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sobre Puerto del Rosario
Capital administrativa de Fuerteventura; ciudad portuaria en crecimiento con un parque escultórico al aire libre y playas urbanas
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A las ocho de la mañana el viento aún no ha cambiado de dirección. Sopla del noreste, como casi todos los días, peinando la avenida marítima y empujando el polvo claro de la isla hacia el mar. En la terraza del mercado alguien desayuna café cortado con leche condensada mientras mira cómo los aviones bajan hacia el aeropuerto, tan cerca que a veces parece que vayan a rozar los edificios bajos del barrio. A esa hora, el turismo en Puerto del Rosario todavía no ha despertado y la capital de Fuerteventura se mueve despacio, con la calma de un puerto que creció trabajando antes que enseñándose.
El olor a sal y a cabras
Antes se llamaba Puerto de Cabras, y el nombre no era casual. Las cabras eran moneda de cambio, alimento y compañía en una isla donde el viento y la sequía marcan el ritmo desde hace siglos. A mediados del siglo XX el municipio pasó a llamarse Puerto del Rosario. El nuevo nombre sonaba más solemne, aunque muchos mayores todavía usan el antiguo cuando hablan entre ellos.
La ciudad conserva ese aire de puerto funcional. Los barcos de carga comparten espacio con pequeñas embarcaciones y el olor a gasoil se mezcla con el del mar cuando sopla hacia tierra. No hay calles medievales ni balcones de postal. Hay avenidas abiertas, barrios recientes y un cielo enorme, muy limpio después de los días de viento fuerte. La luz cae dura sobre el cemento y sobre las montañas marrones que rodean la ciudad.
Don Quijote en el cemento
En el barrio del Quijote las calles llevan nombres de personajes cervantinos: Dulcinea, Sancho, Rocinante. Son calles rectas, con poco árbol y fachadas castigadas por el sol y la calima. Los carteles metálicos a veces están medio borrados por el viento.
Cervantes nunca pisó la isla, pero Miguel de Unamuno sí pasó una temporada aquí durante su destierro. La casa donde vivió se conserva hoy como museo, en una vivienda de otra época, con techos altos y ventanas que miran hacia el puerto. Dentro hay manuscritos, fotografías y el escritorio desde el que escribió parte de sus textos sobre la isla. En algunas salas todavía queda ese silencio espeso de las casas antiguas.
Esculturas que resisten el viento
Desde la zona del museo basta caminar hacia el paseo marítimo para encontrarse con algo poco habitual en una capital pequeña: esculturas repartidas por la ciudad. Aparecen en rotondas, plazas y tramos del paseo junto al mar. Algunas son abstractas, otras representan figuras humanas o animales, y casi todas tienen la misma pátina de sal y polvo volcánico que deja el viento con los años.
El tramo que bordea la costa entre el muelle y la playa de Los Pozos concentra bastantes de ellas. Caminar por ahí al atardecer tiene algo curioso: las piezas de metal y piedra se recortan contra el horizonte mientras el mar cambia de gris a azul oscuro. Muchas se instalaron durante encuentros internacionales de escultura celebrados en la ciudad, y con el tiempo han acabado formando parte del paisaje urbano.
Cuando el pueblo se junta
El carnaval es uno de los momentos en que la ciudad cambia de ritmo. Durante esos días las avenidas se llenan de disfraces y música, y el viento —que aquí nunca falta— juega con las plumas y las telas. Es cuando aparecen vecinos que pasan el año fuera y vuelven a casa, aunque sea unos días.
Las fiestas de la Virgen del Rosario también siguen teniendo peso en el calendario local. Tradicionalmente la imagen baja en procesión hacia el centro y muchas familias salen a la calle vestidas con ropa de domingo. Los mayores recuerdan que en esas fechas coincidían antiguamente acuerdos de trabajo en el campo y celebraciones familiares.
El sabor de resistir
La cocina de la zona es directa, pensada para alimentar más que para impresionar. En el mercado municipal se ven platos sencillos: papas arrugadas con mojo picante, pescado salado o secado al aire —cherne, sargo, vieja— y caldo de pescado acompañado de gofio.
El queso majorero es uno de los productos más reconocibles de Fuerteventura. Suele venderse cubierto de pimentón o en aceite, con la corteza oscura y el interior firme. En los pueblos del interior todavía se elaboran quesos con métodos bastante parecidos a los de hace décadas, a partir de leche de cabra majorera.
Cómo moverse y cuándo venir
El aeropuerto está muy cerca de Puerto del Rosario; el trayecto por carretera dura apenas unos minutos. Mucha gente llega directamente en coche o taxi, y desde la capital salen carreteras hacia casi cualquier punto de la isla.
Si quieres ver la ciudad con algo de calma, los días laborables fuera de los meses más concurridos suelen ser más tranquilos. En verano y algunos fines de semana el paseo marítimo y las playas urbanas —sobre todo Los Pozos— se llenan de familias de toda la isla.
Conviene venir con una idea clara: Puerto del Rosario no es un decorado histórico ni un pueblo detenido en el tiempo. Es una capital pequeña, ventosa y bastante real. Y a veces eso se agradece.