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sobre Tinajo
Municipio volcánico por excelencia; puerta de entrada a Timanfaya; destaca por su agricultura en cenizas y la ermita de los Dolores
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A media tarde, en Tinajo, el viento suele cambiar. Llega más seco, empujando desde el interior de la isla, y arrastra ese olor mineral que tiene la lava cuando el sol la ha estado calentando todo el día. Desde la zona de Mancha Blanca la luz cae oblicua sobre los campos de picón negro; los cardones dibujan sombras largas sobre la ceniza y, si miras hacia el oeste, el paisaje parece una piel arrugada que se extiende hasta el mar. En ese momento entiendes mejor Tinajo: un pueblo asentado sobre una tierra que se abrió y luego volvió a cerrarse.
El tiempo que se mide de otra manera
Aquí el paso de los años no se nota tanto en los edificios como en el terreno. Gran parte del municipio quedó marcado por las erupciones del siglo XVIII que dieron forma a lo que hoy es Timanfaya. Los mayores todavía hablan de aquellas coladas como si hubieran ocurrido hace poco; muchas familias saben exactamente qué trozo de terreno quedó bajo la lava.
La iglesia de San Roque marca el centro del pueblo, con su fachada blanca contra el cielo limpio que suele haber en esta parte de Lanzarote. Alrededor, calles tranquilas, casas bajas y patios donde a veces se oyen gallinas o el golpe seco de una puerta cuando el viento se levanta. En la plaza hay sombra suficiente para sentarse un rato, algo que se agradece cuando el sol cae vertical y el reflejo del picón multiplica la luz.
Tinajo tiene ese ritmo de lugar agrícola que nunca desapareció del todo. Se habla de la cosecha, del viento que este año ha soplado más de lo normal, de cómo están los campos en la zona de La Vegueta o El Cuchillo. Los volcanes están ahí, visibles, pero forman parte del fondo de la conversación, no del titular.
Caminar entre coladas de lava
Hay varios senderos que salen hacia las montañas volcánicas que rodean el municipio. Algunos no están especialmente señalizados y conviene ir con mapa o con una ruta descargada en el móvil. El terreno engaña: parece llano desde lejos, pero el picón suelto y las coladas antiguas hacen que el paso sea más lento de lo que imaginas.
Subir a alguna de las montañas cercanas cambia bastante la perspectiva. Desde arriba el Parque Nacional de Timanfaya se extiende como una sucesión de lomos negros y rojizos, sin apenas vegetación. Cuando el aire está limpio se distingue la línea del Atlántico hacia el oeste y, hacia el interior, los pueblos blancos que salpican la isla.
Mejor caminar temprano. A partir del mediodía el sol rebota en la lava y el calor se acumula entre las rocas, incluso en invierno.
Lo que se come cuando sopla el alisio
La cocina de esta zona sigue muy pegada al producto sencillo. El gofio escaldado aparece en muchas mesas: gofio de millo mezclado con caldo caliente hasta que queda espeso, servido en un gánigo de barro. Se come despacio, a cucharadas, mientras fuera el viento mueve las hojas de las tuneras.
Las jareas —pescado abierto y secado al aire— todavía se preparan en algunas casas cuando empiezan los alisios más constantes. Colgadas en estructuras de madera o metal, se secan con el sol y el viento durante varios días.
El queso de cabra también tiene mucho peso en la zona. En Lanzarote es habitual encontrar quesos frescos o semicurados con un punto salino que recuerda al terreno seco donde pastan las cabras. En encuentros y ferias locales, que suelen organizarse en distintos momentos del año, los productores de la isla llevan piezas que se cortan y se prueban allí mismo, sin demasiada ceremonia.
Mancha Blanca y la memoria del volcán
En Mancha Blanca está la ermita de Nuestra Señora de los Dolores, muy ligada a la historia volcánica de la isla. La tradición cuenta que los vecinos levantaron un muro de piedra y rezaron para que la lava se detuviera antes de llegar a los cultivos que quedaban. Según esa memoria popular, la colada se frenó allí.
Cada septiembre se celebra una romería que reúne a gente de toda la isla. Durante ese día el paisaje oscuro se llena de carretas, trajes tradicionales y música de timple. Es uno de los pocos momentos en que Tinajo deja de ser silencioso.
El resto del año, la explanada alrededor de la ermita suele estar tranquila. Solo el viento y algún coche que se detiene unos minutos antes de seguir hacia Timanfaya.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
Marzo y abril suelen ser meses agradecidos: temperaturas suaves y algo más de verde en los bordes de los campos si el invierno ha traído lluvia. En verano el sol cae fuerte y apenas hay sombra fuera del casco urbano.
Si vas a moverte por el municipio y por los pueblos cercanos, lo más práctico es coche. Las distancias no son grandes, pero el transporte público tiene pocas frecuencias.
Y un detalle que se nota enseguida: el viento aquí forma parte del paisaje. Hay días en que sopla con tanta constancia que termina marcando el ritmo de todo, desde cómo camina la gente por la calle hasta el sonido de las puertas al cerrarse.