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sobre Firgas
Conocida como la villa del agua; destaca por sus paseos con fuentes en cascada y mosaicos que representan a las islas
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Me pilló lloviendo. No el chaparrón típico de Gran Canaria —ese que dura cinco minutos y se va—, sino un agua fina, de esas que calan. Había subido desde Las Palmas pensando en tomarme un café y hacer la foto del Paseo de Gran Canaria, pero acabé empapado y refugiado en la entrada del ayuntamiento, compartiendo techo con un señor que vendía berros de los barrancos en una cesta de mimbre. “Es que en Firgas llueve más que en Londres”, me dijo. No sé si era broma o advertencia, pero para entender el turismo en Firgas conviene empezar por ahí: aquí el agua manda.
El pueblo que nació de un manantial
Firgas no es grande: unos 15 kilómetros cuadrados, sin playa ni aeropuerto, y aun así medio mundo en la isla reconoce la marca de su agua. La planta embotelladora lleva décadas sacando miles de botellas cada día. Con ese punto de partida se entiende bastante bien el pueblo.
El nombre prehispánico —Afurgad— suele relacionarse con galerías o nacientes de agua mineral. Y todo en el casco gira alrededor de eso: acequias, canales y un desnivel constante que hace que el agua siempre esté bajando por algún lado.
El centro se recorre rápido, pero tiene varios detalles curiosos si te paras. Está el molino de gofio, que presume de ser el más antiguo de Canarias que sigue funcionando. La iglesia de San Roque es relativamente reciente para los estándares de la isla (la actual se levantó en el siglo XX tras varios problemas con la anterior). Y luego está el famoso Paseo de Gran Canaria, con esa cascada artificial de unos 30 metros y los escudos de los municipios de la isla colocados a lo largo del muro.
Es un sitio raro, en el buen sentido. Un paseo que mezcla homenaje institucional, agua corriendo y turistas haciendo fotos como si estuvieran frente a una pequeña catarata urbana.
La ruta que casi nadie mira
La mayoría llega, aparca cerca del paseo, hace la foto y vuelve al coche. Pero lo interesante suele estar un poco más arriba, siguiendo caminos que salen del casco hacia las acequias.
Uno de los recorridos más conocidos sigue la acequia de San Juan. Es una senda de tierra que se mete entre vegetación húmeda, con helechos grandes y ese olor a tierra mojada que aparece en el norte de Gran Canaria cuando el tiempo cambia. A ratos te olvidas de que la capital está a media hora.
Si continúas caminando puedes acabar bajando hacia el barranco de Azuaje. Allí quedan las ruinas del antiguo balneario, que durante años fue un lugar bastante famoso por sus aguas. Hoy el edificio está cerrado y bastante castigado por el tiempo, pero el entorno sigue teniendo algo especial: agua corriendo, pozas entre las piedras y un barranco que se siente más profundo de lo que parece en el mapa.
No es un paseo complicado, pero conviene llevar agua y algo de paciencia. Aquí no hay quioscos ni carteles cada veinte metros.
Comer sin demasiada historia
Firgas no funciona como otros sitios de la isla donde todo gira alrededor de restaurantes. Aquí la comida aparece más ligada a lo que se produce alrededor.
El gofio del molino sigue saliendo caliente algunos días. En los puestos del pueblo —sobre todo a finales de semana— suele aparecer queso de cabra de la zona, berros de los barrancos y otras cosas que llegan directamente del campo.
Una mujer que vendía queso me lo resumió así: “Ven temprano, porque cuando se acaba, se acabó”. No hay mucha más estrategia que esa.
Cuando el pueblo se llena
Alrededor de la festividad de San Roque, a mediados de agosto, Firgas cambia bastante. Las fiestas suelen incluir la conocida bajada del palo: los vecinos bajan un tronco grande desde el monte hasta el casco entre música, comida y bastante ambiente.
No es un evento montado para turistas; más bien te lo encuentras si coincide que estás por la zona. Y si vas en coche ese día, conviene dejarlo algo más arriba y caminar, porque las calles del centro se quedan pequeñas enseguida.
¿Tiene sentido parar en Firgas?
Firgas no entra por los ojos como otros pueblos de Canarias. No tiene un casco histórico enorme ni una plaza monumental. A veces incluso parece más un pueblo que sigue trabajando que un sitio pensado para visitantes.
Pero ahí está la gracia. El molino sigue moliendo, el agua sigue bajando por las acequias y los barrancos siguen llenos de berros cuando hay humedad suficiente.
Es ese tipo de sitio que al principio ves en media hora… y luego te quedas un rato más porque empiezas a fijarte en cosas pequeñas. Como ese señor que te explica por qué al Pico de Osorio algunos lo llaman ahora Pico El Rayo, o la gente que pasa por la plaza con bolsas de verduras del campo.
Firgas funciona así: tranquilo, con oficio y sin demasiadas ganas de aparentar. Y a veces eso se agradece más que cualquier mirador espectacular.