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sobre Esporles
Pueblo en un valle de la Tramuntana que conserva el encanto rural; conocido por su granja museo histórica
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El primer documento que menciona Esporles, en 1274, no habla de iglesias ni de casas. Habla de una granja. No es un detalle menor: buena parte del turismo en Esporles se entiende mejor si se recuerda que el lugar nació como una explotación agraria. La llamada granja de Alpic, vinculada a la organización rural que siguió a la conquista catalana del siglo XIII, quedó en manos de los cistercienses de Santa Maria de la Real. Durante siglos el entorno fue sobre todo eso: tierra de labor, agua canalizada y cultivos. La iglesia, la Vila Vella y los edificios civiles llegaron después, cuando el asentamiento dejó de ser únicamente agrícola.
El agua que organiza el valle
Esporles se explica por el agua que baja de la Tramuntana. El sistema hidráulico de Font de'n Baster, protegido desde hace años, conserva una red de acequias que reparte el caudal hacia bancales de olivos, cítricos y huertos. No es un vestigio arqueológico: en muchos tramos sigue cumpliendo su función.
Si se sigue el curso del agua desde el Pont des Badaluc, uno de los pasos tradicionales sobre el torrente, el camino lleva hacia Sa Granja, una antigua posesión mallorquina que con el tiempo se transformó en casa señorial con dependencias agrícolas. El conjunto reúne casa principal, capilla, terrazas de cultivo y antiguos espacios de trabajo. Esa mezcla explica bien cómo funcionaban estas propiedades: vivienda, explotación agraria y centro de gestión del territorio en un mismo lugar.
Las reformas más visibles corresponden al siglo XVIII, cuando algunas posesiones de la zona vivieron una etapa de prosperidad ligada al cereal y a la vid. Viajeros del siglo XIX ya mencionaban Sa Granja como ejemplo de finca mallorquina rodeada de agua y huertos. Más que el edificio en sí, interesa entender cómo se organizaba el trabajo: cocina grande, bodegas para almacenar vino y aceite, cobertizos y patios donde se movía todo lo que producía la finca.
Dos formas de crecer
Esporles se suele leer en dos partes.
La Vila Vella, que toma forma entre los siglos XVI y XVII alrededor de la parroquia de Sant Pere, conserva el trazado más irregular: calles estrechas, pendientes marcadas y construcciones adaptadas al relieve.
A partir del siglo XVIII el núcleo empezó a expandirse hacia lo que hoy se llama Vila Nova. Las casas cambian: aparecen fachadas más abiertas, balcones y algo de color. Algunas viviendas aún conservan tejas decoradas con motivos florales, aves o fechas. No es una decoración muy frecuente en la isla y en Esporles se mantiene en varios edificios antiguos.
Entre ambos ámbitos aparece la Casa del Poble, levantada a comienzos del siglo XX por una federación obrera local. El edificio, de ladrillo visto y líneas sobrias, rompe con la arquitectura tradicional de piedra. Hoy sigue funcionando como espacio cultural y recuerda que la historia del pueblo no fue solo agrícola: también hubo movimiento asociativo, cooperativas y vida política intensa.
Caminar el pueblo
Esporles se entiende mejor a pie. El casco urbano no es grande y en poco tiempo se recorren las calles principales. Conviene desviarse hacia los callejones que suben a la Vila Vella.
Un paseo habitual empieza cerca del Pont des Badaluc, atraviesa la calle Major, llega a la iglesia de Sant Pere y se adentra en las calles más antiguas antes de volver hacia el torrente. A lo largo del recorrido aparecen placas de cerámica con nombres de calles y algunos datos históricos sencillos.
Desde el pueblo salen también varios caminos hacia la sierra. Un itinerario tranquilo sigue el trazado de las acequias en dirección a la ermita de Maristella, situada en una zona arbolada a menos de una hora caminando. La construcción es sencilla, casi un refugio de piedra, y el lugar se utiliza todavía para encuentros y celebraciones locales en primavera.
Cuándo acercarse
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por el valle, cuando los huertos están activos y el agua corre con más fuerza por las acequias. Algunos fines de semana hay mercado agrícola y es habitual ver movimiento de ciclistas que recorren la carretera de la Serra de Tramuntana.
El pueblo no gira exclusivamente alrededor del visitante. La vida diaria sigue marcada por los ritmos del valle: huertos, pequeños comercios, vecinos que se conocen desde hace décadas. Para quien pase por aquí, lo más sensato es recorrerlo sin prisa y fijarse en esos detalles que explican por qué el asentamiento sigue donde empezó: cerca del agua y de la tierra que la aprovecha.