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sobre San Cristóbal de La Laguna
Ciudad Patrimonio de la Humanidad; antigua capital de estilo colonial; centro universitario y cultural con ambiente peatonal
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A las ocho de la mañana, la niebla se cuela por las calles de La Laguna como si fuera agua. Los adoquines quedan húmedos y las fachadas, con balcones de madera oscura, parecen todavía medio dormidas. En esos primeros minutos del día es cuando mejor se entiende el turismo en San Cristóbal de La Laguna: una ciudad que se recorre despacio, casi en silencio, mientras abren las panaderías y el olor a café empieza a salir por las puertas entreabiertas.
Luego llegan los estudiantes, las guaguas, el ruido habitual. Pero a primera hora el casco histórico sigue teniendo algo de ciudad detenida en el tiempo.
La ciudad que no necesitó murallas
La Laguna se fundó a finales del siglo XV, tras la conquista de Tenerife. A diferencia de otras ciudades de la época, no se levantaron murallas. El terreno llano lo permitía y el diseño urbano apostó por otra cosa: un trazado en cuadrícula bastante ordenado para su tiempo. Ese modelo urbano, con calles rectas que se cruzan en ángulo, acabaría influyendo en varias ciudades de América levantadas durante la colonización.
Caminar hoy por esas calles es avanzar entre casas antiguas que siguen habitadas. Tras muchos portones de madera hay patios con suelo de piedra, galerías de madera y a veces un pozo en el centro. No siempre se ven desde fuera, pero cuando alguna puerta queda abierta se intuye el fresco que guardan dentro.
La Catedral de Los Remedios ocupa uno de los puntos centrales de ese trazado. La fachada actual, de aire neogótico, es de principios del siglo XX. Por dentro el espacio es sobrio y bastante luminoso cuando entra el sol de la mañana por las vidrieras. A media semana suele haber muy poca gente, algo raro en una ciudad declarada Patrimonio Mundial.
El sabor que queda entre los dedos
En el mercado municipal, a media mañana, se mezclan conversaciones rápidas, bolsas de papel que crujen y el olor verde del cilantro recién cortado. Las papas arrugadas salen todavía calientes y dejan sal gruesa pegada a los dedos. El mojo —a veces más picante, a veces más suave— suele prepararse con recetas que cada casa defiende como la auténtica.
El rancho canario aparece sobre todo cuando el tiempo se vuelve más fresco y la niebla baja desde Anaga. Es un plato espeso, de cuchara, con garbanzos y fideos que casi desaparecen en el caldo. En una ciudad universitaria como La Laguna, muchos lo conocen porque alguien lo cocina en casa y termina apareciendo en una mesa compartida.
Cuando las calles se llenan de flores
A comienzos del verano, el Corpus Christi cambia el aspecto de algunas calles del centro. Se preparan alfombras de flores y arenas volcánicas que cubren el empedrado durante unas horas. Si pasas la noche anterior, es fácil ver a grupos de vecinos trabajando agachados sobre el suelo, colocando pétalos con paciencia.
En septiembre llegan las fiestas del Cristo. Durante varios días el ambiente se vuelve más ruidoso, con verbenas, ferias y fuegos artificiales que iluminan los balcones del casco histórico. La imagen del Cristo de La Laguna sale en procesión desde hace siglos y sigue reuniendo a mucha gente del norte de la isla.
El bosque que espera al final de la carretera
A pocos kilómetros del centro empieza otro paisaje. La carretera sube hacia el macizo de Anaga y el aire cambia rápido: más húmedo, más frío incluso en verano. Allí aparece la laurisilva, con troncos cubiertos de musgo y hojas que gotean cuando la niebla se queda atrapada entre los árboles.
Uno de los accesos más conocidos es el llamado Sendero de los Sentidos, dentro del monte de Las Mercedes. No es un recorrido largo y suele estar bien señalizado, pero conviene ir temprano los fines de semana porque el aparcamiento se llena con facilidad.
Desde algunos miradores de la zona, cuando la mañana está despejada, se alcanza a ver La Laguna extendida como un tablero claro entre la niebla. Más abajo queda Santa Cruz y, al fondo, el Atlántico.
Entre semana, sobre todo de octubre a mayo, el casco histórico se recorre con bastante calma. Los fines de semana y en verano llegan más excursiones desde otras zonas de la isla. Si prefieres caminar sin demasiada gente, merece la pena madrugar: la ciudad, con la humedad de la noche todavía en las piedras, se deja observar mejor a esas horas.