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sobre Villanueva de Oscos
Paz monástica en los Oscos
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Imagina una mañana a media luz, cuando la niebla todavía cubre las laderas y el olor a madera húmeda impregna el aire. Es en esos momentos cuando el silencio en Villanueva de Oscos se percibe con claridad: solo se oye el goteo del agua en los canales, algún cencerro a lo lejos y el murmullo de las vacas en las fincas cercanas. Aquí el paisaje tiene algo sobrio, casi contenido, como si cada prado y cada casa estuvieran colocados donde deben desde hace mucho tiempo.
Villanueva de Oscos forma parte del concejo del mismo nombre, en el occidente de Asturias, en una zona montañosa que ronda los 600 metros de altitud. El territorio se organiza en aldeas pequeñas conectadas por carreteras estrechas y caminos que serpentean entre prados. Castaños, robles y nogales dibujan el fondo del paisaje, y la humedad —muy presente casi todo el año— hace que los verdes sean intensos incluso en días nublados.
El centro del pueblo y la arquitectura que aún se usa
Al entrar en Villanueva, lo primero que se ve es una sucesión de tejados de pizarra oscura. Algunos tienen manchas de musgo en los bordes, señal de inviernos largos y húmedos. La pequeña plaza mantiene un ritmo tranquilo: bancos de piedra, algún vecino que cruza despacio y un cruceiro que lleva allí más tiempo que casi cualquier cosa alrededor.
En las casas todavía se ven paneras y hórreos con la madera oscurecida por los años. No están colocados como decoración: muchos siguen guardando grano, herramientas o leña. Las cuadras suelen estar pegadas a la vivienda y, en más de una, el olor a heno seco sale por la puerta entreabierta.
La iglesia y el pequeño cementerio
La iglesia parroquial de Santa María tiene un aspecto sobrio. Parte de su estructura se remonta al siglo XVI, aunque con el tiempo ha tenido arreglos y añadidos, algo habitual en templos rurales que han ido adaptándose a lo que hacía falta en cada época.
A un lado se abre el cementerio, pequeño, con lápidas que muestran apellidos repetidos generación tras generación. En días de niebla, el conjunto queda casi en silencio absoluto, salvo por el sonido del viento entre los árboles cercanos.
Caminos de agua y antiguos molinos
A poca distancia del núcleo aparecen varios arroyos que bajan desde las laderas. Junto a ellos sobreviven molinos harineros tradicionales. Algunos están restaurados y permiten entender cómo funcionaban: la fuerza del agua moviendo la piedra para moler grano lentamente. Otros quedan medio ocultos entre helechos, con las paredes cubiertas de vegetación.
Los senderos que llevan hasta ellos suelen ser cortos, pero conviene ir con cuidado si ha llovido. El suelo puede volverse muy blando y resbaladizo, algo bastante habitual en esta zona del occidente asturiano.
Caminar entre aldeas
Por aquí las rutas no buscan grandes miradores. La mayor parte de los caminos pasan entre fincas, muros de piedra y pequeñas aldeas como Vilasuso, Santa Eulalia o San Martín. Son recorridos tranquilos, más de ir mirando alrededor que de llegar rápido a un punto concreto.
Después de varios días de lluvia algunos tramos se encharcan o se llenan de barro, así que merece la pena llevar botas y no confiar demasiado en el calzado ligero.
Cómo cambian las estaciones
En otoño el suelo se llena de castañas y hojas húmedas. El aire suele oler a madera mojada y tierra removida. En los bosques aparecen setas, aunque conviene tener claro cuáles se recogen: en la zona hay quien sale a buscarlas cada año, pero no es buena idea improvisar.
El invierno trae días cortos y temperaturas que a veces bajan de cero. La niebla puede quedarse horas pegada a los prados. En esas jornadas lo mejor es caminar despacio por el propio pueblo o hacer trayectos cortos entre aldeas cercanas.
La primavera cambia el paisaje casi de golpe: los prados se llenan de hierba nueva y en muchas casas vuelven a verse huertos trabajados. Cuando sale el sol después de varios días de lluvia, la luz se cuela entre los árboles y el agua de los regatos suena más fuerte que nunca.
Si solo tienes unas horas
Con poco tiempo, lo más sensato es moverse despacio por el propio núcleo de Villanueva de Oscos. Fijarse en los hórreos, en los muros de piedra cubiertos de líquenes o en los caminos que salen hacia las fincas cercanas. A unos minutos andando aparecen los primeros arroyos y algún molino.
Las distancias parecen pequeñas en el mapa, pero las cuestas y el terreno húmedo hacen que todo vaya a otro ritmo. Tampoco conviene confiar demasiado en la cobertura del móvil: en varias zonas desaparece por completo.
Villanueva de Oscos funciona mejor cuando uno se fija en lo pequeño: un tejado de pizarra con musgo en los bordes, el sonido del agua pasando bajo un puente de piedra, o una puerta de madera que lleva décadas abriéndose y cerrándose cada día. Aquí la vida sigue ligada a la tierra y al tiempo que hace, y eso se nota en cada paso.