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sobre Inca
Tercera ciudad de Mallorca e importante centro industrial del calzado y la piel; famosa por sus bodegas tradicionales de comida
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El turismo en Inca tiene un momento muy claro de la semana: el jueves por la mañana. Ese día el pueblo se pone el traje de mercado y actúa como ese amigo que organiza la cena y acaba reuniendo a media ciudad. Y lo curioso es que funciona. Mientras en otros puntos de Mallorca el día arranca con calma, aquí ya hay coches buscando dónde aparcar bastante temprano. Mucha gente no viene solo a mirar puestos; viene porque el jueves en Inca siempre ha sido día de moverse.
La ciudad que huele a piel nueva
Inca es la tercera ciudad de Mallorca en habitantes, pero hay algo que la distingue desde hace décadas: el cuero. A veces lo notas incluso antes de ver bien el centro. Ese olor a piel nueva recuerda a cuando entrabas en una zapatería de las de toda la vida con tu abuelo.
La tradición zapatera aquí fue enorme. Durante buena parte del siglo XX había talleres por todas partes, y aunque hoy quedan menos, el rastro sigue presente en tiendas, fábricas reconvertidas y en el propio mercado.
El mercado de los jueves ocupa buena parte del centro. Calles llenas de puestos con cinturones, carteras, botas o las clásicas abarcas mallorquinas. Lo entretenido no es solo comprar; es ver la escena. Vecinos que se saludan, gente que toca el cuero como quien prueba fruta en la frutería, conversaciones rápidas en mallorquín que se mezclan con turistas que miran un poco perdidos.
Y llega un momento del día —cuando el sol ya aprieta y las bolsas pesan— en que la gente empieza a desaparecer de las calles. No es que se vayan. Es que bajan a los cellers.
Cuevas con mesas y vino
Los cellers de Inca son parte de la historia del pueblo. Desde fuera muchos parecen discretos, incluso algo oscuros. Pero bajas unos escalones y te encuentras salas de piedra con arcos, toneles enormes y mesas largas donde cabe media familia.
Tradicionalmente eran bodegas o almacenes vinculados al vino y a la actividad del pueblo. Con el tiempo se convirtieron en lugares donde comer platos mallorquines sin demasiadas florituras.
El frit mallorquín aquí suele aparecer tal cual lo comen en casa: vísceras, patata, hinojo y ese olor potente que no engaña a nadie. No es un plato para todo el mundo, pero cuando está bien hecho tiene algo que engancha. Se acompaña con pan moreno y vino tinto de la isla.
También aparece el tumbet —berenjena, patata y calabacín en capas con tomate— y el arroz brut, ese arroz caldoso lleno de especias que en Mallorca tiene mil versiones. En los cellers suele salir contundente, de los que te dejan la mesa en silencio unos minutos.
Muchos locales cuentan historias de cuando el pueblo estaba lleno de talleres de piel y los cellers servían comida a trabajadores y comerciantes del mercado. Algunos lo resumen fácil: antes todo el mundo bajaba aquí a comer.
Cuando Inca se desmadra un poco
En verano llegan las fiestas de Santa Maria la Major, que cambian bastante el ritmo del pueblo. Las calles se llenan de actos y uno de los momentos más recordados es cuando aparecen los demonios. Llevan máscaras de madera bastante inquietantes y corren entre la gente mientras suenan tambores y petardos.
Si lo ves por primera vez impresiona un poco, sobre todo a los críos. Pero forma parte de esas fiestas populares mallorquinas donde el caos está bastante organizado.
En invierno, el carnaval —Sa Rua— también tiene su gracia. Comparsas, disfraces imposibles y bastante sentido del humor local. En Mallorca el ingenio para estas cosas suele aparecer cuando menos te lo esperas.
Más que zapatos y frit
Inca no vive solo de su pasado zapatero. El CE Constancia, el equipo local, lleva más de un siglo jugando al fútbol y en el pueblo todavía se recuerda cuando estuvo varias temporadas en Segunda División. Para una ciudad de este tamaño, aquello fue como jugar una liga mayor.
Si te apetece salir un poco del casco urbano, hay una subida muy conocida al Puig de Santa Magdalena. La carretera serpentea entre pinos y, cuando llegas arriba, aparece una pequeña meseta con ermita y restaurante. Desde allí se ve buena parte del Raiguer: campos, pueblos cercanos y la Tramuntana al fondo si el día está claro.
Es de esos miradores que te explican rápido dónde estás en la isla.
Mi consejo: ven un jueves, date una vuelta por el mercado sin prisa, y luego baja a comer a algún celler de los de siempre. Después, si aún tienes ganas de moverte, sube al Puig de Santa Magdalena para ver la llanura desde arriba. Con eso ya te llevas una imagen bastante fiel de Inca: un pueblo que sigue funcionando más como lugar de vida que como decorado.