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sobre Escorca
Municipio puramente montañoso y espiritual; alberga el centro religioso más importante de la isla y paisajes alpinos
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Hay sitios que se entienden en diez minutos y otros que necesitas pisar. Escorca es de los segundos. Mucha gente la cruza camino de Sa Calobra, mira por la ventanilla y da por hecho que ya está. Se equivoca.
Aquí no hay un núcleo con plaza y bar. El municipio es, básicamente, montaña. Fincas dispersas, carreteras que se retuercen y unos doscientos vecinos repartidos por un territorio enorme para ser Mallorca. Es de esos lugares donde miras el mapa y piensas: ¿y la gente dónde vive? Luego lo ves: en medio de todo eso.
Lluc, el santuario que aglutina
Si hay un punto de referencia, es Lluc. El santuario lleva siglos siendo el lugar donde confluye todo en esta parte de la sierra. No hace falta ser religioso para pillar la vibra: la gente entra, se sienta en el claustro, pasea por los jardines o simplemente se queda quieta un rato.
El ambiente tiene sus horas. Por la mañana suelen llegar grupos; según avanza el día todo se aquieta y el sitio recupera su aire de refugio entre picos.
De aquí salen varios senderos de la Tramuntana, incluido el GR‑221. Aunque no planees una gran caminata, alrededor del santuario hay rutas cortas para estirar las piernas sin complicarte demasiado.
Terreno serio: del Puig Major al Torrent de Pareis
El Puig Major es el techo de Mallorca (1.445 metros), aunque la cima tiene instalaciones militares y no se puede subir. Aun así, desde la carretera hay miradores donde la sierra parece no tener fin. Hay momentos en los que olvidas que estás en una isla.
Quien busque una cumbre de verdad suele ir al Puig de Massanella. Es una subida que requiere tiempo, piernas y calzado adecuado. Además, algunos accesos pasan por fincas privadas y a veces hay restricciones; conviene mirarlo antes de ir.
Luego está el Torrent de Pareis. Si has visto una foto icónica de la Tramuntana, probablemente era este cañón. El descenso hasta Sa Calobra es cosa seria: hay que trepar entre bloques enormes, avanzar con cuidado y asumir que vas a tardar. Cuando llegas al mar, la recompensa está ahí.
Caminar sin epopeyas
No todo aquí es barranco o cumbre técnica. El GR‑221 cruza el municipio conectando Lluc con collados y caminos empedrados que llevan siglos ahí. Muchos tramos son perfectos para andar entre encinas y muros de piedra seca sin más pretensión.
Es buena manera de entender cómo se movía la gente antes del asfalto. Algunos caminos parecen detenidos en otro tiempo.
Después del paseo, la comida va al grano: platos mallorquines contundentes, pensados para quien ha pasado horas subiendo cuestas. Cordero al horno, cocarrois o panades son habituales. Nada rebuscado, pero cuando llegas con hambre funcionan.
La caminata nocturna
En agosto se hace la Marxa des Güell a Lluc a peu, una ruta nocturna bastante conocida en la isla. Gente camina de noche hasta el santuario; algunos lo repiten cada año desde hace décadas.
No parece un evento montado para visitantes. Tiene más pinta de tradición que se mantiene viva, donde se mezclan grupos de amigos, familias enteras y caminantes que salen al anochecer y llegan con el amanecer.
Ir sin sorpresas
Primavera y otoño son épocas buenas para moverse por aquí. La temperatura permite caminar sin achicharrarse y la sierra suele estar más verde.
En verano el calor aprieta de verdad y las carreteras hacia Sa Calobra pueden saturarse de coches. Si quieres evitar atascos o dar vueltas buscando aparcamiento, madrugar ayuda bastante.
Desde Palma se suele ir por Inca hacia Lluc por carretera de montaña. Ahí empiezan las curvas cerradas; si te mareas fácilmente, ve preparado.
Un consejo práctico: trae agua suficiente, calzado que agarre bien y asume que los planes pueden cambiar rápido según el terreno o las condiciones meteorológicas. La Tramuntana no negocia