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sobre Sant Joan
Pueblo agrícola en el centro de la isla; conserva tradiciones rurales y fiestas populares muy arraigadas
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Hay pueblos que parecen inventados para que los ciclistas sufran. Sant Joan es uno de ellos. Llegué un martes de julio a primera hora de la tarde, cuando el asfalto empieza a hacer ese efecto de espejo que anuncia que el calor va en serio. El GPS decía que quedaban tres kilómetros. Mentía: eran más, todos cuesta arriba, sin sombra, con campos de cereal a ambos lados que parecían estar mirándote y pensando: “este se ha equivocado de ruta”.
Y, curiosamente, eso juega a favor del pueblo. Porque cuando llegas a Sant Joan sudando como si acabaras de salir de la sauna, el sitio te recibe sin ningún tipo de teatro. Nada de calles llenas de tiendas de recuerdos. Solo una plaza tranquila, la iglesia dominando el centro y un bar con la puerta abierta del que sale olor a café y algo frito. De repente el calor importa menos.
El pueblo que un día dejó de ser “el de Sineu”
Durante mucho tiempo se llamó Sant Joan de Sineu. Ya te imaginas el tipo de relación: el hermano pequeño que todo el mundo identifica por el apellido del mayor. Con el tiempo el pueblo acabó funcionando por su cuenta y dejó de usar ese añadido. Hoy ronda los dos mil y pico vecinos, más o menos.
Es el típico municipio del Pla de Mallorca donde la vida gira alrededor del campo. Aquí el cerdo sigue teniendo su lugar en la mesa y en la tradición. El butifarrón, por ejemplo, no es solo un embutido más. A principios de octubre suelen montar una fiesta alrededor de él: parrillas, humo de leña y mesas largas. No esperes experimentos gastronómicos. Es cerdo, especias y receta de toda la vida.
La iglesia en lo alto de la plaza
La iglesia de Sant Joan Baptista domina la plaza principal. No es una de esas iglesias que salen en los calendarios ni un edificio monumental, pero tiene presencia. Desde abajo da la sensación de estar vigilando el ritmo del pueblo.
Las puertas suelen estar abiertas buena parte del día. Dentro, lo de siempre en estos templos del interior de Mallorca: olor a cera, piedra fresca y silencio. A veces hay vecinos que entran y salen sin hacer ruido, como si formara parte de la rutina diaria.
Fuera, la plaza mantiene ese aire de espacio vivido más que diseñado. Bancos de piedra, algún árbol que da sombra como puede y grupos de gente que se sientan a hablar de lo de siempre: quién se ha ido del pueblo, quién vuelve en verano, cómo viene la cosecha este año.
El “Sol que Baila”
En torno a San Juan, a finales de junio, en el pueblo mantienen una tradición conocida como el “Sol que Baila”. El nombre suena casi pagano, pero en realidad la cosa es bastante sencilla.
La gente se reúne al caer la tarde, se enciende una hoguera pequeña y el plan consiste básicamente en pasar la noche allí, charlando y esperando el amanecer. Cuando el sol aparece por el horizonte dicen que “baila”. Más que un espectáculo es un momento compartido entre vecinos: guitarras, vino de la isla y canciones que se saben de memoria.
No es un evento pensado para atraer multitudes. Si estás allí esos días, lo ves. Si no, el pueblo sigue con su ritmo habitual.
Cómo llegar (y qué esperar)
Llegar a Sant Joan es fácil sobre el mapa. Está en pleno Pla de Mallorca, más o menos entre Palma y Manacor, conectado por carreteras comarcales que atraviesan campos y pequeñas fincas. El paisaje por aquí es bastante uniforme: llanura agrícola, molinos aislados y almendros.
Aparcar suele ser cuestión de dar una vuelta corta por las calles del centro. Si vienes en bici —cosa bastante habitual por esta zona— lo notarás más en las piernas que en el mapa.
Quedarse a dormir no siempre es tan directo. Sant Joan no vive del turismo y la oferta de alojamiento dentro del pueblo es limitada o a veces inexistente, así que muchos visitantes se alojan en pueblos cercanos del Pla y pasan por aquí unas horas.
Lo que sí hay es campo alrededor. Mucho. En febrero los almendros florecen y el paisaje cambia de golpe. Y entre fincas salen caminos y carreteras secundarias que conectan con Petra, Vilafranca o Montuïri. Los ciclistas de la zona se los conocen de memoria.
El consejo de alguien que llegó sudando
No vengas a Sant Joan buscando el pueblo más fotogénico de Mallorca. No juega a eso. Tampoco vengas pensando en playa: la costa queda a bastante distancia, más o menos media hora larga en coche.
Si te acercas, hazlo con la idea de parar un rato y ver cómo funciona un pueblo del interior del Pla. Pasea por la plaza, siéntate un rato y mira el ritmo de la gente.
Si coincides con las fiestas de verano —las dedicadas a Sant Joan Degollat, hacia finales de agosto— el ambiente cambia bastante: música, comida y el pueblo lleno de vecinos que vuelven esos días.
Y luego está el resto del año, que es cuando Sant Joan se parece más a sí mismo: campos alrededor, pocas prisas y conversaciones largas en los bancos de la plaza.
No es un lugar que intente impresionarte. Pero si llegas sin expectativas muy infladas, suele dejar una sensación curiosa: la de haber visto un trozo bastante normal de Mallorca. Y eso, a veces, vale más que cualquier postal.