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sobre Porreres
Pueblo agrícola conocido por la producción de albaricoques y vino; cuenta con un imponente santuario elevado
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El olor a tomate de ramallet se mezcla con el de la tierra recién removida cuando bajas del coche en Porreres. Es martes, cerca de las diez, y la plaça de la Vila empieza a llenarse de cestas de mimbre con algarrobas, aceitunas negras y manojos de esparragueras todavía húmedas. Un hombre mayor apoya la bicicleta contra la fachada del ayuntamiento y saca de la cesta una ensaïmada envuelta en papel. Al abrirla se escapa el olor tibio de la manteca y el azúcar glas. Nadie parece tener prisa. En este rincón del Pla de Mallorca el tiempo suele ir al ritmo de las cosechas.
El pueblo que se abre en círculos
Porreres no se enseña de golpe. Primero asoma el campanario de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Consolación; después aparecen las tejas ocres, encajadas unas sobre otras. Las calles del centro giran y se repliegan alrededor de la plaza, como si el pueblo hubiese ido creciendo poco a poco desde ahí hacia fuera.
Caminando sin rumbo acabas pasando por portales de piedra algo gastados, patios donde se oye un cubo caer dentro de un aljibe y algún horno que deja escapar olor a pan y a leña. Ese olor aparece de repente, en mitad de una calle estrecha, y hace que levantes la cabeza antes incluso de pensar por qué.
La iglesia ocupa buena parte del centro. La puerta de piedra tiene aire renacentista y dentro suele oler a cera y a humedad antigua. La luz entra filtrada por las vidrieras y se queda flotando sobre el suelo de piedra. En una de las capillas laterales aparece sant Roc, con la pierna vendada. Cada agosto el santo vuelve a oír su nombre por todo el pueblo cuando llegan las fiestas, con música tradicional y petardos que se escuchan desde bastante lejos.
Subir a Monti‑Sión
Desde el casco urbano, el camino que sube al santuario de Monti‑Sión serpentea entre campos de cultivo. Son algo menos de tres kilómetros de subida continua por una carretera estrecha. Si vas caminando conviene hacerlo temprano o al final de la tarde: el sol del Pla cae directo y hay pocos tramos de sombra.
En febrero, cuando florecen los almendros, la ladera se llena de manchas blancas y rosadas sobre la tierra roja. A mitad de subida aparece uno de los antiguos molinos de viento del municipio, con las aspas quietas la mayor parte del año.
Arriba el viento suele correr más. El santuario se organiza alrededor de un claustro de piedra de forma poco habitual, casi pentagonal, y desde el borde del puig la vista se abre sobre buena parte del Pla de Mallorca. En días muy claros se llega a adivinar el mar hacia el sur. A media tarde la piedra guarda el calor del día y huele a romero y a polvo seco.
Pan, tomate de ramallet y cocina de casa
En Porreres la comida cotidiana gira alrededor de cosas sencillas: pan moreno, aceite de oliva, tomate de ramallet colgado en ristras durante meses. El pa amb oli aparece en muchas mesas: el pan tostado, el tomate restregado hasta que tiñe los dedos y un buen chorro de aceite.
También es habitual encontrar berenjenas rellenas al horno, muy ligadas al pueblo, con la piel arrugada y el interior suave y especiado. En invierno no es raro que salga un arroz brut bien caliente, con carne y verduras, servido en cazuela. Y la ensaïmada —la de toda la vida— sigue siendo el dulce que acompaña al café en muchas casas, sobre todo los domingos.
Martes de mercado
Los martes por la mañana la plaça de la Vila cambia de ritmo. Aparecen puestos de fruta, herramientas, ropa y algunos productos del campo. Las conversaciones se alargan bastante más que las compras. Hay gente que viene solo a dar una vuelta, saludar y volver a casa con una bolsa pequeña.
Si coincide con el final del verano o el principio del otoño, es fácil ver cajas de uva o garrafas de mosto. Tradicionalmente en octubre también se celebra la feria del pueblo, vinculada al mundo agrícola. Durante esos días hay más movimiento del habitual y llegan vecinos de otros municipios del Pla.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Porreres se recorre bien a pie, pero el centro tiene calles estrechas y a veces cuesta encontrar sitio para aparcar cerca de la plaza. Si vienes en coche, suele ser más fácil dejarlo en las calles algo más exteriores y entrar caminando.
En agosto el calor se pega a la piedra desde media mañana y el ambiente cambia bastante con las fiestas de Sant Roc. Hay más gente y más ruido de lo normal. Si buscas un pueblo tranquilo, es mejor venir fuera de esas semanas.
Finales de enero y febrero, cuando empiezan a florecer los almendros del Pla, son días muy agradables para caminar por los caminos agrícolas que rodean el municipio. Y en otoño, después de la vendimia, el aire a veces trae olor a mosto desde las bodegas de la zona y el campo recupera ese color oscuro de tierra recién trabajada. Aquí el paisaje no cambia de golpe: se transforma despacio, igual que el propio pueblo.