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sobre Las Palmas de Gran Canaria
Capital cosmopolita con una de las mejores playas urbanas del mundo; gran oferta cultural; comercial y un casco histórico colonial
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Las Palmas de Gran Canaria es como ese compañero de piso que te salió por casualidad y resultó ser un crack: te da playa cuando quieres, cultura cuando la necesitas, y siempre hay algo pasando sin que la ciudad se ponga intensa. Cuando se habla de turismo en Las Palmas de Gran Canaria mucha gente piensa solo en sol y playa, pero la gracia está en que todo convive en la misma rutina: gente saliendo del curro en bañador, guaguas pasando junto al paseo marítimo y barrios históricos a diez minutos andando.
No es la típica capital donde todo huele a tubo de escape y prisas. Aquí el mar siempre está a la vuelta de la esquina.
La playa que no parece de ciudad
La primera vez que pisé Las Canteras pensé que me había equivocado de autobús. Tres kilómetros largos de playa en mitad de la ciudad, con agua bastante clara y un paseo donde ves a gente en chanclas bajando a comprar el pan.
La comparación fácil sería Barceloneta, pero aquí el ritmo es otro. Menos postureo y más vida diaria.
Gran parte de la bahía está protegida por una barra natural de roca —la famosa Barra— que hace de rompeolas. El agua suele estar tranquila, casi como una piscina grande. En el mismo tramo puedes ver a gente mayor haciendo ejercicio en el agua mientras más al fondo hay surfistas que se van hacia la zona del Confital cuando entran buenas olas.
Eso sí, al ser playa urbana, en ciertos momentos del día toca compartir espacio. Nada dramático, pero conviene asumir que no vas a estar solo.
Vegueta: donde empezó la ciudad
Vegueta es el barrio donde arrancó todo. Pero no tiene ese aire de casco histórico congelado para turistas; aquí sigue habiendo vida diaria, vecinos, cafeterías pequeñas y estudiantes cruzando las plazas.
En la plaza de Santa Ana están los famosos perros de bronce. Ocho en total. La mayoría de la gente acaba haciéndose la foto sin saber muy bien por qué están ahí, pero ya forman parte del paisaje.
La catedral empezó a levantarse a finales del siglo XV y tardó siglos en terminarse, así que mezcla estilos como si cada generación hubiera dejado su capítulo. Frente a ella está la Casa de Colón, un edificio ligado a las escalas que hizo Colón en las islas antes de cruzar el Atlántico. Hoy funciona como museo y ayuda a entender por qué Canarias era una parada clave en aquellas rutas.
Cuando la ciudad se pone de fiesta
El carnaval aquí se vive fuerte. Durante semanas hay galas, conciertos y concursos de disfraces que arrastran a media ciudad. Incluso si no te gusta disfrazarte, basta pasear una noche por la zona del puerto o por Santa Catalina para ver de qué va el ambiente.
Otra tradición muy de costa es la noche de San Juan. Las playas se llenan de hogueras y gente esperando la medianoche para meterse en el agua. Entre música, fuegos artificiales y el ruido del mar, la ciudad parece otra durante unas horas.
Comer en la ciudad (sin demasiada ceremonia)
En Las Palmas se come bastante bien sin necesidad de buscar nada raro. El sancocho canario —pescado salado con papas, mojo y gofio— es de esos platos contundentes que parecen pensados para recuperar fuerzas después de un día entero en el mar.
Las papas arrugadas con mojo aparecen en casi cualquier carta. Dicho rápido: patatas pequeñas, mucha sal y una salsa que aquí se toma muy en serio.
Si te gusta curiosear mercados, el de Vegueta suele tener bastante movimiento algunos días de la semana. Puestos de fruta, dulces tradicionales y ese olor mezclado a café y pan recién hecho que hace que acabes comprando algo aunque no lo tenías previsto.
La parte que no sale en las postales
Las Palmas tampoco es perfecta. Algunos días de invierno llueve con ganas y cuando entra viento por la avenida marítima te despeina en dos minutos. El tráfico en hora punta puede ser pesado, sobre todo en los accesos a la ciudad.
Pero tiene algo que muchas capitales grandes han perdido: el mar forma parte de la rutina. No es un decorado.
Mi consejo: camina hacia La Isleta y acércate a la zona del Confital o a alguno de los miradores que miran hacia la bahía. Desde ahí se ve toda la ciudad extendida junto a Las Canteras y entiendes la escala del sitio.
Luego bajas otra vez al paseo, te quitas las chanclas y te sientas un rato frente al agua. Y ahí es cuando entiendes por qué hay gente que vino unos días y acabó quedándose bastante más. Como ese compañero de piso inesperado… pero en versión ciudad.