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sobre Ferreries
Pueblo industrial y artesano rodeado de colinas; famoso por su calzado y por tener playas vírgenes espectaculares
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A las nueve de la mañana, cuando el sol todavía no ha calentado del todo la piedra, el aire de Ferreries huele a cuero y a pan recién hecho. Las tiendas de calzado levantan las persianas con un estrépito metálico que resuena por la calle principal. En una terraza de la plaza, los mayores apuran el primer café del día y hablan bajo, casi sin mover las manos. A esa hora el pueblo todavía está medio en pausa, como si estuviera desperezándose.
El olor del cuero y el sonido de las campanas
Ferreries cambia de olor según avanza el día. Por la mañana domina el cuero y el café. A media mañana se mezcla con el de los hornos: cocas saladas, masa caliente, algo de sobrasada. Por la tarde, cuando entra el aire del sur, llega el perfume seco de la garriga que crece en los barrancos cercanos.
La tradición del calzado está muy presente. Durante décadas fue uno de los centros zapateros de Menorca, y todavía quedan talleres donde se trabaja con calma, con luz natural entrando por las ventanas altas. Las manos de quienes cosen y cortan el cuero suelen contar la historia mejor que cualquier cartel.
El pueblo se organiza alrededor de la iglesia de Sant Bartomeu. La actual es del siglo XVII, levantada sobre un templo anterior. Las campanas siguen marcando momentos del día —las oyes desde casi cualquier calle— y en la plaza de España se concentra buena parte de la vida cotidiana: niños que salen del colegio, gente que hace recados, jubilados que comentan las noticias del día. El reloj del ayuntamiento rara vez coincide con el del móvil, pero aquí nadie parece tener demasiada prisa.
El barranco que abre la tierra
El Barranc d’Algendar empieza prácticamente donde terminan las últimas casas. Es uno de los barrancos más profundos de Menorca: paredes altas de roca calcárea, vegetación densa y una humedad que se nota enseguida al bajar.
El sendero arranca cerca del cementerio. Primero atraviesa pinos y antiguos bancales con olivos. A medida que se avanza, el camino se encajona y la luz cambia: se vuelve más verde, filtrada por la vegetación. Cuando el viento está quieto se oyen pájaros y, a veces, el agua que se mueve entre las piedras después de épocas de lluvia.
Hay un punto en el que el paso se estrecha y mucha gente se da la vuelta, sobre todo en verano cuando el calor aprieta. Conviene llevar calzado cerrado; con chanclas el terreno resulta incómodo. Si sigues caminando un poco más, aparecen pozas naturales donde el agua suele quedar retenida entre las rocas. La gente del pueblo ha bajado aquí a refrescarse desde hace generaciones.
Los sábados en la plaza
Los sábados por la mañana la plaza cambia de ritmo. Se montan puestos con productos de la isla: queso, verduras de temporada, miel, conservas caseras. No es un mercado grande, pero se llena de conversaciones largas y bolsas de tela.
En verano a veces aparece música tradicional. Un acordeón, guitarras, algún tambor. Los turistas sacan el móvil; los vecinos siguen comprando como cada semana, comentando el calor o el viento que vendrá por la tarde.
El queso de Menorca tiene bastante presencia en los puestos. Curado, semicurado, más joven. Si preguntas, suelen explicar de qué finca viene la leche o cuánto tiempo ha pasado en la cava. El sabor cambia mucho según la maduración y según lo que hayan comido las vacas ese año.
Cuando los caballos toman las calles
A finales de agosto Ferreries celebra las fiestas de Sant Bartomeu. Durante esos días los caballos menorquines —negros, altos, muy presentes en la cultura de la isla— recorren las calles del centro acompañados por jinetes y música.
Uno de los momentos más conocidos es cuando el caballo se levanta sobre las patas traseras entre la gente. La plaza se llena y el ruido sube de golpe: cascabeles, gritos, aplausos. Es una tradición muy arraigada en muchos pueblos de Menorca y aquí se vive con la misma mezcla de respeto y fiesta.
Por la noche el ambiente se alarga en las calles del centro. Hay música, grupos de amigos que van y vienen y ese olor mezclado de pólvora, bebida y humo que se queda flotando en el aire hasta bien entrada la madrugada.
Cómo llegar y cuándo ir con calma
Ferreries queda en el centro de Menorca, junto a la carretera general que conecta Maó con Ciutadella. En coche se llega en menos de media hora desde cualquiera de las dos ciudades.
En julio y agosto conviene venir temprano si quieres pasear con tranquilidad. A media mañana empiezan a llegar coches y el centro se anima bastante. En invierno el ritmo es otro: muchos comercios cierran al mediodía y el pueblo recupera una calma que se parece más a la vida diaria de aquí.
Si tienes tiempo, una buena combinación es pasar la mañana en el pueblo, acercarte luego a la zona de Santa Àgueda —donde quedan restos de una antigua fortaleza en lo alto de la colina— y terminar el día bajando un tramo del barranco cuando el sol ya cae de lado. La luz de última hora cambia el color de la roca y el aire baja varios grados. Ahí Ferreries se entiende mejor.