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sobre Villayón
El concejo de las cascadas
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El olor a leña húmeda aparece antes de ver las casas. En otoño, cuando cae la tarde sobre Villayón, el humo de las chimeneas baja despacio por el valle del Polea y se mezcla con la niebla que suele quedarse pegada a media ladera. A eso de las cinco, cuando el sol desaparece detrás de la sierra de Carondio, el ruido dominante es el agua: regatos que cruzan las fincas, una fuente abierta, alguna puerta que se cierra en una casa de piedra.
Desde la carretera que llega al núcleo principal el valle se abre como un mapa: prados en pendiente, manchas de robledal y castaño, casas dispersas con tejados de pizarra oscura. Villayón no funciona como un único pueblo compacto. El concejo se reparte en varias parroquias, separadas por kilómetros de monte y carreteras estrechas. El centro administrativo es pequeño: ayuntamiento, unas pocas calles y vida tranquila durante casi todo el año.
El agua que canta
A unos minutos en coche, la carretera se encajona entre taludes cubiertos de musgo. En la parroquia de Oneta empieza el camino hacia las cascadas del mismo nombre, uno de los lugares más conocidos del concejo.
El sendero baja entre huertas y prados cerrados con estacas de madera. Primero se oye el agua y luego aparece la primera caída, La Firbia, que se descuelga por una pared oscura de roca. Cuando el río lleva caudal —suele pasar en primavera o después de varios días de lluvia— el ruido rebota entre los árboles y se oye desde bastante antes de llegar.
La ruta continúa hacia otros saltos del río Oneta. En total no es muy larga y mucha gente la hace en poco más de una hora larga si camina sin prisa. El terreno es sencillo, aunque las piedras se vuelven resbaladizas con humedad, algo bastante habitual aquí.
Conviene llegar temprano, sobre todo en fines de semana de buen tiempo. El aparcamiento es pequeño y cuando se llena los coches terminan alineados en el arcén de la carretera.
La mesa que humea
En esta parte del occidente asturiano la cocina sigue muy ligada a lo que se cría o se cultiva cerca. Los platos de cuchara aparecen en muchas mesas cuando llega el frío: fabada, potes con berza o caldos espesos que huelen a embutido curado.
El compango suele venir de matanzas domésticas o de pequeñas producciones de la zona. Morcilla, chorizo y lacón se cocinan despacio, a fuego bajo, mientras la casa se calienta alrededor de la cocina.
También es fácil encontrar queso afuega’l pitu, uno de los más antiguos de Asturias. Se reconoce por la pasta blanca, algo granulosa, y por ese punto ácido que se queda en la lengua. La miel de la zona, muchas veces de brezo, suele ser oscura y densa; las colmenas se suben en verano a brañas altas donde la floración dura más.
Caminos de sierra y memoria antigua
Quien quiera caminar más allá de las cascadas suele mirar hacia el Pico Villayón, una de las alturas de la sierra de Carondio. La subida se hace por pistas forestales y senderos de monte. No es un recorrido técnico, pero sí largo; conviene calcular varias horas entre subir y bajar.
Arriba, cuando el día está claro, se alcanzan a ver los valles que bajan hacia el Navia y el brillo del embalse de Arbón entre los pinos.
En estas sierras aparecen restos muy antiguos. En algunos puntos se conservan túmulos y estructuras megalíticas que se identifican como dólmenes, levantados miles de años antes de que existieran las aldeas actuales. Son montículos discretos, fáciles de pasar por alto si no sabes lo que estás mirando: un círculo de piedras, un bulto suave cubierto de hierba.
En la zona también se han encontrado piezas arqueológicas con inscripciones latinas que recuerdan que el valle del Navia tuvo actividad minera en época romana. Algunas se conservan en iglesias o colecciones locales.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Villayón cambia mucho según la estación. En primavera los prados se llenan de flores y el agua baja con fuerza por los ríos; en verano el monte se vuelve más silencioso y las cascadas pierden algo de caudal. El otoño, con los castaños cargados y el humo de las chimeneas al atardecer, es quizá el momento más reconocible del paisaje.
Los fines de semana de fiestas en las parroquias cercanas el tráfico aumenta bastante y los aparcamientos se llenan rápido. Entre semana el ritmo es otro: menos coches, más vecinos caminando despacio por la carretera local.
Trae impermeable aunque el día amanezca despejado. La niebla puede entrar en cuestión de minutos desde el fondo del valle y empapar los senderos. Y buen calzado: muchos caminos siguen antiguos pasos de ganado y el suelo, cuando está húmedo, se vuelve resbaladizo.
Aquí el tiempo parece moverse con otra medida. Las horas se marcan por el sonido del río, por la luz que se cuela entre los robles al final de la tarde y por el olor a leña que empieza a salir de las casas cuando baja la temperatura.