Artículo completo
sobre Santanyí
Pueblo de piedra dorada con mucho encanto y mercado cosmopolita; puerta a calas espectaculares y al parque de Mondragó
Ocultar artículo Leer artículo completo
El órgano barroco de Sant Andreu llegó por mar. Lo cargaron en Cala Figuera desde el antiguo convento dominico de Palma tras la desamortización del siglo XIX, y para instalarlo hubo que ampliar la iglesia. Ese episodio explica en parte la escala del templo: grande para un núcleo que durante siglos fue más bien modesto. La parroquia se adaptó al instrumento, no al revés, y desde entonces el órgano forma parte de la historia del pueblo.
La piedra que construyó la isla
Santanyí debe su color dorado a la piedra de marès que se extrae en esta parte del Migjorn desde hace siglos. La misma caliza aparece en muchos edificios históricos de Mallorca —incluida la catedral de Palma o el castillo de Bellver— y durante mucho tiempo fue uno de los recursos más importantes de la zona.
Al caminar por el casco antiguo se aprecia bien. Las fachadas antiguas tienen un tono cálido que con los años se oscurece ligeramente. Con esa misma piedra se levantó en el siglo XVI la muralla defensiva contra los ataques corsarios. De aquel recinto queda en pie la Porta Murada, la antigua entrada a la villa.
Dentro del perímetro histórico el trazado es sencillo: la Plaça Major como centro, calles cortas que desembocan en la iglesia y casas de dos alturas con portales amplios, pensados para carros y almacenes. El edificio del ayuntamiento ocupa uno de los lados de la plaza y responde a una ampliación de finales del siglo XIX, cuando el municipio crecía gracias a la cantera y al comercio.
Del Cordero Santo a la costa
El nombre del pueblo suele relacionarse con el latín Sanctus Agnus, el Cordero Santo, motivo que aparece también en el escudo municipal. Pese a ese origen, la vida aquí siempre ha estado dividida entre la tierra seca del Migjorn y el mar cercano.
La costa del término es irregular, abierta en pequeñas calas. Algunas surgieron como refugio natural para las barcas. Cala Figuera todavía conserva ese aire de puerto de pescadores, con las casas alineadas alrededor de la entrada estrecha del puerto. Más al este, Porto Petro funciona como abrigo natural, con aguas muy calmadas.
En el mismo municipio se encuentra el Parque Natural de Mondragó. No es un espacio enorme ni una excursión larga: son varias calas, caminos entre pinares y pequeñas zonas de dunas. Sirve, sobre todo, para entender cómo era esta parte del litoral mallorquín antes de la urbanización más intensa que llegó a otros puntos de la isla.
El mercado de la Plaça Major
Los miércoles y sábados la Plaça Major se llena de puestos. Durante décadas fue el mercado habitual de los pueblos cercanos, y todavía acuden vecinos de las localidades próximas para comprar productos de la comarca.
Con el tiempo el mercado también cambió el aspecto del centro. En las calles alrededor de la plaza han aparecido galerías y tiendas que hace veinte o treinta años no estaban. Los días de mercado el tráfico aumenta y aparcar cerca del centro puede resultar complicado, algo que antiguamente solo ocurría en fiestas señaladas.
Aun así, basta alejarse un par de calles para encontrar el ritmo habitual del pueblo: panaderías de barrio, bares frecuentados por vecinos y conversaciones largas en las mesas de la plaza.
Cómo recorrer Santanyí
El centro histórico se recorre en poco tiempo y conviene hacerlo andando. La iglesia de Sant Andreu merece una parada tranquila: además del órgano, el interior conserva un retablo mayor del siglo XVIII que ocupa todo el fondo del presbiterio.
Si llegas en coche, suele ser más cómodo dejarlo en los accesos al pueblo y entrar a pie. Varias calles del casco antiguo son estrechas y el pavimento puede resbalar cuando llueve.
Las calas del municipio están a pocos kilómetros. Cala Llombards o Cala Figuera se alcanzan por carretera local, mientras que en otros lugares el acceso final se hace caminando por senderos de roca. En verano conviene madrugar: los pequeños aparcamientos cercanos a las calas se llenan pronto.
También hay autobuses que conectan Santanyí con Palma y con otros puntos del sureste de la isla, aunque los trayectos suelen ser más lentos que en coche. El pueblo, por cierto, no tiene playa propia: para bañarse hay que acercarse a alguna de las calas del término municipal.