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sobre Telde
Segunda ciudad de la isla; antigua capital aborigen con ricos yacimientos; posee una costa con playas familiares y barrios históricos
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Las campanas de la Basílica de San Juan repican a las siete de la mañana y el eco se queda unos segundos flotando entre las fachadas oscuras del barrio antiguo. Un hombre riega los maceteros de la plaza con una manguera; el agua golpea el suelo todavía frío de la noche. A esa hora el tráfico aún no ha tomado la ciudad y el centro de Telde parece dudar entre despertarse del todo o seguir en esa calma breve de primera hora.
Hablar de turismo en Telde es moverse entre dos ritmos distintos: el de una ciudad grande de Gran Canaria —con barrios, carreteras y vida diaria— y el de algunos rincones donde el tiempo todavía camina más despacio.
El olor a mar que llega antes que el océano
A veces Telde huele a sal antes de ver el agua. El alisio arrastra el aire desde la costa y lo mete por las calles del barrio de San Juan, donde las casas se acercan unas a otras y los patios interiores guardan limoneros y macetas viejas. El mar está a unos seis kilómetros, pero se intuye: en las toallas colgadas en balcones de madera pintados de verde, en los coches con tablas de surf atadas al techo, en las conversaciones sobre cómo viene hoy la marea.
La calle Mayor mantiene un ancho extraño para los estándares actuales. Caminas por las losas de piedra, pulidas por décadas —o siglos— de pasos, y en los bordes aparecen pequeñas manchas de musgo donde apenas pisa nadie. Algunas puertas de madera siguen abiertas a patios silenciosos donde se oye el agua de una pila o el roce de una escoba.
En una esquina cercana a la iglesia, una mujer mayor comenta que muchos vienen a ver el Cristo. Se refiere al Santo Cristo de Telde, una imagen rodeada de historias: tradicionalmente se dice que llegó desde América en el siglo XVI y que está hecha con pasta de millo. La devoción aquí no se explica demasiado; simplemente forma parte del lugar.
Cuando el viento da tregua
El Bufadero de La Garita funciona a su manera. Hay días en que apenas respira y otros en que el agua sale disparada con fuerza por la roca volcánica.
El acceso es sencillo: una carretera baja hasta la costa y termina cerca del paseo. Desde allí solo hay que caminar unos metros por las plataformas de lava. El sonido del mar es hueco, como si el agua estuviera golpeando dentro de la isla. A ratos no ocurre nada. Luego, de repente, una ola entra por las grietas y el chorro aparece con un golpe seco y un vapor salado que moja gafas y cámaras.
Conviene acercarse con prudencia y mirar primero cómo se comporta el mar ese día. Con fuerte oleaje el lugar puede empaparlo todo en segundos.
Muy cerca está la playa de La Garita. La arena es oscura y absorbe el sol con facilidad incluso en invierno. Los vecinos llegan con sombrillas, neveras y bolsas de comida; las conversaciones se alargan bajo los tamariscos mientras los niños corren hacia la orilla. No es una playa aislada: alrededor hay viviendas y paseo marítimo, así que en verano el ambiente cambia bastante.
El barrio que mira hacia dentro
San Francisco se levantó mirando al interior. Durante siglos el mar significaba peligro —incursiones, vigilancia— y muchas casas se agruparon como buscando protección.
Las calles son estrechas, con pendientes suaves y muros gruesos que guardan bien la sombra. En algunos portales conviven viviendas con pequeños talleres o garajes; la ropa aparece tendida entre balcones y farolas cuando el día está claro.
En la plaza de San Francisco la iglesia ocupa el centro con su fachada sencilla. Dentro, la imagen de la Virgen suele cambiar de vestido en determinadas celebraciones; las telas bordadas se guardan con cuidado, enrolladas en armarios antiguos que huelen a madera vieja y cera.
A media tarde el barrio suena a radios encendidas, conversaciones entre ventanas y algún niño cruzando la plaza con una taza de gofio escaldado mientras una abuela le recuerda que no se desperdicie ni una cucharada.
Las cuevas de Cuatro Puertas
En Cuatro Puertas el silencio cambia. El sendero asciende entre cardones y tabaibas y el suelo volcánico aparece lleno de marcas antiguas: pequeños huecos donde se molía grano y superficies alisadas por el uso.
Las cuevas excavadas en la roca forman uno de los yacimientos prehispánicos más conocidos de Gran Canaria. Desde arriba se ve buena parte del este de la isla: el aeropuerto, los barrios que se extienden por el valle y la línea del mar más allá.
Cuando el viento entra en algunas cavidades produce un sonido largo, parecido al de soplar dentro de una caracola. No suele haber demasiada sombra, así que conviene subir temprano o al final de la tarde, cuando la roca pierde ese calor seco que acumula durante el día.
A veces planea alguna rapaz sobre la ladera, aprovechando las corrientes que suben del barranco.
Cuándo ir
Las primeras horas funcionan bien para recorrer San Juan y San Francisco sin prisas. Si te acercas a la costa, el invierno suele traer días claros y menos gente en las playas. En algunas épocas del año hay fiestas populares y romerías; cuando coinciden, las calles cambian bastante.
Qué evitar
Los fines de semana centrales del verano en La Garita si buscas tranquilidad: la playa se llena rápido y aparcar cerca puede llevar tiempo. Y en días de viento fuerte, bastante habituales aquí, caminar por zonas expuestas puede resultar incómodo.