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sobre La Guancha
Municipio de medianías con fuerte arraigo agrícola y artesanal; ofrece tranquilidad y buenas vistas del norte de la isla
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El turismo en La Guancha empieza por entender una cosa poco habitual en el norte de Tenerife: el problema del agua. El municipio depende de la Galería de Vergara, un largo túnel perforado en la montaña que capta agua subterránea antes de que llegue al mar. Desde hace años el abastecimiento arrastra dificultades por el exceso de fluoruro, lo que ha obligado en distintos momentos a limitar su uso para beber o cocinar. No es un asunto menor: en un territorio agrícola, el agua condiciona casi todo, desde los cultivos hasta la forma en que creció el pueblo.
El altiplano que no miraba al mar
La Guancha se levanta a casi quinientos metros de altitud, en una franja de medianías que históricamente vivió más pendiente del interior que de la costa. El nombre suele explicarse con una pequeña leyenda: una joven guanche sorprendida por soldados castellanos se habría arrojado por un barranco junto a una fuente. No está claro que la historia sea anterior a la conquista; el topónimo aparece en documentos del siglo XVI. Pero refleja bien ese momento en que el mundo indígena y el nuevo orden colonial empezaban a mezclarse.
El asentamiento se consolidó a comienzos del siglo XVI alrededor de una ermita dedicada a Santa Catalina. Con el tiempo llegaría la parroquia del Dulce Nombre de Jesús y, ya en el siglo XIX, el municipio se organizó como ayuntamiento propio. Parte del archivo histórico se perdió en un incendio a finales de ese siglo, de modo que algunos episodios tempranos se conocen solo de forma fragmentaria. Durante mucho tiempo las comunicaciones fueron difíciles y el contacto natural se daba más con los campos cercanos que con el litoral.
La agricultura que dibujó el paisaje
El paisaje del municipio sigue marcado por la agricultura. Las laderas aparecen recortadas por tajas de piedra —los bancales que permiten cultivar en pendiente— y buena parte del suelo está ocupado por plataneras. El plátano ha sido uno de los motores económicos del norte de Tenerife durante generaciones y aquí se nota en cada barranco cultivado.
El agua que alimenta esos cultivos procede en buena medida de galerías excavadas en la montaña, una solución muy extendida en la isla desde el siglo XIX. Ese mismo sistema es el que abastece al municipio.
Entre las fincas sobreviven pequeños parches de laurisilva, el bosque húmedo que cubría gran parte del norte de Tenerife antes de la roturación agrícola. La llamada ruta de los Castaños atraviesa uno de esos tramos. Es un recorrido corto y bastante claro de seguir, con suelo húmedo casi todo el año y vegetación densa: helechos altos, castaños viejos y un silencio bastante distinto al de las zonas más transitadas de la isla.
La costa que muchos pasan por alto
Aunque el municipio llega al mar, la mayor parte del casco urbano vive de espaldas a la costa. El lugar más conocido es el Charco del Viento, una franja de lava y callaos donde el oleaje ha ido formando pequeñas piscinas naturales.
No es una playa urbanizada. El acceso implica caminar por senderos de tierra entre barrancos volcánicos y cardones, y buena parte del año apenas hay señalización ni servicios. Precisamente por eso se ha mantenido bastante intacta. Cuando la marea baja aparecen plataformas de lava lisa donde se forman charcos tranquilos; con mar fuerte conviene mantenerse lejos del agua.
Muchos vecinos de la zona la conocen desde siempre, pero fuera del municipio pasa más desapercibida que otras playas del norte de Tenerife.
La cocina de las medianías
Al no existir una tradición pesquera fuerte en el municipio, la cocina local se apoya sobre todo en productos de tierra adentro. El conejo en salmorejo aparece con frecuencia en las mesas familiares: carne adobada con vinagre, ajo y especias que luego se guisa lentamente.
Las papas arrugadas y el gofio —en escaldón o acompañando caldos— siguen formando parte del día a día. También el queso de cabra, que en muchos casos se ahúma con palma seca. Son producciones pequeñas, a menudo domésticas, que circulan más entre vecinos que en circuitos pensados para visitantes.
Entre los dulces, el bienmesabe tiene presencia antigua en la isla. La base es sencilla: almendra, azúcar y yema. En muchos casos las almendras proceden de árboles familiares dispersos por las medianías.
Cómo orientarse en una visita
La Guancha se encuentra en el norte de Tenerife, dentro de la comarca de Icod‑Daute, y se alcanza por carretera desde la autopista del norte a través de Icod de los Vinos. El casco se recorre sin prisa en poco tiempo: la plaza del Dulce Nombre de Jesús, la iglesia parroquial y varias casas antiguas repartidas por las calles cercanas.
En primavera suelen celebrarse las fiestas ligadas a San Isidro, muy vinculadas al calendario agrícola. Durante esos días las calles se llenan de carretas y trajes tradicionales.
Si se baja hacia el Charco del Viento conviene llevar calzado cerrado, agua y tener en cuenta el estado del mar. El sendero es sencillo pero irregular en algunos tramos, y la vuelta siempre se nota más que la bajada.
La Guancha no funciona como los municipios más turísticos del norte. Es, sobre todo, un pueblo agrícola de medianías que mantiene una relación directa con su paisaje: las galerías de agua, las plataneras y una costa abrupta que sigue estando ahí abajo, aunque desde el casco casi no se vea.