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sobre Es Castell
Pueblo de herencia británica situado en la boca del puerto de Mahón; primer lugar de España donde sale el sol
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A primera hora de la mañana, cuando el cielo empieza a clarear sobre Cales Fonts, el puerto huele a sal y a algas recién removidas por la marea. Las barcas de pesca siguen amarradas y apenas se oye más que el golpe suave del agua contra el muelle. En alguna cocina cercana empieza a salir olor a café. Es Castell tiene fama de ver amanecer antes que muchos otros lugares del país, y en el puerto esa sensación es muy real: el día llega pronto y sin ruido.
Desde el muelle, las casas se ordenan en semicírculo alrededor del agua, muchas pintadas de ese rojo oscuro que recuerda al ladrillo inglés. No es casualidad. Durante décadas los británicos dejaron aquí su huella, incluso en el nombre: Georgetown. El origen del pueblo está ligado al antiguo Castillo de San Felipe, levantado para proteger la entrada al puerto de Mahón de ataques corsarios. Hoy Es Castell sigue siendo el municipio más pequeño de Menorca en superficie, apenas un puñado de calles junto a la boca del puerto, pero con una historia militar que todavía asoma en los caminos y en las fortificaciones que rodean la zona.
El olor a pólvora y a sal
El camino hacia el Fuerte de Marlborough atraviesa un terreno de tierra rojiza donde crecen pinos bajos y matorral mediterráneo. Cuando hace calor, el aire se carga de resina y de ese olor ligeramente cítrico que desprenden algunas hojas al rozarlas. El fuerte está excavado en la roca y por dentro mantiene una humedad constante que se nota en las paredes y en el suelo frío de los túneles.
Desde la parte alta se abre la vista hacia Cala Sant Esteve, una pequeña ensenada protegida donde las casas blancas se agrupan cerca del agua. Muy cerca están los restos del Castillo de San Felipe, que fue uno de los grandes complejos defensivos del Mediterráneo en su época y que acabó destruido tras los conflictos entre potencias europeas por el control de Menorca. Hoy quedan galerías, taludes y tramos de muralla que se recorren caminando entre hierba baja y piedra desmoronada.
La vida tranquila de Cales Fonts
Bajar después hacia Cales Fonts suele significar cruzarse con pescadores que regresan o arreglan redes en el muelle. A veces las tienden sobre el empedrado para que se sequen, y el agua que cae deja pequeños charcos donde se mueven peces diminutos.
Las casas de planta baja abren sus puertas temprano y el movimiento empieza con calma: alguien descarga cajas de pescado, otro barre la entrada mientras llega el primer reparto del día. El sonido que domina el puerto es el de los platos y las conversaciones bajas, mezclado con el olor a tomate, aceite y marisco que sale de las cocinas.
Por la tarde el muelle cambia de ritmo. Pasea gente del pueblo, familias con niños y algún visitante que ha llegado desde Mahón dando un rodeo por la carretera del puerto. Las terrazas se llenan despacio y el agua empieza a reflejar las luces cuando cae el sol.
Cuando llegan las fiestas
En julio el pueblo se transforma con las fiestas de Santiago. Durante esos días aparecen los caballos, las bandas y los bailes que forman parte de la tradición festiva menorquina. El ambiente se concentra sobre todo en la zona de la Esplanada y en las calles cercanas, donde se mezclan vecinos de siempre y gente que vuelve al pueblo solo para esas fechas.
También es habitual que en verano haya puestos artesanos en Cales Fonts al caer la tarde. Se ven cestas trenzadas con palmito, piezas de plata trabajada a mano o botellas de ginebra menorquina con hierbas aromáticas. No suele haber demasiada prisa: la gente se para a charlar, mira los puestos con calma y alarga el paseo por el muelle.
Lo que llega del mar
En Es Castell la cocina sigue bastante marcada por lo que entra cada día en el puerto de Mahón. La caldereta de langosta forma parte de esa tradición marinera que se repite en toda Menorca, aunque aquí muchos dicen que el secreto está en el sofrito largo de cebolla y tomate antes de añadir el marisco.
Fuera de los meses fuertes de verano la langosta no siempre aparece con la misma frecuencia, así que en muchas casas se preparan versiones más sencillas con pescado de roca. Lo importante es el caldo espeso y el pan para mojar, algo que aquí nadie discute.
Cuándo ir y qué conviene tener en cuenta
La primavera suele ser uno de los momentos más agradables para recorrer Es Castell. Los días ya son templados y el camino que bordea el puerto hacia Cala Corb huele a romero y a vegetación húmeda después de las lluvias. Es un paseo corto, pero tiene tramos donde el mar se abre justo al lado del sendero.
En septiembre todavía se puede nadar y el ambiente cambia bastante respecto a agosto. Hay menos coches, menos ruido y el puerto vuelve a un ritmo más pausado.
En pleno verano conviene llegar temprano si vienes en coche, sobre todo cerca de Cales Fonts, donde las calles son estrechas y el aparcamiento se llena rápido. Para visitar el Fuerte de Marlborough es buena idea llevar calzado cerrado: dentro de las galerías la roca puede estar húmeda y resbalar.
Al caer la tarde merece la pena volver al muelle. Las farolas se encienden poco a poco y, al otro lado de la bahía, empiezan a verse las luces de Mahón. El agua se vuelve casi negra y el puerto queda en silencio salvo por algún cabo que golpea contra el mástil de una barca. Es un final tranquilo para un pueblo que, desde hace siglos, vive mirando a la entrada del puerto.