Artículo completo
sobre Agaete
Pueblo marinero de casas blancas y contrastes volcánicos; famoso por sus piscinas naturales y el valle fértil donde se cultiva café
Ocultar artículo Leer artículo completo
Agaete es como ese amigo que se ha obsesionado con tostar su propio café en casa. Al principio piensas que está exagerando, pero un día lo pruebas y te das cuenta de que el tipo iba en serio. Con el turismo en Agaete pasa algo parecido: llegas pensando que es otro pueblo costero de Gran Canaria y acabas descubriendo un par de cosas que no esperabas, empezando por el café.
El municipio es pequeño, con algo más de cinco mil habitantes. Y aun así mueve bastante gente a lo largo del año, sobre todo alrededor del Puerto de Las Nieves. Hay bastantes plazas turísticas para el tamaño del pueblo —alrededor de un par de miles—, lo que en teoría debería notarse mucho. Pero la sensación en la calle no es la de un lugar tomado por el turismo.
El café que sale de una roca
Lo primero que te cuentan aquí es lo del café. Y yo pensaba: vale, otra historia local inflada para atraer curiosos. Pero no, va en serio.
En el valle de Agaete crecen cafetos. En Europa no es algo habitual, y menos en un terreno de lava. Las plantas se agarran a bancales y grietas de tierra volcánica, con un microclima bastante peculiar: paredes de roca que guardan el calor, humedad que baja del pinar y días templados casi todo el año.
El grano se recoge a mano y se seca al sol, de una forma bastante artesanal. Luego lo ves aparecer en las cafeterías de la zona y también en tiendas especializadas de la isla. Probé un cortado “leche y leche”, que aquí es la forma más normal de pedirlo. ¿Es el mejor café del mundo? No. Pero tiene personalidad y, sobre todo, tiene sentido beberlo aquí.
El dedo que se nos rompió
Durante muchos años mucha gente venía a Agaete por el Dedo de Dios. Era una roca vertical que sobresalía del mar frente al puerto, como si alguien hubiera dejado un dedo señalando el cielo.
Pero el Atlántico tiene mala leche cuando quiere. Un temporal fuerte a mediados de los 2000 partió la formación y la punta acabó en el agua. Si miras fotos antiguas lo entiendes enseguida: era una imagen muy potente.
Aun así, el Puerto de Las Nieves sigue teniendo carácter. Barcas de pesca, ferris entrando y saliendo hacia Tenerife y un frente de casas blancas que sube por la ladera. Si te sientas un rato en la plaza por la mañana verás esa mezcla típica: vecinos con la compra del día, gente que acaba de bajarse del barco y excursionistas buscando la foto.
Fiesta de la Rama: cuando el pueblo se desmadra un poco
Si coincides con Agaete durante la Fiesta de la Rama, verás otro ambiente completamente distinto. La celebración suele caer a principios de agosto y cambia el ritmo del pueblo durante unas horas.
La escena es curiosa si no la conoces: miles de personas caminando hacia el mar con ramas en la mano, golpeando el suelo al ritmo de la música. El origen tiene que ver con antiguas peticiones de lluvia, aunque hoy es más bien una explosión colectiva de música, baile y calor.
Lo interesante es que no hay separación entre quien viene de fuera y quien es del pueblo. Estás en medio de la calle, con una rama como todo el mundo. Si te quedas quieto mucho rato, alguien acaba tirándote suavemente del brazo para que te muevas.
Comer pescado donde lo descargan
En el puerto la lógica es bastante simple: el pescado llega del mar y acaba en la cocina.
Nada de inventos raros. Lo habitual es verlo frito o a la plancha, acompañado de papas arrugadas con mojo. Producto directo y raciones generosas, como suele pasar en los pueblos pesqueros.
Si tienes ocasión, prueba también el queso de flor que se hace en esta parte de Gran Canaria, a menudo servido con miel de palma. Suena extraño sobre el papel, pero funciona.
Un consejo práctico: no te quedes solo en la primera línea del puerto. Si subes un poco por las calles del pueblo, el ambiente cambia y aparecen sitios donde la comida sigue teniendo ese ritmo de cocina doméstica.
Lo bueno y lo no tan bueno
Agaete tiene días complicados. Cuando coinciden ferris, excursiones y fin de semana, la entrada al pueblo se puede atascar bastante. El Puerto de Las Nieves, en esos momentos, parece más grande de lo que realmente es.
Pero también hay momentos tranquilos. Fuera de los picos de verano, las piscinas naturales de Las Salinas se quedan bastante calmadas. Te sientas en las rocas, miras el mar y el tiempo parece ir más despacio.
Mucha gente llega, hace la foto rápida en el puerto, toma un café del valle y se marcha. Si te quedas un poco más —charlando con alguien del pueblo o paseando por el valle— empiezas a notar que Agaete no vive solo del visitante. Y quizá por eso sigue teniendo ese aire de lugar que funciona primero para quien vive aquí. Luego, ya si eso, para los demás.