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sobre El Sauzal
Elegante municipio norteño con vistas espectaculares al Teide y al mar; cuidado jardines y zonas de esparcimiento como Los Lavaderos
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El primer sorbo de vino que tomé en El Sauzal me supo raro, para qué mentir. Era un listán negro de una cooperativa local, servido en un vaso de tubo que todavía olía un poco a lavavajillas. Pensé: «Pues vaya estreno». Luego bajé los casi 300 metros que separan el casco del mirador, el Atlántico se abrió delante como si alguien hubiera corrido una cortina, y el mismo vino —esta vez en una copa decente— sabía distinto: sal, algo mineral, y un recuerdo dulce que me llevó a cuando mi abuela cocía higos con canela. Moraleja improvisada: en el turismo en El Sauzal, el vino cambia según el cristal… y el pueblo también.
La altura que tú eliges
El Sauzal funciona un poco como un termostato. Tú decides cuánto “mar” quieres en el día. Arriba estás entre casas antiguas, calles tranquilas y ese olor a pan o a café de media mañana que suele escaparse de alguna puerta. Si bajas hacia los acantilados, el viento cambia la película: más salitre, más horizonte, más sensación de estar en el borde de la isla.
Desde Santa Cruz se llega rápido por la TF‑5. El detalle práctico: si vienes en fin de semana, aparca cuando veas un hueco razonable. Seguir buscando suele acabar en vueltas inútiles, como cuando abres la nevera tres veces esperando que aparezca algo nuevo.
La iglesia de San Pedro lleva ahí desde hace siglos, mirando al mar con una mezcla de solemnidad y paciencia. El edificio actual es de época bastante temprana en la historia del pueblo, y se nota en los muros gruesos y en cómo domina la plaza. Muy cerca está la Casa de la Cultura, instalada en una casona antigua que recuerda a esas bibliotecas donde uno baja la voz sin que nadie se lo pida.
Conejo, plátano y otras mezclas que aquí tienen sentido
La cocina canaria, vista desde fuera, a veces parece repetirse mucho: papas, mojo, pescado… el repertorio habitual. En El Sauzal, sin embargo, aparecen combinaciones que al principio desconciertan y luego encajan.
El puchero con plátano dentro, por ejemplo. O el conejo en salmorejo oscuro, que casi parece café cuando llega al plato. Y el bienmesabe, que no es un postre ligero precisamente: almendra, dulzor y una textura que se pega al paladar como si no tuviera ninguna prisa en irse.
Aquí la lógica suele ser sencilla: se cocina lo que hay ese día. A veces ni hace falta mirar carta. Preguntas qué tienen y te responden con naturalidad. Si no queda conejo, habrá otra cosa. Es un sistema bastante honesto.
Consejo de colega: las papas arrugadas no las pidas pensando en un entrante pequeño. Aquí funcionan casi como el pan de la comida. Lo más sensato es compartirlas y guardar algo de sitio para el queso de la isla, que suele aparecer en la mesa antes de que te des cuenta.
Cuando el pueblo se anima
A finales de junio, con las fiestas de San Pedro, El Sauzal cambia bastante de ritmo. Aparecen verbenas, música en la plaza y estructuras de papel que cruzan algunas calles. También la cucaña sobre el mar: un palo engrasado, gente intentando avanzar y un buen número de chapuzones.
Visto desde el mirador tiene algo de escena de documental, pero con risas y comentarios desde la barandilla.
En invierno hay otra tradición curiosa: el llamado Baile del Niño, que suele celebrarse en Navidad. Sale una representación desde la iglesia y da la vuelta por la plaza mientras la gente canta. No es un espectáculo montado; más bien una costumbre que sigue viva porque el pueblo la mantiene.
Senderos que casi nadie menciona
El antiguo Camino Real que conectaba esta zona con el valle de La Orotava atraviesa el sur del municipio. Caminar por ahí es entender bastante bien la geografía del norte de Tenerife: la ladera cayendo hacia el mar, el Teide dominando por detrás y nubes que se quedan enganchadas como si alguien las hubiera dejado aparcadas.
Si sigues bajando hacia la costa aparece la zona del Puertito, con restos de un antiguo embarcadero. Hoy se ve tranquilo, pero todavía hay quien recuerda cuando el pescado se movía por aquí antes de que las carreteras lo cambiaran todo.
Una tarde hablando con un vecino mayor me dijo algo que resume bien el lugar:
«Antes bajábamos el pescado en mulas; ahora bajan los alemanes en sandalias».
Lo dijo riéndose, más como observación que como queja.
Para caminar un poco más en serio están los barrancos de la zona de Cabrera y Martiño. No es mala idea llevar agua porque las fuentes tradicionales ya no siempre corren como antes. En un par de horas puedes salir hacia el municipio vecino y volver en guagua si te cuadra el horario.
El vino y la monja
Antes de irte, merece la pena acercarse a la ermita de los Ángeles, vinculada a los orígenes del pueblo a comienzos del siglo XVI. El edificio ha pasado por varias etapas de obras y arreglos, algo bastante habitual en este tipo de ermitas antiguas.
Allí se recuerda a Sor María de Jesús, una figura muy conocida en la tradición local. Su cuerpo se conserva y, según la costumbre, cada febrero suelen sacarlo para que los vecinos puedan verlo antes de volver a guardarlo. La primera vez que lo vi me sorprendió lo cotidiano del momento: gente entrando, mirando en silencio y saliendo como quien pasa a saludar.
No sé si lo llamaría milagro. Pero sí es de esas historias que explican bastante bien el carácter del lugar.
Y quizá esa sea la clave del turismo en El Sauzal. No es un sitio que te abrume con cosas que hacer. Más bien funciona como esas sobremesas que se alargan sin darte cuenta: miras el mar, pruebas un vino de la zona, das un paseo corto… y cuando vuelves a casa, al abrir otra botella, te viene a la cabeza la misma brisa del Atlántico. Como si se hubiera colado en la mochila sin avisar.