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sobre La Frontera
Situado en el impresionante valle de El Golfo; destaca por sus frutales tropicales; piscinas naturales y el lagarto gigante
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El viento de La Frontera huele a tierra quemada y a sal. No es el olor suave del mar tropical; es algo más áspero, más viejo. Lleva el rastro de la lava que alguna vez fue fuego y ahora sostiene viñedos de uva seca entre grietas negras. En el Mirador de Bascos, cuando la tarde empieza a caer, el Valle del Golfo se vuelve un tazón de sombras rojizas donde las casas parecen piedras sueltas de un collar roto.
Cuando el pueblo era nuevo
La Frontera como municipio es relativamente reciente. Hasta comienzos del siglo XX, estas casas dispersas formaban parte de lo que los papeles llamaban simplemente El Golfo. Con el tiempo se organizó un ayuntamiento propio y el núcleo fue creciendo alrededor de la plaza donde hoy está la iglesia de la Candelaria.
La plaza sigue teniendo algo de lugar de paso: vecinos que cruzan con bolsas del supermercado, niños saliendo del colegio cercano, gente que se sienta un rato a la sombra cuando el sol cae de frente sobre el valle. Algunos edificios bajos conservan esa piedra tostada por el sol que se ve mucho en El Hierro, áspera al tacto y de un color entre marrón y naranja.
Los servicios llegaron poco a poco. Primero el teléfono —los mayores todavía cuentan que durante años todo pasaba por una pequeña centralita— y más tarde la electricidad estable, que tardó bastante en normalizarse en esta parte del valle. La sensación de lugar aislado no desapareció del todo; simplemente se hizo más llevadera.
El camino que vino en barco
La carretera que une el valle con Sabinosa empezó a abrirse en los años treinta. En aquella época mover maquinaria hasta aquí no era sencillo: buena parte del material tuvo que llegar por mar, desembarcado en la costa norte de la isla.
Hoy el asfalto muestra grietas y parches, pero sigue siendo una de esas carreteras que se recuerdan por el paisaje. A primera hora, cuando la niebla sube desde el mar y se queda suspendida a media ladera, el valle parece cubierto por una sábana blanca. Los ciclistas suben despacio, con el sonido de la cadena rompiendo el silencio de la mañana. Los vecinos pasan con el coche, ventanas bajadas, música vieja saliendo por los altavoces.
El valle que cambió de cultivo
Durante los años ochenta llegaron agricultores procedentes de La Palma. Muchos buscaban tierras donde seguir trabajando y el Valle del Golfo, con su suelo volcánico profundo, parecía una oportunidad. Donde antes dominaban las viñas empezaron a aparecer plataneras.
El paisaje cambió bastante durante aquellas décadas. También la vida del pueblo: más familias, más niños en la escuela, más movimiento en las carreteras del valle.
El clima aquí, sin embargo, tiene su carácter. La humedad que sube del mar puede deformar las plantas y el viento, cuando se enfada, no respeta mucho las hojas grandes del plátano. Con los años parte de aquellas fincas se abandonaron o volvieron a otros cultivos. La viña regresó a muchas parcelas, porque la uva se adapta bien a esta tierra negra llena de piedras.
El vino que sale de aquí suele beberse cerca de donde se produce, en vasos pequeños, con ese sabor mineral que deja la ceniza volcánica en el suelo.
Charco Azul a media tarde
El Charco Azul no siempre es azul. A media tarde, cuando el sol cae de lado sobre la lava, el agua suele verse verde oscuro, casi negra.
Para llegar hay que bajar una escalera larga de cemento que serpentea por la roca. En las últimas curvas el aire cambia: huele a algas secas y a sal acumulada en las grietas. El mar entra por la abertura de la lava con un golpe seco que resuena en las paredes.
Quien viene de fuera suele lanzarse al agua sin pensarlo demasiado. Los del pueblo se lo toman con más calma: pie primero, luego el otro, esperando a que el cuerpo se acostumbre al frío. Las piedras pueden estar resbaladizas y conviene caminar despacio, buscando los huecos donde la lava forma pequeñas plataformas naturales.
Si te quedas hasta que el sol se esconde detrás del risco, la superficie del agua se vuelve plateada. En ese momento el charco cambia otra vez de color.
Cuándo ir y qué no hacer
La primavera suele ser una buena época para caminar por los senderos del valle. Los barrancos tienen algo más de verde y el viento da treguas largas. En pleno verano el ambiente cambia: llegan más coches, las zonas de baño se llenan rápido y moverse por la carretera del valle puede llevar más tiempo del que parece en el mapa.
En invierno conviene traer algo más que una sudadera ligera. Aquí el frío es húmedo y se mete por los pies, sobre todo cuando el cielo se cierra sobre la pared del valle.
Tampoco esperes una escena pensada para el visitante. La Frontera funciona más como un lugar donde la gente vive que como un decorado. Hay bares sencillos, tiendas de barrio, agricultores entrando y saliendo con el coche lleno de cajas.
Si compras una botella de vino del valle y subes a algún mirador al final del día, lo entenderás rápido. Aparca, apaga el motor y baja la ventanilla. Cuando el viento afloja unos segundos, aparece un silencio raro, profundo, como si el valle estuviera respirando despacio. Ese momento dice más de La Frontera que cualquier cartel en la carretera.