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sobre Tejeda
Uno de los pueblos más bonitos de España; situado en una caldera volcánica con vistas al Roque Nublo y Bentayga
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El sol tarda en entrar en Tejeda. A primera hora las laderas siguen en sombra y el aire tiene ese olor seco de la cumbre, mezcla de pino y tierra volcánica. El pueblo aparece poco a poco dentro de la caldera, con casas blancas muy juntas y tejados ocres que recogen la luz cuando por fin asoma por encima de los riscos. Desde casi cualquier esquina se reconocen dos siluetas: el Roque Nublo y el Bentayga, plantados sobre el horizonte como hitos oscuros.
Tejeda, en el centro de Gran Canaria y a más de mil metros de altitud, vive rodeada de barrancos profundos y laderas duras de cultivar. La población es pequeña y el ritmo se nota enseguida. A media mañana se oyen coches subir por la carretera de curvas, algún perro que ladra en las casas de las afueras y el viento que pasa entre los pinos.
Huellas volcánicas: Roque Nublo y Bentayga
El camino hacia el Roque Nublo atraviesa un terreno áspero, con piedras sueltas y pinar disperso. Desde el aparcamiento más cercano la caminata ronda los tres kilómetros entre ida y vuelta, aunque el último tramo pica hacia arriba y el viento suele soplar con fuerza en la parte alta. Conviene llevar algo de abrigo incluso cuando abajo hace calor.
Arriba, el monolito de basalto se levanta sobre una plataforma de roca clara. Alrededor se abre una vista amplia de la cumbre de Gran Canaria: barrancos que bajan hacia la costa, manchas de pinar oscuro y, en días muy despejados, el perfil del Teide al fondo del mar.
El Bentayga tiene otra presencia. Su forma es más compacta y alrededor aparecen restos arqueológicos vinculados a los antiguos pobladores de la isla. Todavía se distinguen bancales antiguos en las laderas cercanas, terrazas de cultivo que muestran hasta qué punto el terreno fue trabajado durante siglos.
El centro del pueblo
La plaza de Tejeda es pequeña y suele estar tranquila a primera hora de la tarde. La iglesia del Socorro ocupa uno de los lados, con fachada blanca y una portada de piedra que resalta bajo el sol. Desde allí salen varias calles cortas, empedradas, donde las casas mantienen balcones de madera y ventanas pequeñas.
Al caminar despacio se perciben detalles que a veces pasan desapercibidos: macetas apoyadas en el suelo, una puerta entreabierta de la que sale olor a leña, el sonido metálico de una persiana al cerrarse. No hace falta mucho tiempo para recorrer el centro; en media hora ya se tiene una idea clara del tamaño del pueblo.
Miradores de la cumbre
La carretera que atraviesa la cumbre está llena de puntos donde detener el coche unos minutos. En la Degollada de Becerra el terreno se abre de golpe y permite leer el relieve interior de la isla: crestas largas, barrancos que caen hacia ambos lados y los perfiles muy definidos del Nublo y el Bentayga.
Las vistas dependen mucho del día. Cuando la nube se queda baja, algo frecuente en la cumbre, los roques aparecen y desaparecen entre la bruma. Si el cielo está limpio, incluso se distingue Tenerife en el horizonte.
Caminar por los alrededores y probar la almendra
La red de senderos alrededor de Tejeda conecta miradores, degolladas y antiguos caminos agrícolas. Algunos tramos son sencillos y permiten avanzar entre almendros y muros de piedra; otros se vuelven más pedregosos y exigen prestar atención al terreno. En verano el sol pega fuerte a partir del mediodía, así que suele ser mejor empezar temprano.
La almendra tiene mucha presencia en el pueblo. Con ella se preparan dulces tradicionales como el bienmesabe o distintos tipos de mazapán. En varias tiendas pequeñas del centro los elaboran todavía con recetas muy simples. Si piensas comprar, conviene llevar algo de efectivo; no siempre se paga con tarjeta.
Por la noche, cuando el cielo está despejado, la oscuridad de la cumbre deja ver muchas más estrellas que en la costa. Eso sí, las carreteras de montaña siguen siendo estrechas y con curvas cerradas, así que conducir de vuelta requiere calma y atención.
Llegar a Tejeda y elegir el momento
Desde Las Palmas se sube por la GC‑15 y después por la GC‑60. El trayecto ronda algo más de una hora, aunque las curvas y los miradores invitan a parar varias veces. Aparcar en el centro puede complicarse los fines de semana y en días festivos, cuando llega bastante gente desde otros puntos de la isla.
Entre otoño y primavera la temperatura resulta más llevadera para caminar por la cumbre. En invierno el aire puede enfriar rápido al caer la tarde y en verano el sol castiga cuando el cielo está despejado. También hay días de niebla densa en los que los roques desaparecen por completo; en esas jornadas el plan más sensato es quedarse en el pueblo, pasear despacio por sus calles y esperar a que la nube decida moverse.