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sobre Puigpunyent
Valle verde y frondoso en la sierra; municipio ecológico y tranquilo rodeado de montañas y bosques de encinas
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Llegué a Puigpunyent con el depósito casi vacío y el móvil peor. Era lunes, las tres de la tarde, y el pueblo estaba en ese punto raro del día en que todo se queda en pausa. Como cuando en una comida familiar alguien dice “voy a echarme un momento en el sofá” y de repente media casa desaparece. Persiana a medio bajar, pocas voces en la calle. Me bajé del coche pensando que igual me había equivocado de sitio.
No. Puigpunyent está ahí, metido en un valle de la Serra de Tramuntana, a un rato corto de Palma pero con la sensación de estar bastante más lejos. Lo primero que ves es el monte Galatzó vigilando desde arriba, con esa cara de “a ver cuánto duras” que ponen las montañas cuando vienes de nivel mar.
Un pueblo que sigue a su ritmo
Puigpunyent no se ha convertido en un decorado turístico, pero tampoco vive de espaldas al visitante. Está en ese punto medio que muchos lugares buscan y pocos mantienen. Un municipio pequeño, con barrios como Galilea o Son Serralta, y una vida bastante pegada al ritmo del valle.
La plaza de la Vila funciona como centro natural del pueblo. No es grande: en cinco minutos ya sabes dónde está todo. Ayuntamiento, iglesia, algún sitio donde sentarse a tomar algo y la gente que pasa a saludar mientras cruza. Ese tipo de plaza donde, si te quedas un rato, empiezas a reconocer caras aunque hayas llegado hace media hora.
La iglesia de l'Assumpció aparece casi sin avisar. No es monumental, pero cuando te cuentan que el edificio actual se levantó en el siglo XVIII empiezas a mirarla con otros ojos. Las piedras llevan aquí más tiempo que casi cualquier cosa que se te ocurra.
Talayots escondidos entre pinos
Una cosa que sorprende de Puigpunyent es la cantidad de restos prehistóricos que hay repartidos por el término. No es raro escuchar que hay decenas de yacimientos talayóticos en la zona, algunos bastante escondidos entre bancales y pinar.
El talaïot de Son Serralta suele mencionarse bastante porque allí apareció una espada de bronce muy antigua que hoy se conserva en el museo de Palma. Imaginar ese objeto circulando por este valle hace miles de años cambia un poco la forma de caminar por aquí.
Yo acabé acercándome a uno de los talayots que quedan junto a un sendero que sale hacia la zona de Esporles. La ruta no es corta si vienes con la idea de “dar un paseo rápido”. Cuando llegas, lo que ves es básicamente una torre de piedras antiguas. Pero después de la subida ya no es cualquier torre: es la que has venido a buscar.
Me crucé con una familia alemana con dos críos. El mayor miraba las piedras y dijo algo así como: “Es como Lego, pero sin instrucciones”. Bastante acertado.
Lo que se come aquí
Ese día acabé en un bar cerca de la plaza y pedí tumbet. Pregunté, medio en broma, si era “el auténtico”. El camarero me miró con esa cara que viene a decir: aquí siempre se ha hecho así.
El tumbet mallorquín es sencillo sobre el papel: patata, berenjena, pimiento, tomate. Pero cada casa lo resuelve a su manera. Aquí las verduras pasaban primero por la sartén antes de ir al horno, y el resultado era de esos platos que parecen humildes hasta que empiezas a comer.
También probé frit de porc con caracoles. Confieso que los caracoles me daban algo de respeto, pero en el conjunto del plato acaban funcionando como una pieza más del guiso, no como protagonistas. El tipo de receta que seguramente se lleva cocinando en la zona mucho antes de que existieran las guías de viaje.
Subir al Galatzó
El Puig de Galatzó domina todo el paisaje alrededor de Puigpunyent. Lo ves desde casi cualquier punto del valle y tarde o temprano alguien acaba diciendo: “desde arriba se ve todo”.
La subida no es precisamente un paseo corto. Hay bastante desnivel y, si el sol pega, cada tramo parece más largo que el anterior. Empecé con esa confianza absurda de quien cree que está en forma… y un rato después ya iba negociando conmigo mismo cada curva del sendero.
Arriba la recompensa es clara: el valle entero, la sierra alrededor y, hacia el sur, Palma diminuta en la distancia. En la cima suele haber una caja metálica con un cuaderno donde la gente deja mensajes. Leí desde ciclistas que venían de bastante lejos hasta gente celebrando cumpleaños.
Yo firmé algo más modesto: “He llegado andando y ahora mismo me parece suficiente”.
El detalle que te llevas
Puigpunyent no es ese tipo de sitio al que vienes a tachar cosas de una lista. No hay grandes monumentos ni calles pensadas para fotos rápidas. Lo que hay es un valle tranquilo, caminos que se meten en la montaña y un pueblo que sigue funcionando como pueblo.
Te das cuenta en cosas pequeñas: la gente que se saluda por la calle, el silencio cuando cae la tarde, la sensación de que aquí las prisas sirven de poco.
Antes de irme llené el depósito en la carretera de salida hacia Palma y pensé en eso: estás a un rato corto de la ciudad, pero el cambio de ambiente es bastante mayor de lo que marca el GPS.
Mi consejo es sencillo: ven sin plan demasiado cerrado. Pasea por el pueblo, mira el Galatzó desde la plaza y, si te animas, acércate a alguno de los caminos que salen hacia la montaña. Aunque solo llegues hasta el primer bancal de piedra ya habrás entendido un poco mejor cómo funciona este valle.
Y si al día siguiente te duelen las piernas, buena señal. Aquí eso suele significar que el día ha cundido.