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sobre Santa Lucía de Tirajana
Municipio que combina la zona comercial de Vecindario con un casco histórico en la caldera de Tirajana de gran belleza
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El miércoles por la mañana, Vecindario se convierte en un río de gente que baja por la avenida de Canarias. No es un desfile turístico: son vecinos de media isla que vienen a comprar queso de flor, papas negras y los mantecados que los obradores de Santa Lucía empiezan a preparar cuando se acerca el invierno. Aquí el mercado no funciona como atracción, sino como punto de abastecimiento para buena parte del sureste de Gran Canaria desde hace décadas.
La caldera que organiza el territorio
Santa Lucía ocupa el fondo de una amplia cuenca volcánica abierta al mar por un corte estrecho donde el viento entra con fuerza. Esa hendidura desemboca en Pozo Izquierdo, una playa muy conocida entre quienes practican windsurf por la regularidad de sus rachas. El resto del anfiteatro natural queda rodeado por roques y laderas abruptas que, en pocos kilómetros, condensan buena parte de los paisajes del sur de la isla: arriba aparecen pinares y nubes bajas; más abajo, palmerales y un suelo rojizo de almagre que se deshace entre los dedos.
La geografía explica también la historia del lugar. Los aborígenes eligieron la meseta de Ansite como refugio en los últimos años de la conquista. Desde esa altura se dominaba la costa y, al mismo tiempo, quedaba abierta la retirada hacia el interior por el barranco. La conquista de Gran Canaria terminó aquí a finales del siglo XV. La Fortaleza —un conjunto de cuevas y plataformas excavadas en la roca— sigue siendo hoy uno de los enclaves arqueológicos más conocidos de la isla. No hay murallas visibles: la propia montaña hacía esa función.
Queso, vino y hornos que siguen marcando el ritmo
La comarca de Tirajana mantiene una de las tradiciones queseras más antiguas de Gran Canaria. El queso de flor, elaborado con cuajo vegetal de cardo, sigue produciéndose en pequeñas queserías repartidas por el interior del municipio. Es un queso de aromas intensos y textura frágil cuando es joven; muchos aficionados prefieren dejarlo madurar algo más para que aparezcan los matices amargos característicos del cardo.
El cultivo de la vid llegó después. Con el tiempo se adaptaron variedades locales a estos suelos volcánicos y hoy varias bodegas del municipio trabajan dentro de la denominación de origen insular. Son producciones pequeñas, muy ligadas a parcelas dispersas en las laderas del barranco.
A primera hora de la madrugada también se encienden los hornos de pan. En algunos barrios aún se prepara pan de millo con anís, una pieza densa que suele desaparecer a media mañana. No suele encontrarse en los circuitos turísticos; circula sobre todo entre vecinos y encargos familiares.
Las fiestas que explican la comunidad
Cada diciembre el casco de Santa Lucía celebra las fiestas de su patrona. La imagen de la santa preside los actos religiosos y al día siguiente se celebra el llamado Día del Labrador, una romería relativamente reciente que con el tiempo se ha convertido en una de las concentraciones de carretas más concurridas de Gran Canaria. Durante esa jornada el pueblo cambia de ritmo: animales de tiro, música tradicional y familias enteras subiendo hacia la plaza.
En otoño suele celebrarse también una feria ganadera en el entorno de Vecindario. Durante un par de días se reúnen pastores, criadores y agricultores de distintos puntos de la isla. Más que espectáculo, funciona como punto de encuentro profesional: intercambio de animales, conversaciones sobre precios y maquinaria, y mucho trato directo.
Tres caminos para entender el valle
Una de las rutas más claras para situarse en el paisaje es la que rodea la Fortaleza de Ansite y desciende hacia el embalse de La Sorrueda. El recorrido parte del casco de Santa Lucía y traza un círculo por el borde del barranco. El embalse, construido en el siglo XX, aparece en muchas fotografías antiguas del sur de Gran Canaria. Aunque el nivel del agua varía bastante según los años, el palmeral que lo rodea sigue siendo uno de los paisajes más reconocibles del valle.
Quien quiera entender mejor la relación histórica con el agua puede caminar por tramos del barranco de Tirajana. El sendero sigue en parte antiguas vías agrícolas y permite ver restos de acequias y canales que llevaban el agua hacia las zonas de cultivo. Son huellas de una época en la que la agricultura subía más arriba de lo que hoy parece posible.
La tercera opción es quedarse en el propio pueblo. En la plaza, frente a la iglesia parroquial —reconstruida a comienzos del siglo XX—, la tarde suele llegar con viento del barranco y olor a horno. A esa hora los escolares cruzan el atrio con bata blanca y las ancianas comentan las esquelas del día en los escaparates. Santa Lucía se entiende mejor así, observando cómo se mueve la vida diaria alrededor de la plaza.