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sobre Haría
Conocido como el valle de las mil palmeras; municipio verde y artesanal que alberga parte del legado de César Manrique
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Hay un punto en la carretera LZ‑1, justo después de Guinate, donde el paisaje cambia como cuando pasas del blanco y negro al color en The Wizard of Oz. De repente, la lava negra que cubre buena parte de Lanzarote se corta en seco y aparece un valle verde que parece un error del GPS. Ese “error” es Haría.
El truco del valle
La primera vez que vine pensé que me había equivocado de isla. Después de días paseando entre volcanes que parecen la superficie de Marte, encontrarte un valle lleno de palmeras es como ver un McDonald's en medio del desierto. Choca.
Aquí es donde aparece el famoso Valle de las Mil Palmeras. El nombre se queda corto: hay miles, repartidas por las laderas y por los huertos. Muchas están ahí desde hace generaciones porque la lava de las erupciones del siglo XVIII no llegó hasta este rincón del norte.
El pueblo se agarra a una ladera a unos 270 metros de altitud, rodeado de barrancos y cultivo tradicional. Casas blancas, puertas verdes, calles tranquilas. Viven algo más de cinco mil personas en todo el municipio, repartidas entre varios núcleos del valle y la costa. Cuando paseas por el centro parece que haya menos, seguramente porque mucha gente está en el campo o trabajando fuera.
La plaza que engaña
La plaza de León y Castillo es el corazón del pueblo. No tiene nada de grandilocuente: palmeras altas, coches aparcados, bancos a la sombra y vecinos que se conocen entre todos.
Si vas un domingo por la mañana suele haber mercado artesanal. Puestos pequeños, productos locales, dulces tradicionales… Ese tipo de mercado donde acabas comprando algo que no pensabas comprar. El bienmesabe que preparan algunas vecinas suele volar rápido, así que si llegas tarde igual ya no queda.
En un lado está la iglesia parroquial. La torre es lo que más llama la atención cuando entras en la plaza. El resto del edificio es bastante sobrio, de otra época, y no es el típico templo que la gente fotografía sin parar. Pero funciona bien como punto de encuentro: siempre hay alguien apoyado en la barandilla o esperando a alguien.
Comer por la zona (sin complicarse)
En el municipio hay varios pueblos —Máguez, Arrieta, Órzola…— y moverte entre ellos lleva pocos minutos en coche.
En Máguez, por ejemplo, hay bares de los de toda la vida donde las papas arrugadas llegan con mojo de cilantro hecho en casa. Ese mojo verde de verdad, con sabor potente y un poco de ajo, no la versión suave que a veces te encuentras en zonas más turísticas.
Si bajas hacia la costa, en Arrieta o en Órzola es habitual ver en las cartas caldo de pescado, vieja frita o cherne. Cocina bastante directa: pescado, papas y gofio para acompañar. Platos que aquí forman parte de la rutina más que de la postal.
La caminata hacia el norte
El sendero que conecta Haría con la zona de Órzola aparece en muchas guías como “moderado”. Yo diría que depende del día que lleves en las piernas. No es técnico, pero tiene tramos largos y el viento del norte a veces empuja con ganas.
La gracia está en las vistas. Desde la parte alta del Mirador de Guinate el Risco cae casi a plomo hacia el mar y La Graciosa aparece enfrente como si estuviera flotando. Mucha gente se queda en el mirador, hace la foto y vuelve al coche.
Si sigues caminando hacia Órzola el paisaje cambia poco a poco: menos valle, más costa, más viento. Al final llegas a un pueblo pesquero tranquilo desde donde sale el barco hacia La Graciosa.
Cuándo ir
Haría funciona casi todo el año porque el clima del norte de Lanzarote es bastante amable.
En marzo suelen celebrarse las fiestas de la Encarnación y el pueblo se llena más de lo habitual. En verano hay ambiente en la costa, sobre todo en Arrieta. Y en invierno el valle suele estar algo más verde que el resto de la isla.
Yo estuve una vez en noviembre, con unos 24 grados a media mañana y una luz suave sobre las palmeras. Ese contraste entre volcán oscuro y valle verde es lo que hace que el sitio se te quede en la cabeza.
El consejo de un amigo
Haría no funciona bien como parada rápida de “foto y seguimos”. Es más bien ese tipo de sitio donde conviene bajar del coche, dar una vuelta por la plaza, tomar algo con calma y mirar el valle desde algún mirador cercano.
Luego, si tienes tiempo, baja hasta la costa o acércate al mirador de Guinate. No es el lugar más famoso de Lanzarote, y quizá por eso todavía conserva algo raro en la isla: sensación de pueblo vivido, no de decorado.