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sobre Santa Margalida
Municipio con un núcleo histórico interior y la popular zona turística de Can Picafort; rico patrimonio etnológico
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Can Picafort es como ese primo que se fue a la ciudad y vuelve con gafas de pasta: todo el mundo habla de él, pero pocos recuerdan que tiene familia. La familia, en este caso, es Santa Margalida, un municipio del Pla que consiguió algo curioso: repartirse en tres núcleos bastante distintos sin perder del todo el hilo. La capital interior, el núcleo turístico junto al mar y una zona de playa mucho más tranquila conviven como hermanos que se ven en Navidad: se reconocen, pero cada uno tiene su vida.
El tridente
Llegas por la Ma-13 y lo primero que aparece es Can Picafort. Parece cualquier paseo marítimo mallorquín hasta que te fijas un poco más: hay más ciclistas alemanes que en una etapa de la Vuelta y los bares sirven café a las cinco de la tarde como si fuera el desayuno. Es ese tipo de sitio donde el camarero cambia de idioma antes de que abras la boca.
Si te alejas de la costa y tiras hacia el interior unos diez kilómetros, Santa Margalida aparece de golpe. Deja de oler a bronceador y empieza a oler a pan recién hecho. La plaza es pequeña, muy de pueblo, de las que funcionan como sala de estar colectiva. Aquí no hay tiendas de recuerdos en cada esquina; hay una ferretería donde encuentras desde tornillos hasta una manguera, y un bar donde el café sigue teniendo precio de barrio.
Son Serra de Marina es el tercer vértice. Cuatro calles, casas bajas y una playa larga donde el viento manda bastante. Llegas por una carretera recta entre campos y la sensación es un poco la de haber salido del circuito principal. Mucha gente de Can Picafort se acerca cuando quiere un tramo de costa menos domesticado.
La santa y el dragón
La iglesia parroquial tiene un detalle que siempre llama la atención. No es solo la fachada barroca ni el campanario, que parece inclinarse ligeramente como quien escucha una conversación. Es el escudo: una mujer saliendo de la boca de un dragón.
La imagen remite a Santa Margarita de Antioquía, la santa que da nombre al pueblo. La leyenda cuenta que el dragón se la tragó y ella logró salir gracias a la cruz que llevaba. No sé tú, pero después de algo así yo pediría traslado de destino.
Dentro huele a cera y a piedra vieja. Hubo aquí una iglesia gótica ya en el siglo XIV, aunque lo que ves hoy es sobre todo resultado de reformas posteriores. En el pueblo también se recuerda mucho a Catalina Tomás, la Beata, una de las figuras religiosas más conocidas de Mallorca, que nació en una casa de estas calles.
Cementerios con vistas
La necrópolis de Son Real es uno de esos lugares que te hacen bajar el ritmo sin que nadie te lo pida. No tanto por las tumbas como por el sitio: junto al mar, con el viento entrando desde la bahía de Alcúdia.
Las sepulturas que se ven hoy se asocian a comunidades de época fenicia y posteriores. Caminas entre estructuras de piedra bajas mientras oyes las olas al fondo. El sendero hasta la zona arqueológica es llano y corto, un paseo de un par de kilómetros ida y vuelta que se hace bien incluso con chanclas.
Más cerca del interior está la ermita de Bonany. La subida ronda los tres kilómetros y tiene sus rampas, pero arriba la vista compensa el esfuerzo: el Pla extendido alrededor y, en días claros, la costa al fondo. Muchos ciclistas la usan como pequeña prueba de fuego entre amigos: si llegáis arriba sin discutir, la amistad va bien.
Lo que se come
En esta zona del Pla todavía se habla mucho de matanzas cuando llega el frío. Las familias que mantienen la tradición preparan sobrasada y otros embutidos que luego cuelgan a curar en despensas y garajes, como quien tiende ropa en invierno.
En la plaza del pueblo suele montarse mercado varios días a la semana. Es de esos donde entras a mirar y acabas con algo bajo el brazo. A mí la última vez me pasó con unas garrofas —que tienen ese sabor entre cacao y algarroba tostada— y un puñado de almendras recién hechas.
Y el pan de los hornos del pueblo… bueno, digamos que después vuelves a casa, abres la bolsa del supermercado y entiendes la diferencia.
Cuándo ir (y cuándo no)
Santa Catalina Tomás mueve más gente muerta que viva. El primer domingo de septiembre, la procesión de la Beata llena las calles. La urna con la santa recorre el pueblo mientras las campanas y los petardos marcan el ritmo. Si te gustan las fiestas populares, es un día potente. Si las multitudes te agobian, ese mismo día Can Picafort suele estar bastante más tranquilo.
Sant Antoni en enero es otro clásico mallorquín. Hogueras en las plazas, dimonis corriendo con fuego y música hasta tarde. O hasta temprano, según se mire, porque los cohetes empiezan pronto y aquí nadie parece tener botón de silencio.
El consejo de un amigo
Santa Margalida no es bonita en el sentido de postal. Can Picafort tiene playa, sí, pero no es la más salvaje de la isla. Son Serra tiene carácter, aunque algunos días el viento lo pone todo patas arriba.
La gracia está en mezclar. Desayuno tranquilo en el pueblo, paseo por Son Real, comida junto al mar en Can Picafort (donde siempre encuentras sombra) y acabar el día en Son Serra viendo cómo cae el sol sobre la bahía.
Si puedes, muévete en bici. La carretera entre Santa Margalida y la costa es tan plana que parece dibujada con regla, y está llena de ciclistas casi todo el año.
Y si vienes en agosto, respira hondo: Can Picafort se llena como un autobús en hora punta. Pero en cuanto te alejas unos kilómetros hacia el interior, Santa Margalida vuelve a ser ese sitio donde el farmacéutico aún pregunta por la familia.
No busques el pueblo más bonito de Mallorca. Aquí la gracia es otra: tres lugares distintos que, por alguna razón, siguen funcionando como uno solo. Todavía.