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sobre Binissalem
Capital del vino mallorquín con arquitectura señorial en piedra local; centro de la denominación de origen más importante
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La primera vez que fui a Binissalem fue por una historia de Julio Verne. Sí, sí, el de la Nautilus y los viajes imposibles. En una novela suya, Clovis Dardentor, aparece mencionado el vino de este pueblo mallorquín. A partir de ahí me entró la curiosidad. Así que un sábado de octubre mi amigo Luis y yo cogimos el coche y nos plantamos en Binissalem con la idea de ver qué había detrás de ese nombre. No encontramos el nuevo Priorat ni nada de eso. Encontramos algo más sencillo: un pueblo que lleva siglos haciendo vino y viviendo bastante tranquilo con ello.
La plaza donde se bebe antes de comer
Binissalem no tiene mar cerca ni un paisaje que te deje boquiabierto al llegar. Lo que tiene es una plaza mayor grande, de esas que acaban organizando la vida del pueblo sin proponérselo. Si te quedas un rato allí lo entiendes rápido.
A mí me pilló a media mañana. Mesas ocupadas, conversaciones cruzadas y esa sensación de que casi todo el mundo se conoce. Los de fuera solemos llegar con cara de estar descifrando el menú mientras alrededor todo funciona con normalidad.
Lo bueno de esa plaza es que te obliga a bajar el ritmo. Te sientas, pides algo de beber y miras alrededor. En una mesa discuten sobre el tiempo como si fuera asunto de Estado. En otra alguien comenta la vendimia de ese año. Y tú, que habías venido pensando en catar vino, te das cuenta de que antes toca observar un rato.
El vino que sobrevivió a una plaga y a los tiempos modernos
Si hay una razón por la que existe el turismo en Binissalem, es el vino. La viña lleva aquí muchísimo tiempo; suele decirse que desde época romana ya había cultivo en esta zona del Raiguer.
A finales del siglo XIX llegó la filoxera y arrasó con todo, como pasó en medio Mediterráneo. Durante años el paisaje cambió por completo. Después vino la reconstrucción, con nuevas plantas injertadas y otra forma de trabajar la viña. Ese reinicio explica bastante bien el carácter del vino local: tradición, sí, pero también adaptación constante.
Hoy siguen trabajando variedades propias de la isla. La Manto Negro aparece en muchos tintos de la zona y suele dar vinos con bastante carácter. En blancos es habitual encontrar Prensal Blanc, que aquí llaman también Moll. No hace falta ser experto para notarlo: son vinos que funcionan bien con la comida y con el clima de la isla.
Sobre las bodegas, hay varias repartidas por el término municipal y algunas se pueden visitar según la época del año. Lo más práctico suele ser preguntar en el propio pueblo qué se puede ver ese día. A veces hay degustaciones, otras veces solo venta directa. Parte del encanto es que no todo está organizado como una ruta cerrada.
Septiembre, cuando el pueblo gira alrededor de la vendimia
Si llegas a finales de verano o principios de otoño, el ambiente cambia bastante. Coincide con la Festa des Vermar, la celebración ligada a la vendimia que cada año mueve a medio pueblo.
Durante esos días hay actos relacionados con el vino, actividades en la calle y bastante movimiento por la plaza y las calles cercanas. Algunas cosas son más abiertas y otras están muy ligadas a la gente del propio pueblo, lo cual se agradece porque mantiene el carácter de la fiesta.
Yo participé una vez en una vendimia simbólica que organizaban dentro del programa. Nada épico: unas tijeras, una cesta y a cortar racimos durante un rato. Acabas con las manos pegajosas y entiendes en cinco minutos por qué esto siempre ha sido un trabajo duro.
Piedra, iglesias y casas que han visto de todo
Cuando dejas de mirar copas de vino, el pueblo también tiene lo suyo. Gran parte del centro está construido con la piedra local, una caliza gris bastante característica que se ha utilizado en media isla.
La iglesia de Santa Maria de Robines domina la plaza. Es grande, más de lo que uno espera para un municipio de este tamaño, y la torre se ve desde bastantes puntos del pueblo. Funciona un poco como referencia: camines por donde camines, al final vuelves a orientarte con ella.
Cerca hay esculturas y edificios que recuerdan el oficio de los canteros. La extracción de piedra ha sido otra de las actividades importantes en la zona. Si hablas con gente mayor, no es raro que te cuenten que sus padres o abuelos trabajaban en cantera.
También hay espacios culturales vinculados a la literatura mallorquina. Uno de ellos recuerda a Llorenç Villalonga, que escribió mucho sobre la sociedad de la isla en el siglo XX. La casa conserva ese aire de vivienda antigua, con habitaciones amplias y esa sensación de que cada objeto lleva décadas en el mismo sitio.
Cómo moverte por Binissalem sin complicarte
Binissalem se recorre andando sin ningún problema. El centro es compacto y en poco rato pasas por la plaza, la iglesia y varias calles donde se concentra la vida diaria. Ir de un sitio a otro en coche dentro del pueblo suele ser más engorro que otra cosa.
También conviene adaptarse un poco a los horarios locales. A ciertas horas de la tarde todo se calma bastante y algunos sitios cierran hasta la noche. No es mala idea aprovechar ese rato para caminar por los alrededores o acercarse a ver los viñedos.
Y con el vino, una cosa que suelo hacer aquí: no comprar la primera botella que pruebo. Mejor probar un par, hablar con quien te atiende y preguntar cuál se bebe en casa. Esa pregunta suele dar respuestas más útiles que cualquier discurso técnico.
Binissalem no es el típico lugar del que sales con cien fotos. Pero cuando alguien menciona Mallorca y todo el mundo piensa en playas, a mí me viene a la cabeza este pueblo y una copa de vino en la plaza. Y eso, la verdad, también cuenta bastante.