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sobre San Andrés y Sauces
Corazón agrícola del norte palmero; alberga el bosque de Los Tilos y las piscinas naturales del Charco Azul
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San Andrés y Sauces es como esos sitios donde parece que siempre acaba cayendo una nube encima. Vas conduciendo por el noreste de La Palma, con sol en Santa Cruz, y de repente entras aquí y todo está verde oscuro, húmedo, como si alguien hubiese regado la isla entera durante siglos. Entre plataneras, barrancos y agua por todas partes aparece el pueblo. Y lo primero que piensas es: “vale, aquí se entiende por qué todo crece tanto”.
Luego ves a un vecino cargando ñame en la parte de atrás de una furgoneta vieja, o a alguien arreglando una acequia con toda la calma del mundo, y te das cuenta de que no es un decorado. Simplemente la vida aquí va a otro ritmo.
El pueblo que vive con el agua cerca
Los antiguos habitantes de la isla llamaban a esta zona Adeyahamen, algo así como “debajo del agua”. No porque el pueblo esté inundado, claro, sino porque el agua aparece por todas partes. Nubes que se quedan enganchadas en la montaña, barrancos húmedos, fuentes que brotan donde menos lo esperas.
Eso explica bastante del paisaje. Las plataneras cubren buena parte de la costa y, tierra adentro, la humedad permite cultivar cosas que en otros rincones de Canarias costarían más. El ñame, por ejemplo, aquí se ve mucho y forma parte de la cocina de toda la vida. De hecho, a los vecinos de la zona a veces se les llama “ñameros”, y nadie se lo toma mal.
Durante siglos el núcleo importante era San Andrés, el pueblo junto al mar. A finales del siglo XIX el municipio recibió el título de ciudad por decreto real, algo que hoy suena casi exagerado cuando ves el tamaño del lugar. Pero en aquella época este rincón tenía bastante movimiento agrícola y portuario.
El bosque donde el móvil deja de servir
Si hay un sitio que explica bien cómo es esta parte de La Palma es el Bosque de Los Tilos. No es solo un monte bonito: es uno de los grandes reductos de laurisilva que quedan en Canarias.
Aquí la sensación es la de meterte en un bosque que vive permanentemente húmedo. Helechos enormes, hojas brillantes, agua goteando de las ramas. El tipo de lugar donde el móvil pierde cobertura y, curiosamente, tampoco lo echas mucho de menos.
Por esta zona pasa el sendero que sube hasta Casa del Monte. Son unos cuantos kilómetros entre túneles excavados en la roca y canales antiguos por donde corría el agua hacia los cultivos. El paseo no es complicado, pero conviene llevar chubasquero. Aquí la llovizna aparece aunque el parte meteorológico diga que todo está despejado.
Puerto Espíndola y la puerta al mar
Antes de que la carretera conectara bien el norte de la isla, el acceso natural a San Andrés y Sauces era el mar. Las mercancías llegaban a Puerto Espíndola y desde allí subían hacia los pueblos del interior.
Hoy el puerto es pequeño y tranquilo, más de paseo que de tráfico marítimo. Aun así conserva ese aire de sitio donde históricamente entraba y salía todo. Cerca se sigue elaborando ron de forma tradicional en la zona, algo bastante ligado a la caña de azúcar que se cultivó durante siglos en la isla.
En verano, alrededor de las fiestas de la Virgen del Carmen, el muelle suele llenarse bastante. La imagen baja hasta el puerto y el ambiente cambia por completo durante esos días.
Charco Azul y la costa de lava
La costa de este municipio no es de arena fina. Aquí manda la lava. Por eso el baño más conocido es Charco Azul, un conjunto de piscinas naturales formadas entre rocas volcánicas.
El agua entra directamente del Atlántico y suele estar fresca, como en casi toda la isla. Al principio cuesta meterse, pero si te quedas un rato mirando verás que los locales entran sin pensarlo demasiado. Esa suele ser la señal de que no está tan fría como parece.
Muy cerca está también el parque arqueológico de la Cueva del Tendal. Son cuevas naturales donde vivieron los antiguos benahoaritas, los habitantes prehispánicos de La Palma. No es un sitio espectacular en plan monumental, pero ayuda bastante a imaginar cómo era la vida en la isla antes de la conquista.
Ñame, pescado y cocina de la zona
La comida aquí es bastante directa: producto local y pocas vueltas. El ñame aparece mucho en los platos, hervido o frito, con una textura que recuerda un poco a la patata pero más densa.
En la costa, sobre todo cerca del puerto, es fácil encontrar pescado de la zona: vieja, sama, cherne… nombres que a quien no sea de Canarias le suenan rarísimos la primera vez.
Y luego está el gofio, claro. En el municipio hay un pequeño molino tradicional donde explican cómo se tuesta y se muele el millo para hacer esta harina. Después aparece en media cocina canaria: en caldos, en postres, mezclado con miel o con leche.
Mi consejo de amigo
San Andrés y Sauces no es un sitio de parar veinte minutos, hacer dos fotos y seguir. Si haces eso, te quedas con la mitad.
Lo que funciona aquí es pasar un par de días tranquilos: caminar por Los Tilos, bajar al puerto al atardecer, acercarte a los charcos de la costa y comer algo con calma. Incluso subir hacia la zona alta de la isla, donde los senderos empiezan a abrirse hacia las cumbres.
Trae calzado cómodo y algo para la lluvia, aunque el día empiece con sol. En este rincón de La Palma el tiempo cambia rápido. Y, curiosamente, esa mezcla de nubes, verde y humedad es justo lo que hace que el lugar tenga tanto sentido cuando lo ves en persona.