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sobre Puntallana
Zona de transición con paisajes verdes y costa acantilada; destaca por la playa de Nogales; una de las más bellas de la isla
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La primera luz no llega desde el mar, sino desde arriba. El sol golpea primero la cresta del Roque de los Muchachos, y tarda un buen rato en bajar hasta la costa, donde la humedad ya ha pegado la camisa a la espalda. En Puntallana amanece dos veces: cuando el cielo se tiñe de rosa sobre el barranco de La Galga y cuando ese mismo rayo atraviesa los plátanos e ilumina la pared blanca de la iglesia. Entre medias, un silencio denso que huele a tierra mojada y a guarapo fermentado.
El murmullo de los antiguos
La carretera LP‑1 serpentea entre fincas de plátano que se aprietan contra el asfalto. Cada curva arrastra algo del pasado: el molino de viento de Cruz de la Pasión, levantado en el siglo XIX, con sus aspas de madera quietas; la Casa Luján, una casona antigua donde aún se habla del tabaco que salía de estas laderas.
En el pequeño museo etnográfico del pueblo conservan un telar que, cuando lo ponen en marcha, suena como lluvia fina sobre un tejado de tejas.
La iglesia de San Juan Bautista suele estar abierta al caer la tarde. La luz entra baja por la puerta principal y se posa sobre el retablo barroco. La pila bautismal tiene la piedra pulida por generaciones de manos. Afuera, el cementerio se inclina suavemente hacia el mar. Algunas tumbas conservan fotografías que el sol ha ido borrando con paciencia.
Laurisilva que se bebe la luz
El sendero del Cubo de la Galga empieza donde acaba el asfalto. A veces hay un cartel avisando de desprendimientos después de lluvias fuertes. No hay mucho más que indicaciones básicas y un murmullo verde que crece según avanzas.
Los helechos superan la altura de una persona y sus frondas forman túneles húmedos donde la luz se vuelve casi líquida. El suelo está cubierto de hojas oscuras y siempre parece recién mojado.
El Mirador del Salto del Enamorado aparece cuando el bosque se abre. El barranco cae cientos de metros hasta el fondo. La historia que se cuenta habla de dos personas que se lanzaron al vacío. Nadie se acerca demasiado al borde. Lo habitual es quedarse un rato apoyado en la barandilla, escuchando el viento que sube desde abajo con olor a laurel.
Calas que no aparecen en las postales
La costa de Puntallana no se ve casi desde la carretera. Son acantilados que se abren en pequeñas calas de piedra negra. La de Martín Luis es una de las más conocidas entre la gente de la zona.
Se llega por una pista de tierra que termina cerca del borde. Lo normal es dejar el coche arriba, entre cardones y tabaibas, y bajar caminando por un sendero de gravilla suelta. La playa es pequeña y de callaos oscuros que chocan entre sí con un sonido seco cuando entra el mar. Cuando hay buena visibilidad, se ven bancos de peces moviéndose cerca de la orilla.
Por esta franja crecen tabaibas dulces adaptadas al salitre. Sus tallos verdes parecen brazos levantados. Conviene no tocarlas: la savia blanca puede irritar la piel.
Cuando el pueblo se vuelve suyo
Las fiestas de San Juan Bautista suelen celebrarse a finales de junio. Esa semana la plaza se llena de mesas plegables y sillas de plástico blanco. La música sale de altavoces colocados en cualquier esquina y se mezcla con el olor a fritura, papas arrugadas y vino del año.
Los niños corretean con bengalas mientras los mayores charlan largo rato. En esas conversaciones aparecen historias de molinos que todavía molían gofio.
En diciembre, la pequeña ermita de Santa Lucía reúne a buena parte del pueblo para una celebración más discreta. Se encienden velas, la gente se saluda en la puerta y después suele haber algo caliente para compartir. No es una fiesta pensada hacia fuera.
Lo que no te contarán
Un buen momento para acercarse es en invierno o a comienzos de año, cuando los barrancos tienen más humedad y las nubes se quedan enganchadas en las laderas del noreste. Entonces el aire huele a leña.
Agosto cambia bastante el ambiente. La carretera principal acumula más tráfico y las bajadas a las calas se llenan rápido desde media mañana.
Si bajas a la Cala Martín Luis, lleva calzado cerrado y agua. No hay sombra continua ni servicios.
Y si subes al Cubo de la Galga por la tarde, mete algo de abrigo en la mochila. Dentro de la laurisilva la temperatura cae rápido cuando el sol se esconde detrás de las cumbres.
En Puntallana el tiempo se mide distinto. Casas rurales con olor a madera, bares donde el café es fuerte y las conversaciones largas, vecinos que preguntan de dónde vienes antes de explicarte un camino. Entre barrancos y curvas el móvil pierde cobertura con facilidad. A veces ocurre justo cuando más lo agradeces.