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sobre San Miguel de Abona
Municipio que combina agricultura; golf y turismo costero; posee un puerto deportivo y zonas de interés histórico
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El olor a gofio escaldado te encuentra antes de llegar al casco. Es una de esas pistas tempranas del turismo en San Miguel de Abona que no sale en los folletos: estás subiendo hacia el interior, donde el pueblo cambia de ritmo. Aparecen las calles de piedra volcánica que crujen bajo los pies, casas de tejados a dos aguas castigadas por el viento y el silencio —ese silencio seco del sur alto de Tenerife— que solo rompen las campanas de la iglesia parroquial y alguna puerta que se abre temprano.
Desde el mirador de La Centinela el sur se despliega como un mapa irregular: campos de golf ocupando antiguas lomas volcánicas, el Atlántico oscuro al fondo, y más arriba el perfil del Teide cuando el aire está limpio. En esta zona se han documentado grabados rupestres atribuidos a los antiguos habitantes guanches del menceyato de Abona: círculos y marcas en la roca basáltica que siguen mirando hacia el mar siglos después.
Entre el mar y el casco
Bajar desde el casco es ir dejando atrás el olor resinoso del pinar para notar el salitre. En la zona de la marina deportiva los barcos quedan alineados, quietos casi todo el día, mientras algunas embarcaciones salen hacia el canal entre Tenerife y La Gomera, donde a veces se ven calderones y otros cetáceos si el mar está tranquilo.
Luego, en cualquier terraza sin pretensiones, suele aparecer en la mesa algo muy del sur: jarea asada. Son tiras de pescado salado —a menudo jurel— que pasan por la brasa hasta quedar secas por fuera y tiernas por dentro. Se acompañan con papas arrugadas y vino de la zona, elaborado con variedades que llevan generaciones plantadas en estas laderas.
Al volver a subir, el casco histórico se entiende mejor despacio. Las casas antiguas se apoyan unas en otras, con balcones de madera oscura que proyectan sombra sobre la calle. En la Casa de El Capitán, un edificio bien conservado del antiguo núcleo, a menudo hay actividad ligada a la cerámica. Allí se trabaja con barro como se ha hecho durante siglos en la isla: piezas sencillas, cocción lenta, manos manchadas de arcilla.
Cuando el campo sabe a vino y a conejo
A mediodía el sol cae de frente y el aire huele a tomillo y tierra caliente. En barrios como Las Zocas o en caseríos dispersos del municipio, todavía se cocina como en las casas de antes: conejo al salmorejo, adobado con vino, ajo y comino, que pasa horas en el fuego hasta quedar oscuro y espeso.
También aparece mucho el queso asado. La superficie se tuesta y se vuelve casi caramelizada, mientras el interior queda blando. Encima suelen poner mojo —a veces rojo, con pimentón y comino— y algo dulce, como miel de palma o de flores.
Los viñedos ocupan las laderas de suelo volcánico, una tierra negra y ligera que retiene poco el agua pero guarda bien el calor. Aquí prosperan variedades como listán negro o malvasía, que se adaptan al viento constante y a la falta de lluvias. Las bodegas de la zona suelen ser pequeñas, muy pegadas al paisaje agrícola, y muchas siguen trabajando con métodos bastante tradicionales.
Fiestas que suenan a tambor y campana
La noche de San Juan, a finales de junio, la plaza y algunos barrios se llenan de hogueras. El olor de la madera quemada se mezcla con el de las papas arrugadas y el ruido de la gente charlando hasta tarde. Las chácaras y los tambores aparecen en algún momento de la noche, sin demasiada ceremonia.
A finales de septiembre se celebran las fiestas de San Miguel Arcángel, patrón del municipio. La imagen sale en procesión por el casco y las bandas de música acompañan el recorrido. Esos días el pueblo cambia de tono: más gente en la calle, puestos improvisados y bastante movimiento en los barrios.
Si el ambiente se vuelve demasiado ruidoso, basta caminar unos minutos fuera del núcleo para recuperar el silencio. Los caminos que salen hacia las medianías pasan junto a antiguos hornos de tejas, muros de piedra seca y pequeñas cuevas excavadas en la toba.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser un buen momento para recorrer el municipio a pie. El campo se mantiene algo más verde que en verano y el viento suele ser más llevadero. A primera hora de la mañana la luz entra muy lateral y marca bien los relieves volcánicos alrededor de La Centinela.
En agosto el contraste es grande: la costa del municipio concentra mucho movimiento mientras el casco histórico se queda bastante tranquilo durante el día. En invierno conviene traer algo de abrigo si vas a subir a las zonas más altas; el viento puede ser fuerte y la sensación térmica baja rápido al caer la tarde.
Un paseo que ayuda a entender San Miguel es combinar alturas: empezar en la zona de La Centinela al amanecer y terminar cerca del mar, por el paseo que bordea los acantilados del sur. Entre esos dos puntos se entiende bien la lógica del municipio: campo antiguo resistiendo en las medianías y costa transformada en pocas décadas.
Al irte, si entras en alguno de los talleres de cerámica del casco, verás jarros y piezas sencillas, sin adornos. Pesan más de lo que parece. Y cuando vuelven a casa, a veces conservan durante semanas un olor leve a barro cocido, a gofio tostado y a ese aire salado que sube desde el Atlántico hasta las medianías del sur de Tenerife.