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sobre Moya
Villa rural cuna del poeta Tomás Morales; alberga uno de los últimos reductos de laurisilva de la isla
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Llegué a Moya con la ventanilla bajada y el olor a bizcocho recién hecho mezclándose con la humedad de la laurisilva. Cuando se habla de turismo en Moya muchas veces se mencionan miradores y rutas, pero lo primero que notas no es la vista: es el olor a horno. Era martes, sobre las once, y en una terraza de la plaza había tres señores jugando a las cartas como si fueran las ocho de la tarde. Ese tipo de sitio donde el tiempo se estira como el merengue de los suspiros que venden en las panaderías del pueblo.
El pueblo que huele a horno
Moya no es de esos pueblos que te gritan su historia desde lejos. Se la guarda para cuando te acercas. La primera sorpresa es la iglesia: no es antigua, aunque lo parezca. Se levantó a mediados del siglo XX con un aire neorrománico que engaña bastante bien al ojo.
Antes hubo una ermita mucho más vieja —de comienzos del siglo XVI— cuando por aquí apenas había más que brezos, barrancos y gente intentando sacar algo de tierra fértil.
Entré en la Casa‑Museo de Tomás Morales porque vi un cartel de “entrada libre” y pensé que era una de esas cosas que luego tiene letra pequeña. No la tenía. El poeta modernista nació aquí, en una casa antigua del casco, y el museo mantiene habitaciones, muebles y ese olor a papel que tienen las casas donde se guardan libros desde hace décadas. En uno de los cuartos está la cama donde dicen que escribía algunos versos. Me quedé mirándola pensando que dormir en esos colchones de muelles hoy sería casi deporte de riesgo.
Donde el agua se reparte a tazas
En la plaza Simón Milián hay un molino del siglo XIX que sigue teniendo vida. Ya no muele grano, pero mantiene algo igual de importante por aquí: el reparto del agua.
Tiene varias tomas de cantonera —el sistema tradicional que se usaba para dividir el agua de riego entre propietarios—. Cada una representa una cantidad concreta. Dicho fácil: el agua aquí no corría libre, se medía casi como si fueran cucharadas. Y sí, las discusiones entre vecinos por turnos y cantidades han sido parte del paisaje durante generaciones.
Al lado está la Heredad de Aguas, un edificio bastante peculiar, con mezcla de estilos y una pequeña espadaña con reloj. Más que un monumento, recuerda a una época en la que la agricultura marcaba el ritmo de todo el municipio.
El bosque que no sabías que existía
Los Tilos de Moya son una de esas cosas que mucha gente no espera encontrar en Gran Canaria. Laurisilva cerrada, húmeda, con helechos enormes y esa niebla que aparece sin avisar.
Hay un sendero circular relativamente corto —unos dos kilómetros aproximadamente— que se puede hacer sin prisa en una hora. Yo tardé bastante más porque cada poco hay rincones que te hacen parar: troncos cubiertos de musgo, ramas que se cruzan como túneles verdes, silencio de bosque de verdad.
Este espacio conserva una de las manchas de laurisilva mejor mantenidas de la isla. Y eso tiene mérito, porque este tipo de bosque llegó a cubrir grandes zonas del archipiélago antes de que la agricultura y los asentamientos fueran ganando terreno.
El Charco y el queso que no es de Burgos
Bajé hacia la costa porque alguien me habló de un charco natural donde la gente se baña cuando el mar está tranquilo. El Charco de San Lorenzo es una piscina volcánica bastante amplia, excavada por el propio mar en la roca.
No hay servicios, ni barandillas modernas, ni nada parecido. Solo roca negra, agua entrando y saliendo con la marea y vecinos que lo usan como quien baja a la piscina del barrio. Ese día compartí el baño con un par de jubilados y un perro que parecía tener más experiencia que todos nosotros.
El agua estaba fría —de las que te hacen entrar poco a poco— pero el sitio tiene algo especial cuando el mar está en calma.
De vuelta al pueblo probé el queso local. Aquí suele elaborarse con leche de vaca y tiene un punto suave que engancha rápido. Y luego están los famosos suspiros: merengue seco, dulce, frágil. Compré una caja para llevar y llegaron a casa medio deshechos, pero el sabor seguía ahí.
La feria donde el ganado mira más que los turistas
Si coincides con la feria de ganado que suele celebrarse en otoño, verás otro lado del municipio. No es un evento montado pensando en visitantes: es gente del campo enseñando animales, hablando de pesos, de razas y de precios.
Hay vacas que miran con más carácter que un portero de discoteca y cabras que parecen saber perfectamente que son las protagonistas.
En Fontanales, a finales de agosto, se celebra la romería de San Bartolomé. Aquí la fiesta se vive de otra manera: carretas, comida, música y mucha gente del norte de la isla que sube cada año casi por tradición familiar.
Consejo de amigo
Moya no es un sitio para ir tachando monumentos de una lista. Es más bien para llegar con hambre y sin prisa.
Párate en alguna panadería temprano —cuando el horno aún está trabajando— y prueba el bizcocho del día. Si te gusta caminar, pregunta por senderos que salen hacia el interior del municipio; hay rutas poco transitadas donde todavía se ven cuevas antiguas y barrancos cubiertos de verde.
Y si entra la niebla, mejor aún. El pueblo cambia completamente: huele más a bosque que a asfalto.
Yo me fui con el coche lleno de suspiros rotos y la cabeza bastante más tranquila. No es silencio de pueblo vacío. Es silencio de sitio donde la vida sigue a su ritmo y nadie parece tener prisa por cambiarlo.