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sobre Banyalbufar
Pintoresco pueblo costero famoso por sus bancales de cultivo escalonados que descienden hasta el mar y su vino de malvasía
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Banyalbufar es de esos sitios que te hacen frenar el coche casi sin darte cuenta. Vas por la carretera de la Serra de Tramuntana, encadenando curvas, y de pronto aparecen los bancales cayendo hacia el mar como una escalera gigante de piedra. En ese momento entiendes rápido de qué va el pueblo.
Este municipio de la Tramuntana, con algo más de 570 habitantes, vive pegado a esas terrazas agrícolas que bajan en zigzag hasta el Mediterráneo. Son muros de piedra seca levantados durante siglos para domesticar una ladera bastante seria. Sin ellos aquí no habría viñas, ni huertos, ni prácticamente pueblo.
El nombre de Banyalbufar suele traducirse como “viña junto al mar”, y viendo el paisaje tiene bastante lógica. Durante siglos se cultivó aquí malvasía, una variedad de uva muy ligada a esta parte de Mallorca. Las terrazas siguen marcando el ritmo del lugar, y por eso todo este tramo de la Serra de Tramuntana forma parte del paisaje cultural reconocido por la UNESCO.
Las huellas visibles del pasado agrícola
Para entender Banyalbufar no hace falta entrar en ningún museo. Basta caminar un rato.
Calles y caminos como Camí des Claper o sa Coma serpentean entre muros de piedra y pequeños escalones. Son senderos hechos para trabajar la tierra, no para pasear con prisa. Cuando vas andando te das cuenta de la cantidad de ingeniería rural que hay aquí: canales para dirigir el agua, muros que sujetan la tierra, bancales que convierten una pendiente imposible en parcelas cultivables.
Ese mosaico no es solo paisaje. Durante mucho tiempo sostuvo la economía del pueblo y, en parte, lo sigue haciendo. La malvasía todavía se produce en la zona y se encuentra en algunas tiendas del propio pueblo. Beber un vaso mirando esas mismas viñas tiene cierta lógica histórica.
Miradores y construcciones que siguen contando cosas
En un extremo del término municipal se levanta la Torre de Ses Ànimes. Es una torre de vigilancia levantada en el siglo XVI, cuando la costa mallorquina tenía que vigilar de cerca a corsarios y piratas. Subir hasta allí merece el desvío: desde arriba se ve bien cómo la costa se rompe en acantilados y cómo la carretera se abre paso entre pinos y roca.
La iglesia parroquial de la Natividad de María también forma parte del perfil del pueblo. El edificio ha cambiado con el tiempo, pero conserva elementos antiguos que recuerdan que Banyalbufar fue un punto activo dentro de las rutas agrícolas de la zona.
Si sigues bajando hacia el mar aparecen pequeñas calas de roca y grava, como las de ses Ànimes o ses Vaques. No son grandes playas ni tienen servicios alrededor. Son más bien esos rincones a los que llegas caminando, te sientas un rato y decides si te apetece meterte en el agua.
Andar por Banyalbufar (y también recorrerlo en bici)
Muchos de los caminos que rodean el pueblo nacieron para llegar a las parcelas de cultivo. Hoy siguen ahí, algunos empedrados y otros bastante irregulares. La señalización existe pero no siempre es evidente, así que conviene llevar mapa o GPS si te sales de las rutas más claras.
Las pendientes aquí no son ninguna broma. En verano el calor aprieta y hay tramos con poca sombra, así que merece la pena salir con agua y algo de paciencia.
Para los ciclistas, la carretera que atraviesa Banyalbufar es una de esas que mezclan paisaje brutal y curvas constantes. Es divertida, pero también exige cabeza: el asfalto es estrecho y en ciertos días circula bastante coche.
Si tienes poco tiempo
El casco del pueblo se recorre rápido. En una hora puedes caminar por calles como carrer Sant Bernat o sa Murada y asomarte a varios puntos desde donde se ven los bancales cayendo hacia el mar.
Si te apetece estirar un poco más la visita, baja hasta la cala. Eso sí: lo que bajas luego hay que subirlo. Y esa subida, después del baño, se hace notar.
Otra opción es acercarte a algún mirador de la carretera que conecta con otros pueblos de la Tramuntana. Desde arriba se entiende mejor la escala del paisaje: terrazas, barrancos y el mar cerrando el horizonte.
Errores frecuentes (y cómo evitarlos)
Uno bastante típico: llegar a media mañana en temporada alta y esperar aparcar sin dar vueltas. La carretera principal es estrecha y el espacio no sobra, así que madrugar ayuda bastante.
Otro clásico es bajar a la cala sin calcular la subida. El camino no es largo, pero la pendiente castiga si hace calor o si vienes justo de agua.
Lo que realmente queda de Banyalbufar
Banyalbufar no es grande ni necesita mucho tiempo para recorrerlo. Lo interesante suele aparecer cuando bajas el ritmo: te quedas mirando los bancales, ves a alguien trabajando una pequeña parcela o simplemente te sientas frente al mar.
Entonces entiendes que el paisaje no es decorado. Es el resultado de generaciones levantando piedra sobre piedra para que aquí pudiera crecer algo.