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sobre Santa Cruz de Tenerife
Co-capital de Canarias; ciudad vibrante con puerto importante; auditorio icónico y la famosa playa de Las Teresitas
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La primera vez que hice turismo en Santa Cruz de Tenerife me encontré a un señor en la Plaza de España paseando una figura de papel maché del tamaño de un crío. La llevaba atada con una cuerda, como si fuera un perro. Era febrero, el carnaval estaba a la vuelta de la esquina y nadie parecía sorprendido. Ahí entendí rápido de qué va esta ciudad.
La capital que no se toma demasiado en serio
Santa Cruz es como ese compañero de piso que aparece en chanclas y termina siendo el que anima la reunión. Es capital de Tenerife, sí, pero sin esa sensación de ciudad que va dando lecciones. Comparte capitalidad de Canarias con Las Palmas desde hace casi un siglo y da la impresión de que ese reparto le viene bien.
Aquí viven algo más de 200.000 personas y la ciudad sigue funcionando bastante de espaldas al turismo clásico. Otra cosa son los cruceros: algunos días el puerto suelta miles de pasajeros de golpe y el centro se llena durante unas horas. Los vecinos protestan un poco, pero también hay cierto orgullo cuando ven atracar barcos enormes frente al Auditorio.
El truco está en saber por dónde moverse. Si llegas caminando desde la zona del puerto, en pocos minutos te plantas en el Parque García Sanabria, que es donde muchos chicharreros van a leer, a charlar o simplemente a sentarse a la sombra. Es grande, lleno de esculturas y con ese famoso reloj de flores que parece un reloj suizo que se hubiera venido a vivir al Atlántico.
Carnaval y otras formas de perder la vergüenza
El carnaval de Santa Cruz no funciona como un desfile que miras desde la acera. Aquí la ciudad entera se mete dentro. Durante semanas aparecen disfraces de todo tipo: cajas de cereales, políticos, personajes de dibujos, lo que se te ocurra.
Hay noches en las que el centro se llena hasta arriba y cuesta avanzar por algunas calles. Los récords de asistencia y las anécdotas de años pasados todavía circulan entre los vecinos como si fueran historias familiares.
También es una buena forma de ver cómo se organiza la vida del barrio. Las murgas ensayan donde pueden, los colegios preparan comparsas y siempre hay alguien que termina prestando un disfraz improvisado. Si te toca estar aquí en esas fechas, lo más fácil es dejarse llevar y ponerse cualquier cosa en la cabeza. Nadie va a juzgar el resultado.
En verano el ambiente cambia, pero siguen pasando cosas alrededor de la ciudad. Las fiestas vinculadas a la Virgen de África suelen llenar el frente marítimo con procesiones, música y fuegos que se ven desde buena parte del centro.
Comer como come la gente de aquí
La comida canaria tiene algo muy agradecido: no intenta parecer otra cosa. Platos sencillos, contundentes y con sabores muy claros.
Las papas arrugadas con mojo parecen una tontería hasta que pruebas unas bien hechas. El mojo suele llevar comino y bastante ajo, y las papas salen con esa piel salada que casi cruje. Luego está el caldo de papas con gofio, que es de esos platos que entiendes mejor si has pasado una mañana caminando por Anaga.
La ropa vieja de pescado, muchas veces con cherne y garbanzos, llega a la mesa con pinta de guiso de casa. Y el bienmesabe… bueno, el nombre ya da pistas: almendra, huevo, azúcar y una textura que hace que la cuchara se quede de pie.
Y si ves en una carta algo llamado churros de pescado, no esperes nada dulce. Suelen ser trozos de pescado rebozado, crujientes, de esos que desaparecen del plato antes de que te des cuenta.
Senderos para bajar lo que subes
Una de las cosas curiosas de Santa Cruz es que dentro del mismo municipio tienes ciudad, playa y monte bastante serio.
Las Teresitas está a unos minutos del centro y muchos vecinos van allí cuando quieren un baño rápido. La arena clara vino del Sáhara hace décadas y, con los espigones y las palmeras, el paisaje parece casi demasiado ordenado para ser real.
Pero si te apetece cambiar de ambiente, basta con subir hacia Anaga. Desde la zona de Cruz del Carmen salen varios senderos sencillos entre laurisilva. El llamado Sendero de los Sentidos es corto y muy agradecido: pasarelas de madera, humedad en el aire y ese verde oscuro que parece sacado de una película de dinosaurios.
También hay caminos antiguos que bajan hacia la costa, algunos conectando con San Andrés y el entorno de Las Teresitas. Son rutas que antes usaban los vecinos para moverse entre pueblos y que hoy siguen funcionando bien para caminar un rato largo.
Al final de la bahía aparece el Castillo de San Juan, una de las pequeñas fortificaciones que recuerdan cuando Santa Cruz tenía que vigilar el horizonte. En 1797 la flota de Nelson intentó entrar por aquí y la cosa no salió como esperaba.
La hora de irse (a paso lento)
Santa Cruz no es de esas ciudades donde vas tachando monumentos en una lista.
Funciona mejor si la tomas con calma: un café en la Plaza del Príncipe, una vuelta por el Mercado de Nuestra Señora de África mirando puestos de fruta y pescado, el Auditorio de Calatrava apareciendo de repente al borde del mar como si fuera el ala de un avión enorme.
Luego el parque otra vez, una caminata por calles con edificios de principios del siglo XX y, cuando cae la tarde, ese momento en que mucha gente vuelve a casa hacia La Laguna o los pueblos cercanos y el centro se queda más tranquilo.
Es entonces cuando Santa Cruz se entiende mejor. No es una capital abrumadora ni una ciudad pensada para turistas todo el día. Tiene más bien el tamaño justo para pasar una jornada larga, sin prisa, viendo cómo se mueve la vida normal. Y eso, cuando viajas, a veces vale más que cualquier monumento.