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sobre Arucas
Ciudad conocida por su impresionante iglesia neogótica de piedra oscura y su fábrica de ron; rodeada de plataneras y jardines históricos
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Te juro que la primera vez que vi la iglesia de Arucas pensé que me había equivocado de isla. Esa mole de piedra gris con sus pináculos retorcidos parece sacada de una peli de vampiros, no de un pueblo canario donde hace 24 grados en diciembre. Pero ahí está, en medio de una plaza con palmeras, como si un gótico se hubiese perdido en el Atlántico.
Arucas, en el norte de Gran Canaria, tiene ese tipo de sorpresa. Llegas pensando en un pueblo más de la isla y de repente te encuentras con algo que no encaja del todo con la imagen que tenías.
La piedra que se comió el pueblo
Lo de Arucas es especial. No es bonito en el sentido de “ay, qué casitas más cucas”. Es más bien eso de “espera, aquí pasa algo distinto”.
Gran parte del casco histórico está construido con la misma piedra volcánica gris que sale de las canteras cercanas. Esa piedra oscura le da al pueblo un aspecto bastante particular dentro de Canarias. A ratos parece que las casas hayan salido directamente de la montaña.
Caminas por las calles empinadas del centro y entiendes rápido de dónde sale todo ese material. La iglesia —que muchos llaman catedral aunque técnicamente no lo sea— se levantó con esa misma piedra labrada a mano por canteros locales durante décadas. El resultado es ese edificio enorme que domina el pueblo y que, te guste más o menos el estilo, impresiona cuando lo tienes delante.
Dentro el ambiente cambia bastante: olor a incienso, piedra fría y esa luz filtrada por las vidrieras que hace que el interior parezca más grande de lo que realmente es. Hay también una imagen de Cristo bastante antigua que suele llamar la atención a quien entra.
El ron que forma parte del pueblo
Otra de las historias de Arucas tiene que ver con el ron. Aquí funciona desde hace mucho tiempo una destilería histórica ligada al cultivo de caña de azúcar de la zona.
A veces se puede visitar y ver cómo se elaboran los rones y licores a partir de la caña. Te enseñan los depósitos, los almacenes de barricas y un poco la historia del lugar. Si la visita incluye degustación —que suele ocurrir— entiendes rápido por qué el ron miel se ha hecho tan popular en las islas.
Lo más curioso es el almacén de toneles. Hay barricas muy antiguas, oscuras por los años, alineadas como si fueran un pequeño bosque de madera. Es de esas salas que huelen a alcohol, azúcar y tiempo.
Subir a la montaña para entenderlo todo
Cuando quieres ver Arucas con perspectiva, lo suyo es subir a la Montaña de Arucas. No es una excursión épica ni mucho menos, pero la carretera se va empinando y el paisaje empieza a abrirse.
Desde arriba ves bien cómo se organiza todo: el casco urbano pegado a la base de la montaña, los cultivos en terrazas alrededor y el Atlántico al fondo. Los plataneros dibujan un mosaico verde bastante reconocible en todo el norte de Gran Canaria.
Es uno de esos miradores naturales donde entiendes por qué el pueblo creció justo ahí: protegido del viento, cerca del mar pero lo bastante elevado.
Comer sin demasiados rodeos
Sí, las papas arrugadas con mojo aparecen en casi cualquier sitio de Canarias. Pero en el norte de la isla suelen salir bien: papas pequeñas, bastante sal y un mojo que a veces pica más de lo que esperas.
También es fácil encontrarse con platos muy de casa como el rancho canario, un guiso espeso con garbanzos y fideos que llena bastante más de lo que parece cuando llega a la mesa.
Y luego está el bienmesabe. Dulce de almendra, denso, de esos que parece que van a empalagar pero al final sigues comiendo cucharadas.
Mi consejo aquí es sencillo: entra donde veas gente del pueblo y pregunta qué tienen ese día. Muchas veces ni siquiera hay carta larga, solo lo que haya salido de la cocina.
Cuándo venir
Arucas se puede visitar en cualquier momento del año. El clima del norte de Gran Canaria es bastante suave, aunque a veces aparece la típica nubosidad que se queda enganchada en esta parte de la isla.
Las fiestas de San Juan suelen animar bastante el pueblo cuando llegan, pero también traen más gente. Si prefieres caminar con calma por el casco histórico, hay meses mucho más tranquilos.
En días laborables de otoño, por ejemplo, el centro se mueve a otro ritmo. Ves a los vecinos haciendo recados, a los mayores charlando en los bancos de la plaza y a alguien que sale de casa con el pan bajo el brazo. Ese momento en el que el pueblo funciona sin pensar en visitantes.
Ah, y un aviso práctico: aparcar cerca del casco histórico puede ser un pequeño deporte local. Si encuentras sitio arriba, aprovéchalo. Luego lo mejor es recorrer el centro andando, que además es como se entiende de verdad Arucas.