera hora todavía se ve a algún pescador buscando hueco entre las piedras. No suelen ser muchos. El Nalón aquí baja profundo, con zonas oscuras donde el agua gira despacio formando remolinos. Las truchas —cuando aparecen— se mueven por esos rincones tranquilos.
Al fondo del valle se levanta la central térmica de Soto de Ribera, una presencia imposible de ignorar. Sus chimeneas dominan el paisaje desde hace décadas. Incluso para quien no tenga interés por la industria, la imagen es potente: ladrillo rojo, estructuras metálicas y el río pasando al lado como si nada. Según la luz del atardecer, todo el complejo se vuelve naranja oscuro y el reflejo se estira sobre el agua.
Bueño y los hórreos
A pocos minutos aparece Bueño, una aldea pequeña que gira alrededor de sus hórreos. No hay uno o dos: hay muchos, repartidos entre las casas, en pequeñas plazas, al borde de los caminos. Caminas unos metros y aparece otro más, siempre elevado sobre los pegollos de piedra.
Algunos son muy antiguos —varios se remontan a siglos atrás— y la madera muestra ese color casi negro que deja la humedad después de generaciones. Las vigas se curvan ligeramente, los tablones crujen cuando sopla el viento y debajo, entre los pegollos, crece hierba húmeda que nunca termina de secarse.
Si te acercas por la tarde, cuando baja la luz, la aldea queda muy quieta. Solo se oye algún gallo, una puerta que se cierra o el ruido seco de un tractor en la carretera cercana.
Música entre hórreos
En verano el pueblo cambia de ritmo durante unos días con un festival de jazz que ya lleva tiempo celebrándose aquí. El escenario se monta en la plaza y las sillas aparecen de todas partes: plegables, de playa, de cocina.
La escena tiene algo doméstico. Gente del pueblo mezclada con quienes llegan desde Oviedo u otras zonas cercanas, sidra escanciándose en corrillos, niños corriendo entre los bancos mientras suenan los primeros acordes. Cuando cae la noche el valle amplifica la música y el sonido del saxofón rebota contra las casas de piedra.
No es raro que después del concierto alguien siga tocando o cantando en algún portal.
El camino que sube hacia Peñerudes
Desde Bueño sale un sendero que empieza casi sin avisar, junto a una fuente donde suele haber abejas revoloteando en verano. El camino asciende poco a poco entre muros de piedra cubiertos de musgo y castaños viejos.
A los pocos minutos el ruido de la carretera desaparece. Solo queda el viento moviendo las hojas y, de vez en cuando, algún perro ladrando en una casa lejana.
La subida no es larga y termina en una zona abierta desde la que el valle del Nalón se ve entero: prados escalonados, tejados dispersos y el río dibujando curvas hacia el norte.
En primavera los manzanos de las fincas cercanas se llenan de flores blancas. En otoño el paisaje se vuelve más oscuro, con marrones húmedos y hojas pegadas al suelo.
Conviene llevar calzado que agarre bien. Cuando ha llovido —algo bastante habitual aquí— el barro aparece rápido en las partes sombrías del sendero.
Cuándo venir y cómo moverse
Ribera de Arriba está muy cerca de Oviedo, así que mucha gente llega en coche y se mueve entre los pueblos por carreteras locales. No suelen ser trayectos largos, pero algunas vías son estrechas y con curvas, así que merece la pena conducir sin prisa.
Los meses de primavera y principios de verano suelen ser los más agradables para caminar por la zona: prados muy verdes, días largos y temperaturas suaves. En invierno el concejo tiene otro ambiente, más silencioso, con humo saliendo de las chimeneas y la niebla agarrada al río durante horas.
Lleva siempre una chaqueta impermeable, incluso en días que empiezan despejados. En este valle el cielo cambia rápido.
Y si tienes ocasión de sentarte a comer en alguna casa del concejo, acepta. La cocina aquí sigue siendo de olla lenta y mesa larga: fabes, guisos espesos y arroz con leche hecho sin prisa, removido durante horas mientras afuera llueve. No sabe igual que en ningún otro sitio.