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sobre Breña Baja
Zona turística y residencial que alberga Los Cancajos; ofrece buenas playas y cercanía al aeropuerto con un entorno tranquilo
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Las bananas maduran de noche. Lo supe una madrugada en una casa de Montaña de La Breña: eran cerca de las tres y el aire olía tan dulce que por un momento pensé que alguien estaba haciendo compota. No era eso. Era el campo de plátanos que rodea la casa, cargado de racimos que empiezan a amarillear mientras las farolas del camino dejan un brillo débil sobre las hojas. El turismo en Breña Baja no huele a crema solar. Huele a fruta madura y a tierra volcánica húmeda que se queda pegada a la suela cuando caminas entre fincas.
El mar desde el mirador de La Condesa
Subir hasta allí tiene su rato. La carretera serpentea entre pinos inclinados por el alisio y tramos donde el monte se abre de golpe. Cuando llegas, el Atlántico aparece de repente: un azul oscuro, casi metálico algunos días, recortado contra el verde intenso de los plataneros que llenan los barrancos.
Desde arriba se distingue la curva de Los Cancajos, una media luna de lava negra junto a la zona hotelera. A ciertas horas se ven las figuras pequeñas de la gente caminando por el paseo.
La vista funciona mejor sin prisa. Hay un banco de cemento y poco más. Algún coche pasa de vez en cuando, subiendo hacia las zonas altas. Si puedes, acércate temprano, antes de media mañana. A esa hora la niebla suele quedarse suspendida sobre el mar unos minutos, como una gasa gris que se va deshaciendo poco a poco.
La playa que no es playa
Los Cancajos no es una franja larga de arena clara. Aquí la costa es volcánica: roca oscura, plataformas naturales y pequeñas calas donde el agua se queda retenida cuando baja la marea. Entre las grietas crecen plantas bajas que resisten el salitre.
El mar entra por canales naturales y forma zonas tranquilas donde muchas familias de la isla se bañan cuando el océano está movido. El sonido del agua golpeando la lava es constante, grave, y termina acompañándote incluso cuando te alejas hacia el paseo.
En invierno la zona está más tranquila. Se ve a gente del barrio caminando junto al mar o sacando al perro mientras cae la tarde. También siguen llegando viajeros del norte de Europa que buscan unas horas de sol cuando en sus países ya es pleno invierno.
Si te metes en el agua en enero, a menudo la sensación es curiosa: el aire puede estar fresco, pero el mar se siente relativamente templado. En verano aparecen algunas medusas pequeñas algunos días, algo habitual en muchas costas de Canarias; conviene mirar el agua antes de entrar.
Entre plátanos y casas bajas
Breña Baja se reparte en distintas alturas. Desde la costa hasta los barrios más altos hay una sucesión de carreteras estrechas, muros de piedra volcánica y fincas de plátanos cubiertas con mallas o bolsas azules que protegen los racimos.
Alrededor de la iglesia de San José se agrupan casas bajas con balcones de madera y fachadas de colores suaves. Por la tarde, cuando el sol cae hacia el oeste de la isla, la luz llega rasante y las paredes se vuelven doradas durante unos minutos.
Si conduces por la carretera general hacia Santa Cruz, los plataneros forman tramos de túnel verde. Aquí el calendario se nota en el campo: primero aparecen las bolsas azules en los racimos; después, durante semanas, pasan camiones cargados camino de los empaquetados de la zona.
En los días claros se distingue el Teide al fondo del mar, recortado sobre el horizonte. Cuando hay calima, en cambio, todo se vuelve de un tono amarillento y la silueta desaparece.
Cuándo venir y cuándo ir con calma
Abril y mayo suelen ser meses agradables. Hay luz limpia, el campo está muy verde y todavía no coincide con los momentos de mayor movimiento en la costa. Septiembre también se deja querer: el mar mantiene el calor acumulado del verano y por la noche corre algo más de aire.
Agosto cambia bastante el ambiente. Coinciden más visitantes y también muchas familias de la isla que bajan a la costa. La playa se llena de toallas y el paseo tiene otro ritmo, más ruidoso. Si vienes en esas semanas, madrugar ayuda: a primera hora la luz cae suave sobre la lava y el agua suele estar más tranquila.
La última noche que pasé allí salí al patio de la casa. El cielo estaba tan oscuro que parecía terciopelo y las estrellas se veían con una claridad casi incómoda. Abajo, en el barranco, las plataneras apenas se movían. El olor dulce seguía flotando en el aire. En Breña Baja pasan muchas cosas despacio, y quizá por eso uno tarda un poco en darse cuenta de que el lugar se le ha quedado dentro.