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sobre Ingenio
Municipio que conserva tradiciones artesanales como el calado; posee un casco antiguo pintoresco y zonas naturales como el Barranco de Guayadeque
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Hay algo gracioso en que un pueblo se llame literalmente "Ingenio". Es como si Sevilla se llamara "Jamón" o Bilbao "Nervión". Pero aquí estamos, a pocos minutos del aeropuerto de Gran Canaria, en un municipio que debe su nombre a una máquina de aplastar caña de azúcar de la época en que el azúcar mandaba en la isla. Y la verdad, el nombre le va que ni pintado: este es uno de esos pocos sitios donde la historia no está en los libros, está en el queso que desayunas.
El queso que come flores (y otras rarezas locales)
Lo primero que te dicen cuando llegas es que pruebes el queso de flor. Suena a algo que te vendería una abuela en el mercado de abastos: "Este queso lleva flores, hijo". Pero es real: es un queso de cabra que se cuaja con flor de cardo, y tiene un sabor que recuerda al campo después de llover. En esta zona del sureste se lleva haciendo generaciones, y si hablas con alguien de aquí te dirá que parte del secreto está en las cabras que pastan por el barranco de Guayadeque, que viene a ser como el Whole Foods de los rumiantes.
El caso es que aquí la comida no es folclore, es lo que hay en la mesa. Preguntas por un sitio para comer y más de uno te hablará de casas de comida familiares donde todavía sale conejo en salmorejo con gofio. A veces ni carta ni historias: te dicen lo que hay ese día y listo. El bienmesabe casero suele salir espeso, de los que casi se quedan pegados a la cuchara. Y las papas arrugadas llegan con mojo —muchas veces de cilantro— que te hace replantearte por qué en tu casa todo acaba siempre con ketchup.
El barranco donde los muertos tienen mejores vistas que tú
Guayadeque es la excusa clásica para dejar la playa un día. Es un barranco profundo, de esos que parecen abiertos con un cuchillo gigante: paredes de roca volcánica, palmeras creciendo donde uno diría que no hay suelo suficiente y muchas cuevas que llevan siglos usándose como vivienda.
Los antiguos canarios también enterraban a sus muertos aquí. Hay varios conjuntos funerarios repartidos por el barranco y algunos yacimientos arqueológicos que recuerdan que este sitio estaba habitado mucho antes de que llegaran carreteras o miradores.
La caminata más habitual sigue el fondo del barranco durante unos cuantos kilómetros entre ida y vuelta. No tiene grandes complicaciones, pero el sol aquí pega fuerte y la sombra no abunda. En el camino verás cuevas aún habitadas, otras que se usan como bodegas y alguna terraza agrícola colgada de la ladera. Lleva agua y gorra; esto no es el paseo marítimo de Maspalomas.
La feria donde las abuelas son más rápidas que Amazon
Ingenio tiene fama en la isla por el calado, una técnica de bordado tradicional que requiere paciencia y buen pulso. Cada verano suele celebrarse una feria dedicada a la artesanía del bordado, y el ambiente es bastante curioso: mesas llenas de manteles, blusas y pañuelos mientras las artesanas trabajan allí mismo.
Ver a una mujer que podría ser tu tía Pepi bordando a una velocidad absurda mientras charla con media plaza es uno de esos momentos que te hacen pensar que aquí las cosas siguen funcionando a otro ritmo. No es solo un escaparate para turistas; mucha gente de la isla compra estas piezas para casa o para regalar.
Si te interesa mínimamente el tema textil, te puedes quedar un buen rato mirando cómo trabajan. Y si no, al menos sales con la sensación de haber visto algo que sigue vivo y no solo guardado en una vitrina.
Cuando el tiempo se mide en turnos de riego
Hay algo que muchos no saben: en Ingenio el tiempo no se mide solo en horas, también en turnos de agua. En el casco histórico está la llamada Casa del Reloj, un edificio con un reloj que durante generaciones ha servido para organizar los turnos de riego de los agricultores de la zona.
Todo esto está relacionado con la Acequia Real de Aguatona, una infraestructura hidráulica antigua que todavía se utiliza. Seguir el sendero que acompaña parte de esta acequia —unos pocos kilómetros entre ida y vuelta— es casi una clase rápida de cómo se organizaba el agua en el campo antes de que existieran los sistemas modernos.
Por el camino verás tramos de canal, restos de molinos y fincas en uso. Y probablemente también a algún agricultor que te mire con cara de “¿y este por dónde salió?”. Si te cruzas con alguien, saluda. Aquí eso sigue siendo lo normal.
El aeropuerto que no esperaba tener vecinos tan interesantes
Una de las cosas curiosas del turismo en Ingenio es lo cerca que está todo del aeropuerto. En menos de media hora puedes pasar de recoger el coche de alquiler a estar caminando por un barranco, comprando artesanía o buscando queso de la zona.
Muy cerca, ya en la cumbre, está la Caldera de los Marteles, un cráter volcánico bastante conocido en Gran Canaria. Hay senderos por la zona y miradores desde los que se entiende bien cómo de movida fue la historia geológica de la isla.
La mayoría de viajeros pasa de largo camino a las playas del sur. Y oye, se entiende. Pero si tienes coche y un día libre, Ingenio es ese tipo de sitio que se cuela en el recuerdo después del viaje. No por un gran monumento ni por una foto espectacular, sino por la mezcla de campo, historia y vida cotidiana.
No es el pueblo más bonito de Canarias. No tiene playa ni glamour. Pero tiene algo que cada vez cuesta más encontrar: sitios donde las cosas siguen funcionando porque la gente vive allí, no porque alguien las haya montado para la foto. Y eso, cuando viajas, se agradece bastante.