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sobre Lloseta
Municipio a medio camino entre el llano y la montaña; tradición industrial zapatera y cementera con entorno natural cercano
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El primer día en Lloseta me crucé con un chico que llevaba un zapato en cada mano. No, no era un nuevo ritual mallorquín: salía de uno de los talleres de calzado del pueblo y volvía a casa con las muestras del día. Esa escena te da una pista de cómo funciona el lugar: aquí la gente sigue trabajando con las manos.
El pueblo que no sale en las postales
Olvídate de la Mallorca de playa y chiringuito. En Lloseta no hay calas ni tiendas para turistas cada veinte metros. Lo que sí hay es una cementera que forma parte del paisaje desde hace mucho y una tradición zapatera que asoma por algunos portones.
Dicho así suena raro, lo sé. Pero luego llegas por la mañana y la Serra de Tramuntana aparece detrás del pueblo como un telón enorme. Las fachadas tienen ese color tostado, como el pan recién hecho, y los campos de almendros alrededor —cuando florecen— parecen tan blancos que casi duelen los ojos.
Es entonces cuando pillas por qué mucha gente de aquí no tiene prisa por irse a otro sitio.
La historia de la Mare de Déu del Cocó
En la ermita del Cocó guardan una virgen gótica con su propia historia. Cuentan que cuando intentaban llevarla al cercano Binissalem, la imagen acababa regresando a Lloseta.
Como cuando tu perro se escapa y al rato aparece otra vez en la puerta de casa… pero versión medieval.
Hoy la Mare de Déu del Cocó sigue siendo importante aquí. Cada mayo le hacen fiestas, y esos días el pueblo cambia el ritmo. Las calles se llenan, aparecen mesas en las terrazas y siempre sale alguien que se sabe canciones que probablemente ya cantaban sus abuelos.
Palacios y zapateros
En la plaza está el palacio de los Condes de Ayamans, pegado a la iglesia. Es de esos edificios que te hacen pensar que aquí pasaron cosas, aunque ahora todo tenga un aire tranquilo.
La familia Togores dominó la zona durante siglos. Barones de Lloseta, condes de Ayamans… esa clase de genealogías largas que en Mallorca salen cuando rascas un poco en la historia local.
Mientras, el pueblo encontró su camino en el calzado. Durante buena parte del siglo XX hubo bastante movimiento de fábricas y talleres. Hoy quedan menos, pero todavía hay mañanas en las que huele a cuero nuevo saliendo de alguna nave.
Cuándo venir y qué hacer
La primavera le sienta bien al pueblo. Los almendros florecen por los campos y caminar por los alrededores se hace llevadero antes de que llegue el calor serio.
Mi consejo es sencillo: ven una mañana, pasea sin prisa por el centro y luego sube hasta el santuario de Santa Llúcia si te apetece estirar las piernas. No es una excursión larga, pero desde arriba se entiende bien dónde está Lloseta: entre campos, con la sierra vigilando detrás.
Después baja otra vez al pueblo, siéntate en alguna terraza y tómate algo sin mirar el reloj.
¿Es el pueblo más espectacular de Mallorca? Probablemente no. Pero tiene ese tipo de vida normal que a veces se echa de menos en los sitios que viven demasiado pendientes del turista. Y eso, cuando viajas con curiosidad, se agradece.