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sobre La Victoria de Acentejo
Municipio agrícola conocido por su gastronomía y vinos; conmemora la victoria guanche; ofrece un entorno rural y tranquilo
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Hay un momento, subiendo en coche por la carretera del norte, en el que entras en una nube baja y piensas que te has metido en una especie de cielo del vino. Luego la nube se abre un poco y aparece La Victoria de Acentejo: casas en la ladera, viñedos en terrazas y el mar al fondo como si fuera el aparcamiento natural de la isla.
El pueblo suele oler a mosto y a leña según la época, y la gente te mira con esa mezcla de curiosidad y calma tan del norte de Tenerife. Primero te observan un poco; cuando ven que vienes a pasear y no a montar ruido, la conversación sale sola.
La batalla que dio nombre a todo
El nombre de La Victoria de Acentejo viene de la segunda batalla de Acentejo, a finales del siglo XV. Fue uno de esos episodios de la conquista de Tenerife que aquí todavía se recuerdan con bastante respeto.
Detrás de la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria hay un pino muy conocido en el pueblo. Suele mencionarse como el “pino de la batalla”, y la tradición local cuenta que se utilizó para reunir a las tropas. No es algo que todo el mundo pueda documentar al milímetro, pero la historia se ha quedado pegada al árbol. Hoy sigue allí, enorme, con ese aspecto de haber visto pasar medio milenio.
La iglesia también está ligada a ese momento histórico. Se atribuye su origen a un voto de Alonso Fernández de Lugo tras la victoria castellana. El edificio actual ha pasado por reconstrucciones —hubo un incendio importante siglos atrás—, pero sigue siendo el centro del pueblo. Cuando entras en silencio, se nota que aquí han pasado muchas generaciones.
Guachinches: cuando las casas se convierten en comedor
Si vienes buscando guachinches, conviene entender cómo funcionan. No son restaurantes al uso. Son casas donde los viticultores sirven su propio vino y algunos platos sencillos de cocina local mientras dura la cosecha.
Por eso no están abiertos todo el año. Tradicionalmente funcionan durante los meses en los que hay vino de la última vendimia, algo que suele caer entre finales de otoño y primavera, aunque cada casa tiene su ritmo.
El ambiente es muy doméstico. Dos o tres platos, mesas de madera, vino servido casi directamente desde la bodega. Te pueden poner un potaje de berros contundente, carne con papas, alguna tortilla con hierbas del monte o lo que haya salido ese día de la cocina.
La gracia es precisamente esa: no eliges demasiado. Comes lo que hay, bebes el vino de la casa y acabas hablando con la mesa de al lado como si os conocierais de antes.
El mar que se ve pero no se toca
La Victoria mira al Atlántico desde arriba. No tiene playas propias; lo que hay bajo el municipio son acantilados bastante serios. Desde muchos puntos del pueblo ves el mar, pero bajar hasta él ya es otra historia.
Una de las caminatas que suele recomendar la gente de la zona sigue el borde de esos cantiles hacia El Sauzal. Es un sendero que pasa entre viñedos y fincas, con tramos donde el océano aparece de golpe cuando se abre la vegetación. No es especialmente largo, pero conviene llevar agua y calzado decente.
Si prefieres algo corto, hay rutas locales que suben hacia el entorno del pino histórico y vuelven al casco. Son paseos tranquilos, más de estirar las piernas que de hacer montaña.
Cuando el pueblo se viste
Las fiestas aquí no son solo un programa en el ayuntamiento; son momentos en los que el pueblo entero cambia de ritmo.
En primavera suele celebrarse la festividad de la Virgen de la Encarnación, con procesiones y bailes tradicionales donde los mayores marcan el paso con una calma que parece de otro tiempo.
En mayo llega San Isidro y la romería, con carretas decoradas, trajes tradicionales y bastante comida circulando entre la gente. Si no lo has visto nunca, recuerda un poco a una comida familiar gigante… pero extendida por las calles.
En otoño, cuando toca vendimia en la comarca de Acentejo, a veces se organizan actos alrededor del vino nuevo. Pisado de uvas, mosto recién hecho y ese olor dulce que se queda en el aire.
Y el 25 de diciembre, fecha asociada históricamente a la batalla, suele haber celebraciones religiosas bastante solemnes en el pueblo.
Consejo de amigo
Ven con el estómago vacío y con tiempo para moverte sin prisa. Si encuentras un guachinche abierto, entra y pregunta qué están sirviendo ese día. A veces el mejor plan es tan simple como una jarra de vino de la casa y un plato caliente.
Y no busques playa aquí arriba. La Victoria de Acentejo es más de viña, sendero corto y mirador improvisado en cualquier curva. Un paseo por el casco, una caminata entre viñedos y algo de comer. Con eso ya te haces una idea bastante clara del sitio.