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sobre Candelaria
Centro espiritual de Tenerife que alberga la Basílica de la Patrona de Canarias; villa costera con cuevas aborígenes y ambiente peregrino
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A las seis de la tarde, cuando el sol baja y vuelve de color miel el basalto, las nueve estatuas de bronce proyectan sombras largas sobre la plaza. Los menceyes guanches miran al mar mientras las palmeras apenas se mueven. A esa hora Candelaria afloja el ritmo del día: se oye el roce de las olas contra el muelle y algún paso que cruza la plaza sin prisa.
El olor a incienso y sal
La basílica aparece casi de golpe al doblar la plaza. A un lado está el mar; al otro, las calles donde la vida cotidiana sigue su curso. A primera hora de la mañana el aire trae olor a sal y a café recién hecho desde los portales cercanos, y dentro del templo domina la mezcla de cera caliente y piedra fría.
La Virgen morena, con su manto oscuro bordado, preside el altar mayor. Los canarios suelen mirarla con una familiaridad tranquila; muchos pasan, se sientan un momento y siguen su camino. Si entras temprano, antes de que lleguen grupos organizados, el espacio se queda casi en silencio y la basílica parece más grande de lo que es desde fuera.
Conviene acercarse a esa hora o al final de la tarde. A media mañana la plaza puede llenarse de excursiones rápidas que paran unos minutos y continúan rumbo a otros puntos de la isla.
La cueva que fue iglesia
Debajo del conjunto de la basílica, bajando por una rampa que se abre hacia el mar, está la Cueva de Achbinico. No es grande: una cavidad de roca oscura donde la humedad se nota enseguida en las paredes y el aire se vuelve más fresco.
La tradición cuenta que aquí se guardó durante décadas la imagen de la Virgen tras su hallazgo en la costa cercana de Chimisay. Mucho antes de que existiera la basílica actual, esta cueva ya funcionaba como lugar de culto.
Hoy siguen entrando peregrinos durante todo el día. Algunos dejan velas, otros fotografías o pequeños papeles doblados. El sonido de las palomas y el eco del agua contra las rocas se cuelan desde fuera, y el murmullo constante de quienes pasan apenas rompe el silencio.
Cuando el pueblo respira
Candelaria tiene dos ritmos claros: el de la plaza y el del mar.
Por la mañana temprano hay vecinos caminando por el paseo marítimo, gente que entra y sale de la iglesia y pescadores preparando aparejos cerca del muelle. A mediodía el sol cae de frente sobre la fachada de la basílica y muchas persianas bajan durante un rato.
Entre semana, sobre todo fuera del verano, el ambiente cambia bastante. La plaza vuelve a ser un lugar de paso y conversación tranquila. Los fines de semana, en cambio, llegan muchos visitantes desde otras zonas de Tenerife y el paseo se llena de familias caminando junto al agua.
Si buscas ver el pueblo con más calma, prueba un día laborable por la mañana o al caer la tarde.
Las playas negras de la costa
Las playas de Candelaria son volcánicas, de arena oscura que se calienta rápido cuando el sol aprieta. La más conocida es Playa de la Arena, junto al paseo marítimo. Desde allí se oye siempre el rumor constante del Atlántico y, cuando sopla el viento del noreste, las palmeras del paseo crujen ligeramente.
A última hora de la tarde la luz cambia el color de la arena, que pasa de negro intenso a un gris brillante. Cuando baja la marea quedan pequeños charcos entre las rocas donde los niños rebuscan cangrejos y lapas.
Hacia el sur, la costa continúa entre pequeños tramos de playa y zonas de callao. No todo está preparado para el baño y el mar aquí puede moverse con fuerza, así que conviene mirar bien el estado del agua antes de entrar.
El día que todo cambia
Hay momentos del año en que Candelaria deja de ser tranquila.
Uno llega en febrero, durante la festividad de la Candelaria. Desde temprano la plaza se llena de gente con velas y flores, y el olor a cera quemada se queda flotando en el aire durante horas.
El otro ocurre en agosto, cuando miles de personas caminan de noche hacia el municipio desde distintos puntos de Tenerife. Durante esas horas las carreteras cercanas ven pasar grupos enteros con mochilas, linternas y zapatillas gastadas. Al amanecer, el pueblo está lleno de caminantes que llegan cansados pero en silencio, como si todavía siguieran en ruta.
Si prefieres recorrer Candelaria con más espacio, conviene evitar esos días.
Cómo caminar Candelaria
Un buen plan es recorrer el paseo marítimo sin prisa. Desde la plaza, el camino bordea el océano durante varios kilómetros y en días despejados el Teide aparece al fondo, por encima de las casas del valle.
Hay bancos mirando al mar y tramos donde el sonido del agua tapa cualquier conversación. A veces pasan corredores, otras veces solo algún vecino paseando al perro mientras cae la tarde.
Lleva agua y algo de protección para el sol incluso en invierno. Aquí la luz rebota en el mar y en la piedra oscura, y el calor se acumula más de lo que parece cuando miras el cielo.