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sobre Sineu
Antigua residencia real en el centro de la isla; famoso por celebrar el mercado agrícola más antiguo de Mallorca los miércoles
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Sineu es de esos pueblos que solo se entienden un día concreto. El turismo en Sineu tiene sentido los miércoles por la mañana. Huele a pan recién hecho y también a establo. No es una metáfora. Ves furgonetas de media Europa junto a tractores aparcados como si nada. Alguien baja del tractor con el mono de trabajo y entra al bar sin cambiarse las botas. Ahí lo pillas: el mercado no es un decorado. Es lo que el pueblo lleva haciendo siglos.
Un mercado que ocupa todo
El mercado llena tantas calles que el GPS se confunde. Empieza en la plaça des Fossar. Allí aún hay corrales y compraventa de animales. Algo ya raro en Mallorca. Se alarga por el centro histórico hasta patios y calles laterales.
Te cruzas con cuchillos que prueban cortando cualquier cosa. Ropa interior anunciada a gritos. Hierbas que una señora huele antes de decirte para qué sirven. Sobrasada que te dan a probar con pan generoso.
Conviene llegar temprano. A media mañana el centro está lleno. Moverse con coche se complica. Lo curioso es el ambiente. Sigue siendo de pueblo: gente que viene a por calcetines, a comprar gallinas o solo a charlar.
Comida para arreglar el día
El frito mallorquín de aquí es contundente. Lleva hígado, riñón y otras partes del cerdo salteadas con cebolla, pimientos y vinagre. Suena fuerte, y lo es, pero cuando está bien hecho acabas limpiando el plato con pan.
Suele servirse en los cellers del pueblo, tabernas con aire de bodega antigua, paredes de piedra y mesas de madera pesada. Un truco simple: si ves mesas llenas de gente que viene del campo, vas bien encaminado.
En Semana Santa son típicas las panades sineueres, empanadas pequeñas de carne de cerdo con guisantes. También los bunyols, bolas de masa frita parecidas a un donut sin agujero pero más caseras.
Caminar por el Pla
El Pla de Mallorca es llano, así que caminar o pedalear no supone una paliza. Una ruta habitual sube al Puig de Sant Miquel. Son algo más de seis kilómetros en circular sin mucha dificultad.
Desde arriba se ve la llanura del Pla con la Tramuntana al fondo. En invierno o finales de febrero los almendros en flor cambian el paisaje. En verano la historia es otra: calor fuerte y poca sombra. Lleva agua y tómatelo con calma.
Más sencillo aún está el Camí vell a Ruberts. Es un camino tradicional entre campos de cereal y tramos de piedra seca. Es ese paseo tranquilo donde escuchas grillos y ves pasar algún tractor.
Un palacio real convertido en convento
En medio del pueblo está el Palau del Rei en Jaume II. Hoy forma parte de un convento de clausura. Solo se ve desde fuera. Impresiona pensar que fue residencia real en la Edad Media. Desde aquí se controlaba buena parte del Pla.
Con los siglos pasó a manos religiosas. Las monjas encontraron formas prácticas de mantenerse. Una fue criar gusanos de seda dentro del propio edificio. Una solución curiosa para un antiguo palacio.
Todavía viven allí. Hacen dulces que venden a través de un torno. Es un detalle que recuerda que Sineu no vive solo del turismo.
El mejor momento (y el peor)
Si preguntas por fechas buenas, muchos mencionan mayo por la feria agrícola. El pueblo se llena entonces de maquinaria del campo, animales y puestos rurales.
También hay celebraciones ligadas a Sant Marc en primavera, con actos religiosos y comida popular. O la revetla d’e Sant Joan a finales junio, con hogueras y noches largas.
Agosto puede ser duro. El Pla se convierte en una sartén gigante y aquí el mar queda lejos. En invierno pasa lo contrario: las casas conservan el frío como neveras antiguas.
Sineu no juega a ser decorado bonito. Es más bien ese tipo sitio donde la vida sigue su ritmo aunque haya visitantes mirando. Ven un miércoles, da una vuelta por el mercado, come algo contundente y quédate lo justo. Cuando empiece a llenarse demasiado, lo mejor es marcharse. Así te llevas buen recuerdo y al pueblo le dejás seguir con lo suyo