Artículo completo
sobre Garachico
Uno de los pueblos más bonitos de España; renacido de sus cenizas volcánicas con un patrimonio arquitectónico excepcional y piscinas naturales
Ocultar artículo Leer artículo completo
Garachico es como ese tipo que se quedó calvo de golpe y acabó más guapo. La erupción de 1706 le arrasó el puerto —el que movía el dinero en Tenerife— y en vez de hundirse, el pueblo se reinventó. Ahora tiene unas piscinas naturales que parecen diseñadas por un arquitecto borracho: bocas de lava petrificada que se llenan de agua del Atlántico cada vez que rompe una ola.
El volcán como jefe de obras
Estuve el mes pasado y me pasé tres horas en El Caletón. No es que sea muy grande —son varios charcos volcánicos pegados al mar—, pero tiene ese algo que te engancha. Como cuando encuentras una serie mala pero no puedes dejar de verla. El agua está limpísima, fría como debe ser, y entre baño y baño te secas sobre la roca negra que parece traída de otro planeta.
Lo curioso es que sin la erupción, Garachico sería otro pueblo del norte. Tendría su puerto, sus casas y su castillo… pero no estas piscinas donde ahora viene todo el mundo a meterse. Es como cuando a tu abuela le da por hacer ganchillo y resulta que tiene mano: un desastre que acaba siendo su mejor virtud.
La parte antigua es pequeña; te la recorres en una mañana sin apuros. Las calles mantienen el trazado de entonces, con casas bajas y balcones de madera asomados a la calle. El Castillo de San Miguel aguantó el golpe —dicen que casi de milagro— y ahora lo usan para exposiciones. Está bien si quieres entender qué pasó aquí hace siglos, aunque no esperes un museo enorme.
Comer como se come aquí
Me metí en una cafetería cualquiera —no voy a decir el nombre porque luego siempre hay lío con eso— y pedí caldo de papas con pescado. El camarero me miró raro: “¿Con pescado o con pescado fresco?”
Le dije que con el que tuvieran, que no era tiquismiquis. Al rato llegó un plato humeante con papas pequeñas y un buen trozo de cherne. De esos platos sencillos que te reconcilian con el día si vienes de pasar horas al sol.
El queso de cabra con miel de palma es otra de esas mezclas que parecen poca cosa y luego te das cuenta de que te has comido media tabla. El queso tira a salado, la miel es dulce pero con carácter. Y el bienmesabe… básicamente almendra, azúcar y yema en modo bomba calórica. Dulce de los que te dejan medio dormido después.
Las fiestas que mueven el pueblo
Estuve justo antes de San Roque, a mediados de agosto, y ya se notaba ambiente. Cintas colgadas entre balcones, gente preparando cosas en la plaza, mayores sentados mirando el trajín como si dirigieran la operación.
La romería suele ser el día más movido. Mucha gente se va al campo, se come conejo en salmorejo, papas, vino del norte… lo típico cuando la cosa se alarga.
Y luego están las Fiestas Lustrales del Cristo, cada cinco años. En esas fechas Garachico cambia completamente: llega gente de toda la isla y fuera, y el ambiente se multiplica por diez. No es raro oír a alguien compararlo con una Semana Santa sureña, pero con menos solemnidad y bastante más fiesta.
Senderos para quemar el caldo
Por ahí hay varios caminos señalizados. Uno bastante conocido es la ruta por los Volcanes; son unos tres kilómetros. En poco más de una hora lo tienes hecho si vas tranquilo. Desde arriba ves bien toda esta costa y entiendes cómo la lava redibujó todo este tramo.
También hay un paseo por la orilla del mar. Es más corto. Va bordeando los acantilados hacia ese Roque enorme frente al pueblo donde anidan aves marinas.
Si puedes ir al atardecer mejor. El sol cayendo sobre el Atlántico tiñe las fachadas antiguas durante unos minutos nada más.
La verdad del turista cansado
¿Compensa Garachico? Depende.
Si llevas prisa mental por verlo todo rápido igual piensas “¿y ya está?”. Pero si lo tomas como un alto en carretera —bañarte en El Caletón, pasear sin rumbo fijo, comer algo sin reloj— entonces funciona muy bien.
Trae chanclas o escarpines, porque esa lava mojada resbala mucho. Y si vienes en coche, suele haber sitio para aparcar cerca aunque luego toca subir cuesta arriba hasta las piscinas.
Yo estuve una tarde completa, hasta después del anochecer, y me bastó. Garachico no intenta aparentar más. Tiene sus charcos volcánicos, su parte vieja cuidada y vida normal del norte. A veces eso ya es plan suficiente. Y no hace falta mucho más