Artículo completo
sobre Selva
Municipio serrano que agrupa varios pueblos pintorescos; destaca por su iglesia gótica elevada y vistas al llano
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora de la mañana, cuando todavía se oye alguna persiana subir en la plaza, las campanas de Sant Llorenç bajan por la ladera y se mezclan con el ruido de una bicicleta apoyándose contra la pared. Algún ciclista estira las piernas antes del café. La Serra de Tramuntana, justo detrás del pueblo, huele a tierra húmeda y a romero pisado si ha llovido la noche anterior.
Selva está en la falda de la sierra, en el Raiguer, a pocos minutos en coche de Inca. El pueblo no es grande —apenas algo más de cuatro mil vecinos— pero desde abajo parece más amplio de lo que realmente es porque las casas trepan por la pendiente y dejan ver, entre una y otra, los olivares en bancales.
La hora en que los olivos son tuyos
Desde la carretera que baja hacia Caimari hay un punto donde Selva aparece entero de golpe: tejados de piedra, la torre de l’Església sobresaliendo y, detrás, el verde más oscuro del pinar. Si llegas temprano —antes de que el tráfico hacia la sierra empiece a moverse— el sonido que manda es el viento pasando entre los olivos.
La iglesia parroquial de Sant Llorenç parece más grande de lo que uno espera en un pueblo así. La piedra tiene un tono tostado que cambia bastante con la luz del día. Por la mañana el interior queda en penumbra y las vidrieras dejan caer una luz ámbar muy suave sobre el suelo.
No siempre está abierta. A veces encuentras la puerta entornada; otras, no. En esos casos suele bastar con esperar un rato por la plaza o preguntar a alguien que pase. Aquí todavía funciona bastante el boca a boca.
El olor del frito que asoma por las puertas
A mediodía empiezan a salir olores de las cocinas. En muchas casas se sigue preparando frito mallorquín, sobre todo los fines de semana. El aroma baja por las calles empedradas: patata, pimiento, algo de carne si toca. Todo en la misma sartén grande.
Selva se ha convertido también en una parada habitual para ciclistas que suben desde Inca hacia la Tramuntana. A esa hora es fácil oír conversaciones en alemán, holandés o inglés mezcladas con mallorquín. Comparan rampas, miran el perfil de la carretera en el móvil y preguntan dónde pueden comer algo rápido.
La respuesta suele ser más bien tranquila: aquí la comida tarda lo que tarda.
Cuando la sierra se queda sin ruido
Por la tarde merece la pena caminar hacia Moscari por el camino viejo que sale cerca del cementerio. Empieza entre paredes de piedra seca y campos de almendros.
En febrero o marzo, cuando florecen, el suelo se llena de pétalos blancos y rosados. Un mes más tarde el paisaje ya es verde intenso y los árboles han perdido la flor, pero el sendero sigue siendo fresco porque los muros guardan la sombra.
A mitad de camino hay una fuente pequeña, de las antiguas. Apenas mana agua algunos días. En la piedra aparece grabada una fecha del siglo XIX, aunque ya cuesta leer el resto. Es un buen lugar para sentarse un momento.
Desde ahí, si el aire está limpio, se intuye parte de la sierra hacia el interior, con cumbres que al atardecer se vuelven violetas. El silencio es bastante real: algún pájaro, el viento subiendo por la ladera y, muy de vez en cuando, el ruido lejano de una moto en la carretera de abajo.
Primavera, cuando la sierra respira
Selva se disfruta más en primavera. Abril y mayo suelen traer días largos sin demasiado calor y los caminos todavía están tranquilos entre semana. Los olivos empiezan a florecer —una flor muy discreta que casi pasa desapercibida— y el campo huele más a hierba que a polvo.
Los fines de semana de finales de primavera la carretera que sube hacia la sierra puede llenarse de ciclistas y coches parados en cualquier ensanchamiento para hacer fotos. Si buscas calma, mejor venir un día laborable y a primera hora.
Agosto cambia bastante el ambiente: más gente, más coches aparcados donde cabe uno más. El pueblo sigue siendo el mismo, pero el ritmo es otro.
Cuando cae la tarde y el sol desaparece detrás de las montañas, el aire empieza a bajar fresco por la ladera. Las campanas vuelven a sonar y en la plaza quedan pocas mesas ocupadas. Las bicicletas ya no están apoyadas en la pared.
Selva vuelve a su ruido habitual: pasos en la calle, alguna conversación desde un balcón y el eco de la sierra, que aquí siempre acaba imponiéndose.