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sobre Llubí
Pueblo tradicional famoso por el cultivo de alcaparras y su arquitectura popular bien conservada; ambiente rural auténtico
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Hay algo gracioso en los pueblos que viven de las alcaparras. Mira el mapa: Llubí es un puntito en el centro de Mallorca, sin mar ni montaña a la vista, y aun así buena parte de las alcaparras de Baleares salen de aquí. Cuando te lo cuentan por primera vez te pasa un poco como cuando descubres que un pueblo fabrica medio país de palillos de dientes: necesitas comprobarlo dos veces.
Yo llegué por error. Iba a Muro en tren, me quedé dormido y el revisor me despertó en Llubí. Bajé medio atontado, pensando que podía estirar las piernas mientras llegaba el siguiente tren. Me equivoqué de camino y acabé en medio de un campo de alcaparras. A simple vista parecen matojos bajos, bastante discretos, pero en verano sacan una flor morada que no te esperas en mitad del campo mallorquín. Un señor que regaba con manguera me gritó que no pisara "los arbres". Me pareció mucho llamar arbres a unas plantas que apenas levantan del suelo, pero aquí las alcaparras se toman en serio.
El pueblo que no necesita el mar
Llubí ronda los 2.500 habitantes y da la impresión de que la mayoría se conoce de verdad, no solo de coincidir en el supermercado. El centro es pequeño: dos calles principales, algunas laterales y casas de piedra que han visto más veranos que cualquiera de nosotros.
En la plaza hay un bar donde suelen tener la televisión puesta sin sonido. Cuando entré estaban mirando el teletexto como si fuera una serie. Pedí un café y el camarero me preguntó: “¿de pueblo o de fuera?”. Le dije que de fuera y me lo sirvió en un vaso de cerveza. “Así no se rompe”, dijo. Lógica de pueblo.
Lo curioso es que aquí nadie parece echar de menos la playa. Tienen otras rutinas. Mucha gente sube caminando a la ermita del Sant Crist del Remei, en un pequeño alto a las afueras. Son unos minutos cuesta arriba. Desde allí se ve buena parte del Pla de Mallorca: campos planos, parcelas de cultivo y caminos rectos que se pierden en el horizonte. La ermita, de finales del siglo XIX, es blanca y sencilla, con un campanario que suena más a despertador antiguo que a campana solemne.
Molinos en mitad del Pla
Otra cosa que aparece mucho cuando preguntas por Llubí son los molinos de viento. En el término municipal quedan varios, levantados en el siglo XIX, cuando servían para moler grano o bombear agua. Algunos están restaurados y otros simplemente siguen ahí, plantados en medio del campo como si vigilaran los cultivos.
Hay quien hace una pequeña ruta en bici o caminando para verlos. El terreno aquí es plano, así que se pedalea sin drama. Entre campos de almendros, higueras y parcelas de cultivo, los molinos van apareciendo de vez en cuando en el horizonte, con esas aspas grandes que parecen saludar a nadie.
Si vienes a finales de invierno, cuando los almendros florecen, el paisaje cambia bastante. No es un espectáculo organizado ni nada parecido: simplemente conduces o caminas y ves manchas blancas y rosadas repartidas por los campos.
Una feria muy de aquí
Si preguntas a vecinos del Pla, muchos mencionan Llubí por sus ferias de otoño. Tradicionalmente se celebran la Fira de la Mel y la Fira de Tardor, centradas en productos del campo.
La parte de la miel suele reunir a apicultores de la zona, con diferentes variedades según las flores de cada finca. También hay demostraciones y charlas donde explican cómo trabajan las colmenas. En paralelo, la feria agrícola llena el pueblo de maquinaria, herramientas y puestos de producto local. Es bastante curioso ver tractores enormes ocupando la plaza mientras los críos suben a los asientos como si fueran columpios.
Ese día el ambiente cambia: más gente por las calles, puestos de comida y vecinos que bajan a curiosear aunque vivan a dos calles.
Cómo (no) ser un turista en Llubí
Llubí no funciona bien si vienes con mentalidad de checklist. No hay grandes monumentos ni un casco histórico monumental. Es más bien ese tipo de sitio donde lo mejor es caminar sin prisa por los caminos que salen del pueblo.
Uno bastante conocido es el camino antiguo hacia Muro, que discurre más o menos paralelo a la vía del tren durante varios kilómetros. A ratos vas entre campos abiertos y a ratos entre muros de piedra seca. Conviene llevar agua porque no hay mucho donde parar por el camino.
La clave aquí es el ritmo. Si vienes buscando fotos espectaculares para Instagram, probablemente te quedes corto. Pero si te bajas del tren con tiempo y sin plan demasiado rígido, el pueblo se entiende mejor. Un domingo por la mañana, después de misa, los mayores juegan a las cartas en el bar y los perros dormitan en las puertas de las casas.
Yo me quedé hasta el último tren. En el andén había una mujer mayor con una cesta de mimbre llena de alcaparras recién cortadas. Me ofreció un puñado como quien reparte caramelos. Me dijo que en Llubí las alcaparras se recogen con la luna llena, “así no se amargan”.
No sé si es verdad o si es una de esas historias que circulan por los pueblos. Pero en ese momento sonó bastante convincente.
Mientras el tren se alejaba, vi los molinos recortados contra el atardecer. No guardan ningún gran secreto. Pero tienen ese aire de cosas que llevan mucho tiempo ahí, funcionando a su manera, sin hacer demasiado ruido. Y quizá por eso Llubí sigue siendo lo que es: un pueblo del Pla que no necesita demasiado más.