Artículo completo
sobre Arafo
Pueblo con gran tradición musical situado en el Valle de Güímar; ofrece un ambiente tranquilo y acceso a zonas de monte y viñedos
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las seis de la tarde, cuando el sol baja por el Valle de Güímar, la luz pega en las laderas oscuras del volcán y el pueblo se vuelve de un tono tostado, como corteza de pan. Desde la plaza, bajo la sombra redonda del gran pino, se oye el agua corriendo por los canales y el eco de conversaciones que cruzan la calle sin levantar mucho la voz. Así suele empezar la tarde en Arafo, con ese sonido constante de agua y gente que se conoce.
El pueblo que se agarra a la montaña
Arafo no aparece de golpe desde la autopista. Hay que dejar la vía rápida y empezar a subir por una carretera que serpentea entre barrancos. A medida que el coche gana altura, el valle queda atrás y el pinar empieza a asomar.
Las casas se acomodan en la ladera como pueden. Son bajas, de paredes gruesas, muchas con patio interior, macetas apretadas contra la pared y el tendedero siempre en uso. El centro es una pequeña red de calles empinadas donde los coches buscan hueco con paciencia y los vecinos cruzan la calzada sin demasiada ceremonia. A ciertas horas se oyen portazos, un transistor encendido en una ventana, algún perro que ladra desde un patio.
La iglesia de San Juan Degollado vigila el pueblo desde la parte alta. El edificio actual se levantó hace siglos y mantiene esa presencia sobria de las iglesias canarias de interior. Dentro huele a cera y a madera envejecida. La luz entra filtrada por las ventanas y cae sobre los bancos de madera, donde a veces se sienta alguien a descansar del calor de la cuesta.
La erupción que dejó la huella negra
A comienzos del siglo XVIII el volcán que hoy se conoce como el de Arafo —también llamado Las Arenas— entró en erupción. Las coladas descendieron hacia el valle y cambiaron el paisaje de forma visible todavía hoy. No hace falta ser geólogo para notarlo: la tierra pasa de marrón a negro de repente, como si alguien hubiera derramado carbón sobre la montaña.
Desde la zona recreativa de Las Lajas parten varios senderos que atraviesan ese terreno volcánico. El suelo es áspero, a veces suelto bajo las botas, y entre las rocas aparecen pinos jóvenes, retamas y algún cardón que aguanta el viento. A medida que se gana altura el valle de Güímar se abre entero: los invernaderos cerca de la costa, los pueblos alineados en la ladera y, al fondo, el Atlántico.
Conviene llevar agua y algo de abrigo incluso si el día parece templado abajo. En esta parte de la isla el tiempo cambia rápido y el viento suele aparecer cuando menos se espera.
Agua, música y otras herencias
El agua ha marcado la vida del pueblo durante generaciones. Todavía se ven los canales de piedra por donde corre continuamente, bajando desde las galerías de la montaña. Atraviesan calles y rincones tranquilos y terminan en pequeñas plazas donde antiguamente se lavaba la ropa y se comentaba el día.
Hoy esas escenas han cambiado, pero el sonido sigue ahí. Los niños a veces meten la mano en el chorro para aguantar el frío unos segundos más que el de al lado.
La música también forma parte del carácter de Arafo. Desde hace más de un siglo existen dos bandas que ensayan durante el año y salen a la calle en fiestas y procesiones. Algunas tardes, si pasas cerca del local donde practican, se escapan notas de trompeta o redobles de tambor por las ventanas abiertas. No es raro que alguien se quede un momento escuchando desde la acera antes de seguir camino.
Cuándo ir y qué evitar
A finales de agosto el pueblo cambia de ritmo. Las fiestas patronales llenan las calles de carretas, música y puestos de comida. La romería sube hacia la ermita entre trajes tradicionales y grupos tocando folías y malagueñas. Son días muy animados y también muy concurridos.
Si prefieres ver Arafo con más calma, funciona mejor una mañana entre semana, sobre todo fuera del verano. En otoño y en invierno el aire suele ser más claro y el pinar de las cumbres huele a resina húmeda después de la lluvia.
Ten en cuenta que aquí no hay playa. La costa queda a unos minutos en coche, pero Arafo es un pueblo de montaña. Cuando cae el sol la temperatura baja rápido, incluso en meses templados, y la humedad del valle se nota en las manos.
Al final de la tarde, cuando las laderas empiezan a ponerse moradas y el pino grande de la plaza queda recortado contra el cielo, el pueblo vuelve a oler a agua corriente y a pan recién hecho. Un olor sencillo, de los que se quedan pegados en la ropa mientras bajas de nuevo hacia el valle.